Arena

accidente aéreo

Cuento sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos.

Estábamos en un avión. Mi mamá me llevaba lejos de papá, de la abuela de todo lo que conocía.

Ella creía que el momento que las ruedas del avión no tocaran el suelo, yo también me desprendería de la que pronto sería mi antigua vida.

Llegamos a nuestros asientos, y a penas me senté, abrí uno de mis libros pese a los reniegos de esa mujer a la que la sociedad me obligaba a llamar “mamá”.

– ¡Siempre sumergida en alguno de esos libros! Con razón no tienes amigos… ¡Préstame atención cuando te hablo! –eran algunas de sus frases más habituales.

Yo crecí en casa de mi abuela paterna. Mis padres se divorciaron cuando tenía cinco años, y mi padre obtuvo mi custodia, pero él estaba en el ejército, así que sólo lo veía durante una semana cada tres meses; dos semanas, si tenía suerte, entonces mi abuela se hacía cargo de mí, con la ayuda de mi tía Isabella, que siempre pasaba por ahí para ayudar.

Mi madre, en cambio, me visitaba dos veces por semana, siempre con un aliento a whisky y siempre con un comentario sarcástico acerca de mi vida. Con el paso de los años, había aprendido a odiarla.

Hace tres semanas, mi abuela y yo recibimos una carta que decía que mi padre había muerto en combate y con honores. Mi abuela no lo resistió.

Y ahora, estaba con mi madre. Y ahora, estaba sola.

Tripulación, estamos próximos a despegar, favor abrocharse los cinturones, poner sus asientos en posición vertical y verificar que sus mesas estén recogidas, gracias. Se escuchó por los parlantes. Se me hizo un nudo en el estómago. En unos minutos, despegaríamos, y yo estaría aún más sola de lo que ya me sentía.

La figura de mi madre, alta y delgada, se sentía como todo menos como una mamá; como protección y compañía. Su pelo corto y negro, su nariz larga y puntiaguda y el matraz de alcohol que escondía en su cartera, eran algunas de las características que evitaban que la viese como mi mamá, como mi amiga.

Despegamos.

Durante la primera mitad del vuelo mi madre se quedó dormida, y sus ronquidos molestaron a más de un pasajero. Cuando se despertó buscó su matraz de jerez por segunda vez. Esta vez, una azafata la desabrió.

– Señorita, disculpe, ¿me puede decir qué tiene en su cartera?

Esta aerolínea era muy estricta con el consumo de bebidas alcohólicas a bordo, de hecho, tenían una estricta política de cero alcohol a bordo, incluso cuando el avión no esté en el aire.

De pronto, se sintió una turbulencia.

– Señorita, ¿qué es lo que le puso a su café? –insistió la azafata.

Tripulación, a sus puestos. Tripulación, a sus puestos. Se escuchó por el parlante.

Otra turbulencia, esta vez mayor. Mi asiento estaba en la ventana, así que miré hacia afuera y, con un nudo en el estómago, vi como el ala del avión se mecía incontrolablemente de arriba hacia abajo, y en una noche tormentosa, ese escenario, en especial para una niña de trece años, era algo aterrador.

La azafata que le llamaba la atención a mi madre, sin embargo, se quedó en el pasillo, mirando a mi madre con cara acusadora.

-¡Tripulación! ¡Esto no es un simulacro, a sus puestos, ahora!

Solo entonces, la azafata emprendió su camino pasillo abajo, pero era muy tarde. Una tercera turbulencia, la más grande de todas, sacudió el avión, arrojando a la mujer al suelo.

Desde mi asiento, tuve la primera fila para ver como un rayo le daba al ala del avión, haciendo que este empezara a caer en espiral hacia abajo.

Dentro, se escuchaban gritos y llantos, oraciones y maldiciones. Las luces de la nave se prendían y se apagaban mientras todos nos preparábamos para lo que sea que viniera después de la muerte.

Yo solo sentía que era hora. Primero mi padre, luego mi abuela, y ahora yo.

De pronto, desperté. Estaba acostada en lo que parecía ser arena hirviendo, así que me incorporé. Solo veía arena en todas partes, y, a unos cien metros, las ruinas de un avión.

Entonces recordé, los gritos, el pánico, todo. Dudé en acercarme al avión, ¿en serio quería ver los cadáveres de la mayoría? Pero era la única solución lógica para salir de ese lugar.

Cuando llegué al avión, me sorprendí al encontrarlo completamente vacío. No había nadie allí. ¿Habrían sobrevivido todos, y partido en busca de ayuda? Me asusté al encontrarme sola en este desierto, pero traté de no desesperarme, así que fui a la cabina del piloto; tal vez ahí encontraría un teléfono, o algo para comunicarme.

Al entrar, vi lo que parecía ser el dibujo de un niño, hijo del piloto quizás, de un pequeño renacuajo. Recordé cuando mi padre me había llevado a conocer el avión que piloteaba, y todo su equipo, y yo le dibujé algo parecido. Pensar en él me provocó un pinchazo en el pecho, pero lo ignoré. Tenía que concentrarme. Encontré el transmisor de radio, pero cuando traté de usarlo, solo se escuchaba la estática. En el radar, parecía que algo venía a lo lejos, lentamente.

