Noche de Reyes


Noche de Reyes. Elena Fortín, escritora. Cuento de Reyes. Cuento perteneciente al Proyecto Cuentos para Crecer.

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Me desperté asustada y oí como si un gato estuviera arañando las maderas del balcón. ¡Los Reyes Magos! Entraba la luna por las rendijas, y entraba el frío también…

De buena gana me hubiera levantado a ver lo que ocurría, pero ¡me daba un miedo!… Me tapé la cabeza y empecé a rezar. Jesusito de mi vida, tú eres niño como yo…

De repente, ¡pum!, ¡pum!, ¡pum!, un ruido terrible de cosas que caen sobre el balcón…, y me encuentro en camisa, delante de un señor negro con corona, que está sentado en la barandilla.

— ¡Dios te salve, Celia! —me dice.

—Que Dios te salve a ti, Rey Negro, porque, si no, te caerás a la calle.

—Yo no me puedo caer, porque no peso.

— ¡Qué bien! Entonces podrás volar.

— ¡Ya lo creo! Mira. Y cogiendo las puntas de la capa blanca que llevaba, se marchó volando por la calle arriba.

— ¡Eh! ¡Eh! ¡Rey Negro! ¡No te vayas!

—Ya estoy aquí. ¿Qué quieres, Celia?

—Que no te marches sin dejarme los juguetes que te he pedido en mi carta.

— ¿No los ves?

¡Qué tonta! Estaba el balcón lleno de cajas, y yo no había visto nada entonces.

— ¿Me has traído la cocina?

—Sí, dos cocinas.

— ¿Y el borrego?

—Un borrego y una cabra.

— ¿Y el Teddy Bear?

—También.

— ¿Y la vajilla?

—La vajilla, y un reloj, y cazolitas, y libros, y rompecabezas, y una raqueta…

— ¡Huy, qué bueno eres! Y ahora que me fijo en ti… ¡cuánto te pareces al lacayo de la tita Julia!

— ¡Como que es mi hermano!

—Anda, si lo sé antes le doy a él la carta para que te la llevase, y así me hubieras traído más cosas aún…

— ¿Te parecen pocas?

—No, no; no son pocas. Pero te hubiera dicho que no te olvidaras de Solita, la niña del portero.

—No me olvido nunca.

—Pues, hijo, el año pasado no le trajiste nada.

—Sí, le traje; pero te quedaste tú con ellos…

— ¡Jesús, qué mentiroso!

— ¡Niña! ¿Cómo hablas así a un santo?

— ¡Ay, Rey Negro! Perdóname; pero no sé cómo decirte que no dices la verdad…

—Sí, digo la verdad. ¿No crees que es demasiado para ti todo lo que te he traído por orden de Dios?

—No sé…

—Sólo dejo juguetes en los balcones de los niños ricos; pero es para que ellos los repartan con los niños pobres. Si tuviera que ir a casa de todos los niños no acabaría en toda la noche…

—Sí, sí, ya comprendo. ¿Entonces debo repartir con Solita lo que me has dejado?

—Eso es. Yo no puedo detenerme más. Está amaneciendo y aún me queda mucho por hacer.

No sé por dónde se fue ni cuándo me metí en la cama, porque me quedé dormida y no desperté hasta que entró la luz del día en mi cuarto. Me volví a levantar (entonces sí que hacía frío), me abrigué con la colcha y salí al balcón.

— ¡Solita, Solita! —Grité, porque ya estaba Solita barriendo la puerta—. ¡Mira lo que nos han traído los Reyes!

Desaté todos los paquetes, y con las cuerdas hice una muy larga que llegaba a la calle.

—Espera, que te voy a echar una cabrita —y se la mandé bien atada en la punta de la cuerda…

—Y ahora unos libros… —y se cayeron; pero todos llegaron al suelo.

—Y una caja con una cocina. ¡Cómo bailaba Solita!

Detrás de mí dijo papá:

— ¡Pero qué estás haciendo, niña!

—Repartiendo los juguetes.

— ¡Entra dentro, criatura, que hace un frío horroroso! ¡Milagro será que no hayas cogido una pulmonía! ¡A la cama! ¡Qué voces daba!

— ¡Pero, papá, si me ha mandado el Rey Negro que le dé a Solita juguetes, porque son también para ella!

—Veremos lo que dice tu madre de eso. ¡Abrígate bien!

—Mira, papá, el Rey Negro me lo ha explicado todo…

— ¡No digas más tonterías! Todo eso lo has soñado o lo has leído en alguna parte.

— ¡Que no, papá, que no! Mira, yo te diré…

— ¡Nada, no me digas nada! ¿Qué es lo que le has dado a Solita?

—Una cabra…

— ¡Válgame Dios! ¡Un juguete carísimo!… ¿Entras en calor?

—Sí, sí; ya no tengo frío… Verás, papá, yo te contaré…

— ¿Te quieres callar? Las niñas no mienten ni creen que es verdad lo que sueñan…

De pronto apareció Juana haciendo aspavientos.

—Señor, aquí está Pedro, el portero, con unos juguetes que dice que…

—Bueno, bueno —interrumpió papá—; dígale usted que son para su hija, que se los dé…

— ¡Ay, papá, qué bueno eres! ¡Ya lo sabía yo!

—Lo que no sabes es la que nos va a armar tu madre en cuanto aparezca.

¡Y ya se oían los pasos de mamá!…

Fin

Ana Garralón

El gran libro de la Navidad Madrid: Anaya, 2003

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