Verano en conserva, el experimento

hada animada

Verano en conserva, el experimiento es uno de los cuentos infantiles para niños de la escritora Sara Cartes Muñóz sugerido para niños a partir de ocho años.

Una mañana de verano los vecinos que pasaban frente al jardín de la casa de Diego. No disimulaban su sorpresa ante tan extraña instalación: sobre el césped destellaban al sol las bocas descubiertas de muchos frascos de vidrio.

Al mismo tiempo que, debajo de ellos, brillaban las gotas de rocío recibiendo la cegadora luz a través de los traslúcidos cristales.

Un poco más allá, Diego con Igna, su mejor amiga, arrastrando una gran valija con ruedecillas tocaban a la puerta de las casas de sus compañeros de juegos. En todas, luego de preguntar por ellos y de contarles que realizaban un experimento, hacían la misma solicitud:

-Anda, ¡préstanos algunos frascos! ¡Ni cuenta se dará tu madre! Enseguida, los metían en la valija y continuaban el recorrido.

Al mediodía, ya habían llenado y vaciado varias veces la valija y ya no quedaba espacio para colocar ni un frasco más, en el jardín. Entonces, con alegría y satisfacción, se tumbaron sobre la vereda para observar cómo el sol se introducía en cada una de esas anchas bocas.

-Según el pronóstico, en dos horas más se producirá la temperatura más alta del día. Almorzaremos y nos encontraremos aquí a las 16:30 h- dijo Diego.

-¡De acuerdo! -respondió Igna. Aprovecharé de dormir un rato; así renovaré fuerzas para realizar el gran trabajo por hacer.

Tanto Diego como Igna, en sus respectivas casas, comieron todo lo que les habían preparado sin hacer ningún reclamo ni poner malas caras. Las mamás, un tanto sorprendidas, pensaron en lo bien que estaban sentándoles las vacaciones… Seguro que este verano comenzaban a madurar…

A las cuatro y media en punto llegó Igna portando una gran bolsa con las tapas que habían ido guardando. Diego, sonriendo, la esperaba en la puerta de su casa. Primero, conversaron hasta encontrar la mejor estrategia para tapar los frascos con rapidez. “¿Cómo no se le ocurrió esto antes, a nadie? ¡Somos genios!”, se dijeron a sí mismos, felicitándose por la brillante idea.

Ellos serían los únicos que disfrutarían del calor del sol en los días fríos de las vacaciones de invierno. De acuerdo a lo conversado, se ubicaron en los lados opuestos del rectángulo que formaba el jardín. Cada vez que cerraran un frasco irían ubicándolo detrás, para continuar con la siguiente fila.

-¡Listos!- dijo Diego. ¡Uno, dos y tres! Extendieron la mano para tomar el primer frasco y, ¡ohhh!

-¡Ay, me quemo! -gritaron a la vez. No habían previsto ese pequeño gran detalle. Necesitaban guantes.

-No te preocupes- dijo Igna. Papá guarda unos muy gruesos para manipular la parrilla cuando prepara asados. Los traeré.

Les quedaron bastante holgados, pero no importaba; no podían retrasarse más. Cada uno se dio a su tarea sin hablar. Al cabo de media hora sudaban a más no poder y por más que intentaban apurarse, parecía que nunca terminarían.

Pasaron dos horas y recién iban en la mitad. El sol ya no daba de lleno sobre los frascos.

-Debemos detenernos -dijo Diego- A este paso, terminaremos de noche. Habrá que pensar en otra estrategia.

-¡La tengo!- dijo Igna -Invitaremos a todos nuestros amigos para mañana al mediodía y ellos nos ayudarán.

Entonces, recogieron hojas bajo los castaños de la plazuela y usando un alfiler en vez de lápiz, escribieron: “Te esperamos mañana a las doce del día junto al resbalín de la plaza” Igna y Diego.

Luego, fueron metiéndolas bajo la puerta de cada casa. Esa tarde, cuando la mamá de Igna la fue a buscar a casa de Diego, puso una cara muy extraña y preguntó:

-Pero, ¿qué significa todo esto?! ¿Para qué es, o se dedicarán a preparar mermeladas?!

-¡No, no, no! ¡Nada de eso! Es sólo un experimento. Mamá me ha permitido ocupar este espacio, pero ya mañana terminaremos- dijo Diego, muy serio.

