La memoria de Simón

La memoria de Simón

La memoria de Simón

La memoria de Simón. Cuentos para niños y jóvenes.

Cuento infantil en idioma español sugerido para niños a partir de 9 años.

-Simón ¿dónde has dejado tu chupete?-preguntó su madre preocupada.

Simón no respondió y no lo hizo por dos razones muy importantes. La primera era que Simón tenía tan solo siete meses y los niños a esa edad no hablan, por lo cual mucho para decir no tenía. La segunda razón y no menos valedera, era que Simón no recordaba en absoluto dónde había dejado su chupete.

Esta situación se repitió a lo largo de los años, no porque Simón siguiera usando chupete, sino porque nunca recordaba dónde había dejado las cosas.

Bufandas, peines, mascotas, galletitas. Simón jamás recordaba dónde había dejado nada. Esta característica del niño fue un verdadero problema para su familia y sobre todo para su madre quien pensaba diferentes métodos para que el niño no olvidase sus pertenencias o, por qué no decirlo, a sus seres queridos.

Un día Matilde, la mamá de Simón, compró un carretel de hilo muy grande y resistente. Supuso que era buena idea atarle al niño las cosas para que no pudiese olvidarlas por ahí. Desde ese día el pequeño arrastraba algunas cosas y le colgaban otras. Llevaba atados con cariño y esmero guantes, mochila, gorritos de lana y hasta el sándwich que llevaba al colegio.

Cierto es que durante ese tiempo no perdió nada, pero no le fue muy cómodo que digamos. El piolín de sus pertenencias se enredaba en el banco del colegio, con la pelota con la que jugaba y hasta con otros compañeros. Más allá de eso, no era muy bonito ver un niño del cual colgaba un sándwich de carne y tomate atadito con un piolín.

Viendo que este método no había dado resultado, Matilde probó otro (su ingenio se agudizaba cada día más). Compró un paquete de papelitos adhesivos y se los pegaba al pequeño donde podía. En la cabeza, para que no olvidase su gorrito, en el cuello para que no perdiese su bufanda, en la muñeca para que no extraviase su reloj, en la nariz por si usaba algún pañuelo.

Tampoco era un método muy cómodo que digamos, pero el niño lo soportaba no tanto para no perder nada, sino por no contrariar a su madre. Sin embargo, el día en que tuvo que usar los papelitos en los ojos para no olvidar sus lentes y se llevó por delante todo lo que había a su paso, consideró que ya era demasiado. Su madre coincidió con él y pensó entonces, una alternativa más cómoda y práctica.

Antes de que Simón saliese de su casa, Matilde anotaba en una larga lista todo lo que el niño llevaba puesto, dentro de la mochila, dentro de los bolsillos y por supuesto en las manos.

Anotaba cada cosa y entregaba a su hijo la lista no sin antes recomendarle, por supuesto, que no la olvidase.

Simón guardaba la listita con mucho cuidado y la revisaba antes de volver a su casa para asegurarse de que no se hubiese dejado nada en ningún lado.

El sistema funcionó bien por un tiempo, hasta que –como no podía ser de otra manera- Simón olvidó dónde había dejado la lista.

El tiempo pasaba. Simón crecía. Su madre seguía pensando –sin mucho éxito por cierto- métodos para que el niño no olvidase sus cosas.

Que el pequeño olvidase guantes, pelotas y hasta medias era un poco preocupante, aunque no tanto como olvidar a un hermano menor en una verdulería.

La primera vez que fue al comercio, se entretuvo mirando el color de las frutas y verduras, controló una y mil veces la listita que su mamá le había dado con lo que debía comprar y más detalladamente aún controló el vuelto que le dio el señor verdulero. En eso estaba cuando salió de la verdulería. Una vez controlado el vuelto, lo guardó en el bolsillo, tomó las dos bolsas y volvió a su casa. En su mente repasó todo lo que había comprado: tomates, naranjas, manzanas y limones. Estaba todo, menos su hermanito claro está.

