Mi mamá es una bruja. Cuentos de madres

Mi mamá es una bruja. Cuentos de madres.

Mi mamá es una bruja. Cuentos de madres.

Mi mamá es una bruja. Cuentos de madres. Cuentos para niños

A mi mamá

Cuando lo dije, sin sorpresa, casi al pasar, mis amigos abrieron los ojos así de grandes; enormes como las piñatas de los cumpleaños. Fue entonces cuando me di cuenta de que tenía un gran secreto; mío, todo mío.

Por eso ahora, entre sorbito y sorbito, mientras tomamos la leche de la merienda, descubro a mis amigos mirando de reojo a mi mamá. Y cuando ella por fin los ve, mirándola, les guiña un ojo y sigue.

Yo, sin embargo, no sé por qué tanta sorpresa.

En algunos compañeros del cole que apenas conocen a mi mamá, me parece reconocer una miradita burlona -desconfiada diría- que me grita: “Mentiroso, sos un mentiroso”.

Y otros chicos, como los hermanos más grandes de mis amigos, se ríen y palmean mi frente: “Y sí, obvio. La mía también lo es”. Y vuelven a reírse mientras se van dándome las espaldas y olvidando lo que acabo de revelarles.

A mí me parece que entre la incredulidad y la burla no ven lo que es tan claro. TAN CLARO. La verdad más grande que un hipopótamo gigante. Porque de verdad, DE-VER-DAD mi mamá ES una bruja. Y yo lo sé porque tengo pistas.

Muchas veces escuché decir a mi tío que las brujas no existen “pero que las hay, las hay”. Y claro, porque las brujas están así, disfrazadas de mamás o de maestras, de jirafas o de flores, de mariposas o de luna llena espiándonos desde una noche estrellada.

Pero a pesar de sus esfuerzos por mezclarse entre nosotros, siempre van dejando pistas que solamente los atentos podemos reconocer y así zambullirnos en ese mundo maravilloso. Porque lo primero que tengo que decir es que las brujas (y yo lo sé porque mi mamá es una) no son seres terroríficos. Son seres tan simpáticos como las hadas pero las brujas no viven en libros de cuentos como las hadas ni vuelan con alitas de tul; tampoco resplandecen como los fuegos artificiales ni andan esgrimiendo sus varitas mágicas. No, no: ellas están muy cerca de nosotros.

Yo pude reconocer las pistas que mi mamá –bruja distraída- se olvida o pierde en mi casa y por eso, con ellas pude armar este, mi verdadero secreto.

La primera pista es que mi mamá, tal vez por distraída, deja entrever sus poderes porque cuando me mira yo siento que algo dentro de mí, aquí, muy cerquita de los latidos del corazón, crece. Pero hay algo todavía más sorprendente y es que cuando yo, sin llamarla con la voz, solamente pensando en que la necesito, ella deja de hacer lo que la ocupa y viene donde yo estoy. ¡Mi mamá, la bruja, adivina que tengo algo importante que decirle!

Pero hay otra pista. Mi mamá tiene un caldero mágico. ¡Bah!, un caldero, lo que se dice un caldero, no. Es en realidad, una olla transformada. Pero allí, ella cocina y cocina. Y no solo eso sino que cuando cocina, hace magia en su comida. Porque a mí no me gusta la espinaca y entonces mi mamá la transforma, gracias a la magia de su caldero, en un verdadero manjar.

La tercera pista es su gato. Todos saben que las brujas tienen un gato amigo y por eso mi mamá también tiene uno. En una repisa que ella adora, hay un gato negro, pero él no se mueve (ese es otro truco de mi mamá, la bruja): ¡Lo tiene hecho una estatua!, parece de porcelana por lo duro y lo brillante. Pero yo sé que, en realidad, debajo de esa piel que parece pintada, el gato vigila y ronronea. Mi mamá lo mima y le alisa el pelo pintado con una franela, una vez a la semana. Me parece que el gato toma el agua de los jarrones y por eso las margaritas se marchitan.

Otra pista, tan clara como el agua de los jarrones que toma el gato, es que mi mamá, la bruja, nunca se hace vieja. ¡Mejor todavía!: el tiempo en su cara va marcha atrás: ahora está más linda y más joven que antes. Y yo lo sé porque en los portarretratos de mi casa están las pruebas: fotos en blanco y negro de una mujer que, dicen, es mi mamá de chica. “Acá en su fiesta de quince”, “Acá cuando terminó la escuela”, “Esta otra en el cumpleaños de Pablito”, “El día de su casamiento”. Pero por la ropa y los peinados, seguro seguro que no tiene ni quince, ni dieciocho ni veinticinco. En esas fotos se parece más a mi abuela que a esta mamá linda y joven que me abraza a cada rato, envuelta en su perfumado pelo rojo.

Y acá descubro la otra pista. Mi mamá no usa siempre el bonete de bruja. Solo algunos días pero ella lo disfraza con una toalla blanca que huele a champú y a pelo recién lavado. Pero estoy seguro que debajo de esa toalla está su bonete puntiagudo y mágico porque hay ‘algo’ que hasta a mi papá hechiza. Él la besa y le dice que la quiere. Y mi mamá se toca su bonete escondido y ríe. A mí me da risa también y todos nos reímos entonces.

La pista infaltable: la escoba. Mi mamá como una auténtica bruja tiene una escoba que está vestida de gala. Es un escobillón multicolor con el que sobrevuela el living de mi casa. Yo la he visto, por la mañana temprano cuando todavía estoy acostado y ella cree que duermo. Va y viene con su escobillón, tan rápido que sus pies no pisan el mosaico. A mí me gusta verla volar. Bajito, claro, porque dentro de la casa puede chocar con la lámpara del comedor o despeinarse con alguna de las caprichosas telarañas del techo.

Y volando deja su escobillón volador para llevarme el desayuno a mi cama.

Ella no sale a la calle en su escobillón volador, usa el auto. En la ciudad con edificios tan altos debería, para no chocarlos, levantar vuelo como un jet, bien cerca de las nubes y yo creo que mi mamá le tiene un poco de miedo a las alturas. O tal vez sea porque quiere disimular su condición de bruja. Tal vez, porque quiere hacer ejercicio.

Y la última pista, la más contundente, la que es como un grito fuerte o como un enorme cartel luminoso, la que me permite afirmar con orgullo y seguridad que MI MAMÁ ES UNA BRUJA: ¡UNA BRU-JA! Y es que mi mamá no le tiene miedo a la noche porque la conoce.

Mi mamá no le teme a la oscuridad porque la conoce y la desembruja. Le saca los monstruos y la hace mi amiga. Porque cuando mi mamá, la bruja, me besa y yo cierro los ojos, la oscuridad, antes llena de monstruos, desaparece y entonces, vienen a visitarme los seres más bonitos.

Fin

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Autora: Valeria Badano

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