Esa fue una noche muy larga; larga para los dos. A pesar del cansancio, les costaba cerrar los ojos, porque en vez del sueño acudían muchas preguntas: ¿vendrían todos?, ¿querrán ayudarnos?, ¿se reirán de nuestra idea?, ¿alcanzarían a terminar con rapidez?, ¿daría resultado? Y, ¡ay! como si estuviesen conectados, al unísono cayeron en cuenta que no habían pensado en qué lugar los guardarían.

Cada cual imaginó su desván repleto con ellos. En eso estaban, cuando la traviesa hada Funfinfá pasó por ahí. Enseguida, se volvió invisible y muy concentrada leyó los pensamientos de los dos amiguitos que aún se daban vueltas y más vueltas, en sus respectivas camas.

Pronto comprendió de qué se trataba y sintió pena por la gran desilusión que sufrirían. Ella arreglaría todo para que no sucediese, pero mientras tanto, no pudo resistirse a su tarea de siempre: gastarles bromas a los niños.

Así, a la mañana siguiente, cuando tempranísimo Diego e Igna fueron a observar sus frascos, los encontraron a todos boca abajo. Sorprendidísimos, comenzaron a darlos vuelta y, cada vez que lo hacían, del interior escapaba un oscuro sapo de grandes ojos.

-¡Rayos y centellas! ¿Cómo ha sucedido esto?! ¿De dónde han venido?! -gritaba Diego.

– ¡Uy, qué asco!-replicaba Igna.

-Volteémoslos pronto; antes de la hora de reunión con nuestros amigos!

El lugar comenzó a llenarse de pequeños sapos húmedos que croaban y saltaban sin cesar.

-¡No puedo más!- dijo Igna, -siento las manos pegajosas- y comenzó a llorar.

Al ver esto, inesperadamente, se hizo visible el hada montada sobre su escoba.

– ¡Funfinfá! ¡Fuiste tú!- dijo Diego con cara de enojado.

-¡Hola amiguitos! Veo que estáis en problemas. No os preocupéis, tengo la solución. Y dando unos rápidos giros sobre el jardín fueron dándose vuelta todos los frascos y desapareciendo aquellos pequeños anfibios que tan repugnantes le resultaban a Igna.

Entonces Funfinfá, arrepentida de la pesada broma, se ofreció para ayudarlos a colocar las tapas en la hora de más calor.

-¡Bien, hadita revoltosa! ¡Ojalá todas fuesen como tú! -dijo Igna con cara de felicidad.

-Sólo que ya no necesitaremos de la ayuda de nuestros amigos y se hace tarde para avisarles- dijo Diego.

Entonces Funfinfá también encontró la solución: llenó una gran canasta con hojas de castaño y las convirtió en olorosos y sabrosos melocotones, que llevó a los niños reunidos en la plaza, con los saludos de Igna y de Diego.

Enseguida vino lo mejor de la tarde. Funfinfá les pidió que fueran a la casa de cada uno para despejar su respectivo desván, pues ahí quedarían guardados los frascos hasta el próximo invierno, y que cada uno volviera con una valija para transportarlos, mientras tanto ella se daría a la tarea de taparlos y envolverlos en papel.

Igna y Diego no resistieron la curiosidad, y desde la ventana del segundo piso de sus casas observaron cómo el hada Funfinfá rozaba los frascos con su mágica varita, y al instante, ellos aparecían tapados y envueltos.

Volvieron lo más rápido que pudieron, pero ya Funfinfá había desaparecido y el trabajo estaba terminado. Sólo restaba comenzarlos a guardarlos. Perdieron la cuenta de cuántos viajes hicieron. Terminaron exhaustos, pero felices.

La ayuda de Funfinfá había sido genial. Sin la intervención de ella no hubiesen alcanzado a terminar. Se bañaron muy temprano para irse pronto a descansar. Esta vez los ojos se les cerraban solos, sin embargo alcanzaron a recibir cada uno la visita del hada Funfinfá.

Ella vino a pedirles que en invierno, antes de destapar los frascos, la invitaran; pues siendo tantos, necesitarían de ayuda para abrirlos todos a la vez.

Además, ansiaba estar ahí para contribuir al exitoso final del singular experimento, que Diego e Igna secretamente llamaron “Verano en conserva”; así también compartiría con ellos ese gran momento de felicidad.

Fin

Verano en conserva, el experimiento es uno de los cuentos infantiles para niños de la escritora Sara Cartes Muñóz sugerido para niños a partir de ocho años.

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