No se dio cuenta que no llevaba el cochecito, tenía ambas manos ocupadas con las bolsas y su mente ocupada en frutas y verduras.

Al llegar a su casa, saludó a su mamá y dejó las dos bolsitas sobre la mesa de la cocina.

En décimas de segundo, la mamá miró a Simón, miró las bolsas, miró a su alrededor, para arriba y para abajo, hacia todos los costados, en el piso, delante y detrás de su hijo y nada, el bebé no estaba.

-¡Tu hermano! ¿Dónde está tu hermano? Dime que no lo olvidaste-dijo su madre a punto de ponerse a llorar.

Recién ahí el pequeño tomó conciencia que si bien estaban todos los tomates y las manzanas, faltaba lo más importante que era su hermanito.

No hubo tiempo para retos porque el señor verdulero llamó enseguida para avisar que el bebé estaba espantando a la clientela con su llanto. La madre salió corriendo a buscarlo y al rato volvió con el pequeñín ya más tranquilo saboreando una rica frutilla.

-¿Qué haremos con este niño? –preguntó preocupada Matilde a su esposo.

-No sé mujer, no le ataremos al bebé con un piolín ¿no te parece?

Simón era consciente de su frágil memoria, pero no lo hacía a propósito. También él empezaba a preocuparse por este tema. No era menor haberse dejado a su hermanito en un comercio.

Matilde había agotado su imaginación, ya no encontraba recursos para que su hijo no olvidase nada.

Papelitos, llamados telefónicos, mensajes a maestros y compañeros, Matilde recurría a cualquier recurso para que su hijo no olvidase las cosas.

Todos se acostumbraron a vivir así: Simón olvidando y sus padres recordándole, sobre todo su mamá.

El tiempo pasó, Simón terminó el colegio (no sin antes haberse dejado varias cosas allí) y comenzó a estudiar abogacía. No tuvo problemas para recibirse de abogado, aunque -en el camino- dejó varios libros, mochilas, relojes y lo que no olvidó fue porque su madre se lo recordó.

El día que le entregaron el título de abogado fue inolvidable –aún para Simón vale aclararlo-. Matilde no paraba de llorar. No hubo foto de la entrega del título no sólo porque Simón olvidó la cámara, sino también porque dejó el diploma sobre el escritorio que había en el escenario y nunca más se lo vio.

No obstante, todos guardan un bello recuerdo de ese día, porque eso tienen de bello los recuerdos, es difícil dejárselos en algún lado que no sea el corazón.

El joven Simón comenzó a trabajar muy pronto. Hubo una urgente necesidad de contratar una secretaria que le recordase al joven no lo que decían las leyes porque no era necesario, sino dónde había dejado los libros que contenían esas mismas leyes.

Y así la vida de Simón transcurría entre olvidos y recordatorios. Una madre que lo perseguía para que no olvidase nada antes de llegar a la oficina, una secretaria que le recordaba todo dentro de la oficina y una novia con muy buena memoria que procuraba que su novio no olvidase nada fuera de ella.

Alarmas, papelitos, listitas, llamados telefónicos, algún que otro grito ¿por qué no decirlo? Simón se acostumbró a tener a su lado un grupo de gente, cada vez más grande, que todo se lo recordaba.

Así fue que un día el joven perdió no un zapato, no un pañuelo, tampoco un libro, ni un paraguas, perdió su memoria y todo, o casi todo lo olvidó.

Ya no alcanzaba con grandes listas, Matilde, su secretaria y su novia no daban abasto y la vida de Simón y su familia se convirtió en un verdadero caos, hasta que alguien dijo algo muy sensato.

-Vamos al médico-propuso su padre-algún modo habrá de que este hijo nuestro vuelva a recordar.

Los preparativos para la consulta con el médico fueron algo ajetreados.

-Te has puesto el pantalón ¿verdad hijo?-preguntó la madre.

-¿Te acordaste de bañarte?-preguntó el padre.