No sé por qué, pero me dio escalofríos eso que se acercaba.

Chequeé el reloj. 3:49 pm. Bien, tenía que calmarme. Todo estaría bien, tenía que estarlo.

Tenía sed, así que empecé a buscar agua por el avión; busqué en el carrito de snacks, que no estaba completamente destrozado. No encontré agua, pero hallé un plato de comida, cuyo nombre francés no sabía pronunciar. Era mayormente vegetales que se veían poco apetecibles, pero en mi desesperación por comida, eran el plato más delicioso del mundo. Encontré, también, escondido bajo un asiento, el matraz de mi madre. Tenía mucha sed, pero como había leído alguna vez que el alcohol deshidrataba el cuerpo, ni si quiera lo abrí.

Pasó un rato, no estoy segura de cuánto, durante el cual me quedé acostada en la arena, viendo al sol que no parecía irse. Después, fui a revisar el reloj, y lo que vi me dio un escalofrío. 3:49 pm. ¿No había pasado ni un minuto desde la última vez que lo revisé? Pensé que tal vez el reloj estaba roto, pero era digital y parecía funcionar a la perfección. Tal vez mi noción del tiempo no era perfecta, pero estaba segura que había pasado por lo menos media hora desde mi última vez en la cabina. Respiré.

Miré el radar. Esa cosa a lo lejos parecía acercarse, lo que me llenó de miedo y de angustia.

Estaba empezando a asustarme, no me gustaba estar tan sola en ese lugar desconocido. ¿Qué haría cuando anocheciera? Miré el dibujo del renacuajo, el cual parecía haber crecido patitas.

Ignoré ese detalle, y lo tomé en mis brazos y lo abracé. Sentí lágrimas surcar mis mejillas mientras me sentaba en el suelo y me dormía abrazando al dibujo.

Una luz blanca me despertó. Me encontré en el mismo lugar donde me había dormido. Pensé que tal vez alguien había venido a buscarme.

– ¡Aquí estoy! –comencé a gritar, y salí del avión para correr hacia donde creía estaban mis salvadores– ¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy! –repetía inútilmente mientras corría en círculos.

Me rendí al poco tiempo, ya que el lugar se veía aún más desolado que antes. Claro, no supe cuánto tiempo exactamente, ya que el sol seguía en su lugar habitual y el reloj marcaba eternamente las 3:49 pm.

Regresé sin esperanzas a la cabina del piloto, y recogí el dibujo del renacuajo, que ahora ya no tenía cola. Me extrañé demasiado, esto era ya muy raro, y estar ahí tan sola… sentía que me iba a volver loca.

Vi el radar de nuevo, y esa cosa se acercaba más y más y más al avión. De pronto, la tierra retumbó, y retumbó de nuevo. Más se acercaba esa cosa, y más fuerte retumbaba. Salí del avión, con el dibujo en la mano, y grité como nunca había gritado.

En este punto ya se sentía como un terremoto. Esa cosa, lo que sea que fuese, se acercaba, pero yo no la veía. Estaba sola, sola en este terremoto en el desierto. Vi el dibujo, que ahora era un sapo completo y me tapé los ojos para esperar lo peor.

Y entonces, me desperté. Estaba en una cama de hospital, con mi tía Isabella a mi lado.

– ¿Vicky? –me dijo– Hola, nena, ¿cómo te sientes?

– ¿Tía? –dije con lágrimas en los ojos. Ella me abrazó. – ¿Qué pasó? ¿Cómo me encontraron?

Ella me acarició la mejilla.

– Tranquila, todo va a estar bien.

– ¿Me encontraron en el desierto? ¿Qué pasó con el avión?

– ¿Desierto? Vicky, el avión cayó en el mar, en el agua. Estuviste inconsciente por algunos días.

No, no podía haber sido un sueño. Se sintió demasiado real. Le conté a mi tía todo, pero ella me vio con ojos de condescendencia, como si fuera una niña contando una pesadilla.

– Vicky…

– Victoria –corregí–, por favor, dime Victoria.

– Victoria –continuó Isabella–, te tengo malas noticias… tu mamá, ella…

– ¿No sobrevivió? Está bien, tía, no te preocupes –dije con el tono más triste que pude.

Soy libre, pensé.

Ella pareció sorprenderse, pero me dedicó una mirada de comprensión: ella también había conocido a mi madre.

– ¿Te gustaría venir a vivir conmigo? –dijo, y yo asentí.

– Bien, te dejo descansar –dijo, y con una sonrisa, dejó el cuarto.

Aunque mi cabeza era un enredo de pensamientos, traté de dormir. Estaba con los ojos cerrados, a punto de conciliar el sueño, cuando dos enfermeras entraron a cambiar mi suero. No abrí los ojos.

– Alicia, ¿esta niña es uno de los pasajeros de ese avión? –dijo una.

– Así parece –dijo otra.

– Bueno, yo no entiendo –dijo la primera–, si ese avión cayó al agua, ¿por qué su ropa y sus zapatos estaban secos y repletísimos de arena?

Y entonces, pelé los ojos como platos.

Fin

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