Un sospechoso en la escuela – Capítulo I. Historias de misterio

Un sospechoso en la escuela – Capítulo I. Historias de misterio

Cuentos de la escuela. Historias de misterio.

Capítulo I – Un compañero nuevo

Oliverio despertó, como todas las mañanas, con alegría y ganas de ir al colegio. Tomó el desayuno, dio un beso a su mamá y partió hacia la escuela. En el camino, como siempre, iba imaginando los casos que resolvería cuando fuese un hombre grande y el mejor detective que se hubiese visto jamás.

Oliverio era un niño curioso, atento y con muchas, pero muchas ganas de crecer rápido y abrir su propia agencia de detectives. Había leído todas las historias de Sherlock Holmes, su personaje favorito, tenía una lupa y un mejor amigo llamado Simón, al que prefería llamar Watson. Pipa no tenía porque era muy pequeño para ello, pero bueno ya vería cuando creciera cómo resolvía ese asunto.

Simón, su amigo, estaba contento con el nombre que le había tocado en suerte y eso de que Oliverio lo llamase Watson no le convencía demasiado, menos aún usar ese sombrerito estilo inglés que le había regalado, pero por un amigo uno hace muchas cosas, aun aquellas que no nos convencen demasiado.

Oliverio entró al colegio y saludó a Pancho, el perrito que vivía en la escuela hacía poco tiempo. Pancho era un perro que había recogido de la calle la señora directora, quien como no tenía lugar en su casa y además pasaba casi todo el día en el colegio, había dejado que el animalito viviese allí.

Pancho, hay que decirlo, resultó un perro muy disciplinado. Jamás ladraba mientras izaban la bandera, menos aún cuando se escuchaba el himno nacional y hasta usaba una escarapela colgada de un collarcito en los actos patrios.

Todos lo amaban, era la mascota de la escuela. Pancho esperaba a todos los niños en la entrada del colegio y los despedía cuando salían. Era un perro que de no haber sido perro, hubiese sido un muy buen alumno, estoy segura.

Oliverio era muy buen alumno, sólo tenía un problema y era su excesiva curiosidad. Su alma de detective lo llevaba a curiosear todo, todo el tiempo y muchas veces eso hacía que se distrajese en clase y Matilda tuviese que llamarle la atención.

La señorita Matilda lo quería mucho y conocía a la perfección el sueño de Oliverio de convertirse en el mejor detective de todos los tiempos. No le parecía mal porque ella pensaba que uno debe ser en la vida lo que el corazón le dicta y era evidente que el corazón del pequeño le dictaba a gritos ser un detective hecho y derecho. Además, pensaba Matilda, ya había muchos médicos, ingenieros, vendedores de pochoclos y de tarjetas de crédito dando vueltas por el mundo. Un buen detective no vendría nada mal.

El timbre sonó llamando a todos los niños a clases. Oliverio y Simón o Watson, como más les guste se sentaban juntos. Saludaron a Matilda y cuando iban a abrir sus libros en la página veintitrés, la señorita hizo un anuncio que sorprendió a todos.

-Bueno niños, tengo una sorpresa-dijo la maestra emocionada-tenemos un nuevo alumno en clases, tienen un nuevo compañero, pasa corazón pasa-

Entró entonces un niño un poco raro. Era alto, mucho más alto que el resto de los niños, tenía una mirada un poco extraña y no sonría.

-Pasa corazón, pasa-insistió Matilda.

“Corazón” como decía la maestra, resultó llamarse Tobías y parecía que era un niño de pocas palabras.

Todos lo miraron de arriba abajo. Su aspecto era un poco raro, parecía quizás más grande que el resto, más serio. Algo diferente había en ese niño, algo que nadie sabía precisar pero que sin dudas, Oliverio estaba dispuesto a averiguar.

Tobías no dijo palabra y se sentó en la última fila, daba la impresión de no querer ser visto.

-Espero que le den una cálida bienvenida a su nuevo compañero y que pronto sean buenos amigos-dijo la señorita Matilda con su habitual dulzura.

La clase transcurrió tranquila y sin sobresaltos. Ninguno de los niños parecía prestar demasiada atención al nuevo compañero, excepto Oliverio que pasó casi toda la mañana tratando de darse vuelta sin ser visto.

-¿Ocurre algo Oliverio?-preguntó la maestra a quien no se le perdía detalle de lo que hacían sus alumnos.

-Nada, nada señorita-contestó el pequeño.

-¿Todo está en orden?- insistió Matilda.

-No podría estar mejor-contestó Oliverio pero Simón no le creyó. No hacía falta querer ser detective para conocer a su mejor amigo.

Cuando la señorita continuó escribiendo en el pizarrón, Simón miró fijamente a su amigo y le dijo.

-Te conozco más que la señorita ¿A mí sí me dirás qué ocurre?

-Creo que tenemos un caso Watson-contestó Oliverio.

-¿Qué dices? –preguntó Simón.

-Mi olfato de detective no se equivoca y presiento que tenemos un caso-contestó el pequeño Sherlock.

Y no se equivocaba, aunque en realidad sí, es algo confuso de explicar, pero ya lo entenderán.

Continuará…

Todos los derechos reservados por Liana Castello.

María Bullón Ilustradora

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María Bullón. Ilustradora.
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