La secretaria llamó para avisar en qué lugar de su billetera guardaba Simón sus documentos y la novia fue tempranito a ayudar con los preparativos para que ni Simón, ni ningún otro miembro de la familia olvidase algo.

-Simón no te has puesto los zapatos-dijo el padre.

-¿Dónde era que guardaba los documentos?-preguntó la novia.

Buscando estaban todos cuando llegó la secretaria, quien prefirió acompañar a la familia para ver que todo estuviese en orden y que su jefe no olvidase nada.

Y así todos juntos fueron al médico. Padre, madre, novia, secretaria todos hablando al mismo tiempo.

-No olvides decirle que no recuerdas-dijo la novia.

-Recuerda decirle que olvidas todo-dijo su padre.

-Recuerda no olvidar de mencionar el día que dejaste a tu hermano en la verdulería-agregó la madre.

-No olvide recordar cuando dejó su agenda en el baño-intervino su secretaria.

Simón estaba realmente aturdido, ya no sabía qué era mejor si recordar u olvidar.

De pronto se escuchó la voz del médico:

-¡Simón! ¡Simón Gutiérrez!

Y ahí se pararon Simón, el padre, la madre, la novia y la secretaria y una vez más todos juntos, entraron al consultorio.

-Bueno muchacho-dijo el médico-¿Qué te trae por aquí?

-Que no se acuerda nunca nada-intervino Matilde.

-Se deja todo en cualquier parte-siguió la novia.

-Yo no doy abasto, son demasiadas las cosas que le tengo que recordar todo el tiempo-se quejó la secretaria.

-Es un verdadero problema doctor-dijo el padre-desde niño es así.

-¿Le dije que se olvidó a su hermanito en la verdulería siendo pequeño?-preguntó la madre.

El doctor observaba ese gentío que hablaba al mismo tiempo, en tono fuerte y al pobre Simón que miraba a uno y a otro sin decir palabra.

-Perdón ¿El muchacho ha perdido la memoria o el habla?

-Bueno es que seguro se olvida de contarle algo-dijo la madre.

-Eso lo veremos –dijo serio el doctor-a partir de este momento necesito que me responda solo Simón ¿podrá ser?

-Si doctor-respondió el joven.

El doctor comenzó a formularle muchas preguntas, desde qué edad olvidaba las cosas, qué pasaba cuándo eso ocurría, cómo lo evitaban, cómo había sido su escolaridad y su carrera de derecho. Simón contestaba, algunas pocas veces bien y muchas otras no podía responder.

-Debo hacer unas pruebas más-dijo el médico ante la atenta mirada de todos y les pidió que se retirasen para estar a solas con el joven.

-No te olvides de contarle lo de la verdulería-insistió la madre antes de irse.

El doctor cerró la puerta con llave, no pensaba tolerar más intromisiones.

Todas las pruebas que realizó demostraban que Simón no estaba enfermo, no tenía ningún trastorno y no había de qué preocuparse en demasía.

Hizo entrar a toda la familia y por supuesto a la secretaria también.

-¿Qué tiene doctor?-preguntó el padre.

-Es grave ¿verdad?-sentenció la novia.

-¿Perderá el trabajo?-intervino la secretaria.

-¿Le ha contado lo de la verdulería doctor?-preguntó Matilde.

El doctor tomó asiento, miró a cada uno de los presentes y dijo:

-Ahora seré yo quien hará las preguntas, pero primero les cuento algo: No sé si habrán notado que Simón recuerda sólo lo que es verdaderamente importante.

-Nada más lejos de mi intención contradecirlo doctor, pero no es poca cosa olvidarse un bebé en un comercio-interrumpió Matilde-estoy dudando mucho de su escala de valores.

-Calla mujer, eso fue hace demasiados años, cállate y escucha-dijo el padre.

El doctor prosiguió.

