Felipe, el lobito de mar

Felipe, el lobito de mar. Alejandra Melnik, escritora argentina. Cuento sobre el cuidado ambiental. Felipe, el lobito de mar travieso, está muy preocupado. Sentado sobre la arena, patas para arriba, piensa y piensa. ¿Por qué será que el cielo no es tan azul como antes? ¿Cuánto tiempo hace que la gaviota Gertrudis no viene a […]

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Felipe, el lobito de mar. Alejandra Melnik, escritora argentina. Cuento sobre el cuidado ambiental.

Felipe, el lobito de mar travieso, está muy preocupado. Sentado sobre la arena, patas para arriba, piensa y piensa. ¿Por qué será que el cielo no es tan azul como antes? ¿Cuánto tiempo hace que la gaviota Gertrudis no viene a visitarlo? ¿Por qué no puede nadar libre? Antes el mar era transparente, uno podía cazar tranquilo.

¡Es tan divertida la aventura de buscar comida! Pero en este presente ¿Quién puede conseguir lo que busca cuando todo es tan escaso? Es escasa la luz, escaso el olor a sol. Todo escasea menos la mancha negra que nació una mañana y crece y crece en medio del mar. Ella es implacable se traga los peces, las aves, cualquiera que se acerque corre esa suerte.

La costa está vacía, mira Felipe desconsolado, no se escuchan risas de niños, ni esa música que le gustaba tanto. Los aviones no dejan de volar. Atacan a la mancha con líquidos que arrojan desde el aire. Fulgencio, el lobo anciano, no tiene respuestas. Ni sus investigaciones secretas pueden explicar lo que está pasando.

Doña Carmela, la foca gritona, no deja de protestar- ¡No hay derecho que ensucien nuestra piel! – Estas manchas no salen con nada ¿Qué piensan Señores? El mar no es un tacho de basura. Los bebés Lobos ya no pueden andar solos jugueteando entre ola y ola ¡No hay derecho!

El bagre bigotudo, en su idioma marino, contó que se va a mudar con sus amigos – Mi casam está totalmente destruidam ¡No hay salidam. No hay salidam!- -Y con este olor inso inso insoportable ¿Quién puede a a aguantar?- gritaba el cangrejo tartamudo. Mientras el viento no haga de las suyas, la mancha permanece inmóvil, pero muchos lobitos bebés se animan a acercarse a ella.

Una vez que la muy traicionera te atrapa quedas empetrolado. Dicen los que saben que si no te ayudan los humanos las chances de seguir viviendo también son muy escasas. Los lobitos corren el riesgo de quedar sin protección en su piel. Felipe piensa y piensa todas las mañanas.

Buscando encontrar una solución, porque las que dan los humanos no son suficientes. Y no quiero ser aguafiestas, pero andan tanto con ese avión tirándole vaya a saber qué a la mancha ¡Qué no sea cosa que la mancha también se coma al cielo! ¿Pero quién viene esquivando nubes? ¿Es o no es? Si, por fin. La gaviota Gertrudis, la gaviota viajera seguro trajo respuestas.

- ¡Llegué, llegué! Novedades traigo novedades ¡El sur está limpio!

Todos los lobitos aplaudían de alegría, menos Fulgencio.

-¿Qué pasa abuelo no te estás contento?

-Nosotros los más viejos somos lentos. Y si todos nos vamos ¿Quién custodiará la costa?

Los ojitos negritos de Felipe se hundieron en el fondo del mar junto con sus esperanzas. Ya han pasado varios días, semanas y las piedras de la isla están desiertas. Solo la mancha es la única huésped en la playa. A varios kilómetros la gaviota Gertrudis tiene un arduo trabajo, es la guía de tan torpes pero perseverantes viajeros.

Su aleteo no deja de mover a la esperanza. A la cabeza como capitán, el lobito Felipe no deja de cantar junto al cangrejo tartamudo una lar lar larga canción.

Creo amigos que tendré que preparar mi equipaje y marchar con ellos, como dicen los humanos emigrar. Yo prefiero decir que voy en busca de esperanza y nuevas aventuras.

Fin


Felipe, el lobito de mar

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