Boris y los Hongos Gigantes

Boris y los Hongos Gigantes.

Un día un niño llamado Boris quien vivía en un orfelinato cercano a las verdes laderas de las montañas estaba llorando. Él vivía en ese remoto parvulario porque su madre lo había abandonado en las calles cuando él era apenas un bebe. Alguien lo encontró y lo llevó en una cesta al orfelinato, donde las monjitas lo recogieron y lo criaron con cariño y seguridad, para evitar que se lo llevaran igual que alguien se había llevado a muchos otros niños de manera misteriosa. Él estaba llorando porque necesitaba a su madre.

Un día Boris estaba jugando en las verdes laderas lejanas al parvulario cuando escuchó que alguien lo llamaba.
-¡Boris!
Boris Volteó pero no vio a nadie, entonces el caminó hacia el bosque y se internó entre los matorrales, hasta que avistó a un enanito, que era en realidad un duende que le decía que debía seguirlo hasta el sitio de los hongos gigantes porque tenía que enterarse de un secreto.
Boris se asustó el no sabía que una colonia de duendes vivía cerca del parvulario, próximo a las montañas. Él lo siguió hacia el escondido lugar donde los árboles crecían grandes y altos.
El duendecillo le dijo que Margarita lo esperaba porque debía decirle un secreto que le convenía saber.
-¿Cuál es ese secreto? –Boris preguntó-
-No lo sé, dijo el duende caminando delante – solo Margarita lo sabe. Ella lo puede ver en la fuente mágica.
Margarita era la más adulta de los niños, que solía vivir en el orfanato, su madre nunca había venido por ella, pues se había mudado a un país muy lejano para siempre, de manera que ella fue tomada por los duendes hacía años atrás y desde allí se quedó a vivir en la cueva donde crecían los hongos gigantes adonde se esforzaba para lograr que cada niño o niña regresara con su familia y no le pasara lo que a ella le pasó.
Boris siguió al duendecillo quien era de escaso tamaño, vestido de púrpura y de nariz larga y después de una prolongada caminata arribaron a la cueva escondida, donde habían muchos otros duendes que cuidaban de los hongos gigantes con nombres escritos sobre ellos.

Cuando finalmente arribaron al final de la cueva entraron a una cavidad rocosa y húmeda donde había una muchacha acompañada de varios niños que fueron tomados del parvulario porque ya estaban listos para volver con sus madres. La muchacha era Margarita, quien estaba parada delante de la poza mágica, en cuya superficie ella podía ver a las madres sufriendo.
Margarita habló con Boris y le dijo que cada Hongo dentro de la cueva tenía escrito el nombre de cada niño  del parvulario y que cuando las madres empezaban a sufrir por el remordimiento de haber abandonado a sus hijos, los hongos comenzaban a crecer hasta hincharse con sus lagrimas que luego salían por la fuente en cuya superficie ella podía ver a la madre sufriendo, Le explicó que cuando esto pasaba, todos los duendes se reunían y le mandaban un mensaje que la madre recibía en su sueño que más tarde la traería al orfanato en busca de su pequeño.
-¿Esto sucede con todos los hongos? –preguntó Boris
-No con todos respondió Margarita triste- hay algunos que nunca se hinchan, como pasó con el mío.
-¡Pero yo no conozco a mi madre –dijo Boris-
-Eso no importa –replicó Margarita- ella te reconocerá tan pronto como te vea, porque ya te conoce en sus sueños y te mandé a buscar porque ya puedo ver en la fuente a tu madre sufriendo por ti.
Boris estaba cautivado, siempre había soñado con conocer a su madre y ahora todo parecía hacerse realidad.
Margarita tomó al niño por los hombros y lo ubicó al frente de la poza mágica.
-Ahora concéntrate en el reflejo de la superficie del agua que sale de la fuente –dijo Margarita- y veras a tu madre.
El niño fijó su vista en la brillantez de la fuente y comenzó a ver a una señora que sufría porque pensaba en su hijo lejano. El niño que ella había perdido por un momento de profunda crisis. De lo cual estaba profundamente arrepentida y ahora anhelaba con el corazón poderlo tener de vuelta.
El niño largó el llanto, estaba tan emocionado por lo que vio en la fuente mágica ya que siempre soñó en poder tener a su madre a su lado.
Margarita lo confortó y le dijo:
-Ve de vuelta al orfanato y quédate allá, porque te tenemos una grata sorpresa en la mañana del día de vísperas de año nuevo.

Las horas pasaron y dos días después, en diciembre 30 un lujoso vehículo se aproximaba al orfanato y cuando las monjitas abrieron la puerta una elegante señora preguntaba angustiada por su hijo. Boris se encontraba cercano y al ver a la señora, la reconoció de inmediato, era la misma señora que había avistado en la fuente de lágrimas. Esa señora que sufría era su madre. La elegante señora también lo vio y al instante supo que era el niño que veía en sus sueños. Ambos corrieron hacia sí y se unieron en un fuerte abrazo.
Ese mismo día en la tarde, cuando ya todas las diligencias se llevaron a cabo. Boris se encontraba ya frente al parvulario, listo para marcharse con su adorada madre. Él miró hacia las laderas, hacia los lejanos matorrales. No vio a nadie debido a la distancia, pero sabía que Margarita y su pandilla de generosos duendes se encontraban escondidos, mirando su despedida con los corazones rebosantes. Él movió sus manos en un saludo, agradeciendo a Margarita y sus duendecillos quienes de manera mágica le habían devuelto a su madre en una víspera de año nuevo.

Fin

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