-Simón olvida lo que no le hace falta recordar- y mirando a la madre el médico se adelantó a agregar- quédese tranquila señora que sé que era necesario recordar que estaba con su hermano en la verdulería (y Matilde respiró aliviada), pero eso fue hace mucho tiempo.

-¿Qué es lo que ocurre ahora con Simón?-preguntó el médico a la abultada concurrencia.

-No lo tome a mal doctor, pero hemos venido a que Ud. conteste esta pregunta-respondió tímidamente la secretaria.

-Para eso estamos aquí-agregaron a coro Matilde y su esposo.

-Ocurre que, como toda habilidad que no se ejercita, Simón olvidó recordar.

-Que olvida todo no es ninguna novedad doctor, si me disculpa-contestó Matilde.

-Digo-prosiguió el médico-que todos se han acostumbrado a recordarle cada cosa: que se ponga los zapatos, que no olvide una bufanda, que no deje la agenda…

-¡Es que si no lo hacemos, no recuerda nada!-gritó la novia.

-Simón debe ejercitar su memoria, sino la perderá por completo-dijo firme el doctor- Se acabaron los recordatorios, nada de papelitos, llamados, listas.

-Pero… -dijeron a coro todos los presentes, inclusive Simón.

-Escucha Simón-dijo el médico-no recuerdas, porque siempre tienes alguien que lo hace por ti.

Es cierto que desde pequeño no has tenido buena memoria, pero nadie te ha permitido mejorarla, ejercitarla ¿Entiendes?

-¡Ah claro! ¡Resulta que ahora la culpa es nuestra!-gritó la madre-¿Es mil culpa también que haya olvidado a su hermano en la verdulería?

-¡Basta con eso por favor!-la interrumpió el esposo.

– Mire señora las madres tienen tantas buenas intenciones, como veces repiten las cosas, son todas iguales y créame que no es una crítica.

-¡Cómo se nota que nunca ha sido madre!

-¡Basta mujer! Siga doctor por favor-pidió el padre.

– Pues bien, a partir de ahora querido Simón dependerá de ti y solo de ti lo que olvides o recuerdes. Respecto de todos ustedes, se acabaron los recordatorios de cualquier tipo.

– Pero doctor, si no me recuerdan las cosas, todo será un desastre-dijo Simón entre confundido y preocupado.

-Seguramente así será-contestó el doctor.

-¡Ah bueno! ¡Mire el ánimo que nos da! ¿Cómo comenzaremos el tratamiento sabiendo que todo será un desastre?

-No será fácil, pero valdrá la pena y por otro lado, es el único camino-contestó firme el médico.

-¿No le recetará algún remedio? ¿Un tónico? ¿Algo?-Preguntó la eficiente secretaria.

-No hará falta, créanme, esto solo cuestión de que Simón ejercite su memoria y se haga cargo él mismo de saber qué lleva, qué deja, lo que tiene puesto, con quién va a alguna parte (esto lo dijo mirando a Matilde). Si lo quieren de verdad, como estoy seguro que así es, déjenlo crecer, déjenlo que se las arregle solo. Simón, nos vemos en un mes-agregó el doctor y dio por finalizada la consulta.

Simón salió confundido, todos preocupados y Matilde un tanto ofendida.

-¿Y si buscamos otro doctor?-propuso-Este médico no me gusta nada, alguien que no da importancia a que se deje a un hermano menor olvidado en un comercio no es de fiar.

–¡Basta con eso mujer por el amor de Dios! A mí me parece que sabe lo que hace, démosle una oportunidad-propuso el padre.

El doctor había quedado extenuado, pidió a su secretaria un té de tilo y se sentó en silencio un ratito, necesitaba descansar. Bebiendo el té se dio cuenta que Simón y dicho sea de paso, toda la parentela, se había olvidado la bufanda.

-No importa-pensó-se la guardo hasta la próxima consuta.

No fueron tiempos fáciles. No solo para Simón, sino para toda la familia. Cada uno veía como el joven se iba a trabajar sin corbata, por ejemplo, y no podían, no debían, recordarle nada. Así fue que un día llegó a la oficina sin cinturón y con el pantalón medio caído, hecho que a su secretaria avergonzó un poco. Se olvidó varias carpetas en otras oficinas. Las llaves de la casa en un bar, los botines de fútbol en el club y así un sinfín de cosas.

-¡Esto no va ni para atrás, ni para adelante!-Se quejaba Matilde.

-Ten paciencia mujer, es el primer mes-decía el padre.

Y Matilde trataba de tener paciencia, pero le costaba y mucho. Para no hablar, cada vez que Simón estaba a punto de olvidarse algo, lo miraba fijo como para que el muchacho se diese cuenta, sin que ella abriese la boca.

Por su parte, Simón no estaba acostumbrado a valerse por sí mismo y cada vez que salía (o entraba) temía haber olvidado algo. También él sabía que no podía preguntar, que debía valerse solo de su memoria y esmerarse para recordar qué debía llevar o, en el peor de los casos, qué había dejado en algún lugar.

La situación al salir o llegar a su casa era siempre la misma. Simón miraba a su madre como pidiéndole en forma silenciosa que le dijese qué se estaba olvidando. Matilde, por su parte, también lo miraba pero a la vez revoleaba los ojos para el lado donde estuviese aquello que el joven estaba a punto de olvidar. Así cada vez que Simón se iba al trabajo, se repetía la misma escena: Matilde lo miraba y miraba hacia dónde estaban las llaves, lo volvía a mirar, y luego movía los ojos hacia el otro lado donde estaba la billetera.

Matilde miraba a su hijo y Simón a su madre. Matilde miraba hacia la izquierda y Simón la seguía con la vista, giraba hacia la derecha, el joven también lo hacía. Matilde levantaba las cejas como diciendo “¡atención! ¡Fíjate lo que están olvidando!”, Simón levantaba las cejas como diciendo “no entiendo mamá ¿qué estoy olvidando?”.

Era evidente que con miradas no se entendían y ambos tuvieron que resignarse a dejar de dar indicaciones con los ojos.

-¡Me alegro mujer, me alegro!-Decía el padre- Estabas haciendo trampa, el doctor fue muy claro ¡nada de avisos, nada de recordatorios!

-Pero si yo no he dicho una sola palabra… -se excusaba Matilde.

-No, pero no sé cómo no has perdido los ojos por ahí de tanto revoleo, ahora tendrá que arreglárselas solo.

Y una vez más, el padre tenía razón. Simón, con mucho esfuerzo, comenzó a aprender a depender de sí mismo y a hacerse responsable de lo que llevaba consigo y de lo que olvidaba también.

Tampoco fueron tiempos fáciles, por el contrario. Olvidó muchas cosas, incluso alguna que otra consulta con el doctor, pero comenzó a descubrir algo que lo hacía sentir satisfecho: ser dueño de sus actos.

Su memoria poco a poco fue mejorando para sorpresa de todos y sobre todo de Matilde. Simón comprendió que siempre había descansado en todos los demás, sobre todo en su madre y eso no lo había ayudado a crecer. Al mismo tiempo, Matilde comprendió que aunque había obrado con todo el amor del mundo, no había permitido que Simón y su memoria crecieran libres y se desarrollaran.

Lejos quedaron las listas, los recordatorios e incluso las miradas cómplices de Matilde. Atrás dejó el joven ya no cosas que olvidaba, sino alarmas, notitas y agendas. Simón ahora no olvidaba, Simón recordaba todo lo que debía recordar y entre esas cosas estaban:

Agradecer al médico su sabio consejo.
Valorar el amor y atención de su familia.
Que crecer implica ser responsables de nuestros actos.
Y por sobre todas las cosas, algo que dejó muy tranquila a Matilde:
Pedirle perdón a su hermano por haberlo dejado en la verdulería.

Fin

Todos los derechos reservados por Liana Castello

Ilustración de Mar Azabal Domínguez (MARAD)

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