Tránsito Pesado

Tránsito Pesado. Escritora argentina. Cuento sobre normas de tránsito, cortesía, amabilidad y educación. El jardín de Doña Inés era un jardín muy grande y florido. Lo habitaban un montón de bichitos de todos tamaños, formas y colores. Había hormigas, vaquitas de San Antonio, gusanos movedizos, sapitos, mariposas, ciempiés sin zapatitos, entre tantos otros. Ilustración: Eugenia Suárez […]

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Tránsito Pesado. Escritora argentina. Cuento sobre normas de tránsito, cortesía, amabilidad y educación.

El jardín de Doña Inés era un jardín muy grande y florido. Lo habitaban un montón de bichitos de todos tamaños, formas y colores. Había hormigas, vaquitas de San Antonio, gusanos movedizos, sapitos, mariposas, ciempiés sin zapatitos, entre tantos otros.

Ilustración: Eugenia Suárez

El movimiento diario era muy agitado. Las hormigas iban y venían transportando hojitas. Los gusanos subían y bajaban de las flores y plantas, los sapos saltaban y las mariposas volaban por todas partes.
El tránsito de insectos y bichitos era realmente muy intenso y poco ordenado.
Todos se quejaban, las hormigas porque los ciempiés ocupaban mucho lugar, los ciempiés porque las hormigas formaban filas muy largas que interrumpían el paso de todos los demás. Los gusanos porque las vaquitas de San Antonio distraían con sus colores y las vaquitas porque los gusanos iban de aquí para allá pegoteando lo que tocaban a su paso.
Ni que hablar de los caracoles quienes, por su lentitud característica, se veían en el medio de un caos de tránsito sin saber para dónde ir y ni siquiera a veces dónde estaban.
– ¡Esto es una locura! – gritaba el ciempiés mientras golpeaba sus cien lindos piecitos sobre el pasto, lo que por supuesto hacía temblar gran parte del jardín.
– Sería bueno que se ordenen un poco – aconsejó una mariposa muy entrometida que poco ayudaba, pero fisgoneaba todo lo que pasaba en el jardín.
– Venga a ordenar Ud. si tan fácil le parece – contestó una vaquita mientras trataba de despegarse de un gusano con el que había chocado.
La discusión se iba haciendo más acalorada cada vez. Todos querían tener razón y nadie entendía que, en realidad, nadie estaba haciendo lo correcto.
– ¡La culpa es de las hormigas que son demasiadas! Vociferaba el pobre caracol al tiempo que asomaba la cabeza de su caparazón para ver dónde estaba.
– ¡No le permitimos! ¡Bien ordenaditas que somos nosotras, nuestra hilera está siempre bien derechita! La culpa es del ciempiés que pisa a todo el mundo – contestaron ofendidas las hormigas pero sin salirse de su prolija filita.
De repente, como aparecido de la nada y luego de un gran salto ornamental, irrumpió el Sapo.

Tránsito Pesado

Ilustración: Eugenia Suárez

– Yo no hablaría de culpas, sino de responsabilidades. Y, según puedo observar, la responsabilidad de este caos es de todos y cada uno de nosotros.
– Cayó sapo sin llover – comentaron muy molestas las vaquitas de San Antonio.
– Mire bastante nos cuesta ponernos de acuerdo entre nosotros, como para que venga uno más ¿no le parece? – preguntó un gusano mientras aprovechaba y se pegoteaba al lomo del sapo.
– Por eso mismo – contestó el recién llegado – necesitan alguien que los ordene, así no pueden seguir.
– ¿Y qué propone Ud. don sapo sabelotodo? Preguntó socarronamente la mariposa.
– Hay normas de tránsito a tener en cuenta, reglas que cumplir y respetar. Si todos las conocen y las cumplen, el tránsito en el jardín será una maravilla y nadie chocará con nadie. No habrá discusiones, ni peleas y mucho menos accidentes que lamentar.
Como el sapo saltaba por todas partes, sabía de lo que estaba hablando, pues había aprendido de los dueños de casa de qué se trataban las normas de tránsito.
Les enseñó todo lo que sabía a los animales y como pudieron se organizaron.
Las luciérnagas se ofrecieron como semáforos, las vaquitas de San Antonio señalaban donde no podía estacionarse, las mariposas avisaban cuán congestionados estaban los caminos y así cada uno comenzó a cumplir una función en el jardín de doña Inés.
Por un tiempo las cosas estuvieron mejor, pero la paz no duró demasiado.
– ¡Qué no escuchan que no se puede tomar la avenida que va hacia los rosales, volcó un gusano con toda su cría!
– ¡El semáforo corta antes de que pasamos todas! ¡Es un atropello! Gritaban las trescientas hormigas que formaban la fila.
– Atropello es el del ciempiés que pisa la senda peatonal y no deja ver por dónde debemos caminar – gritaba uno de los caracoles más que desorientado.
Una vez más, y con un nuevo salto ornamental apareció el sapo.
– ¡Ah bueno otra vez sopa.. Quiero decir sapo! Comentó una mariposa.
– No he sido del todo claro, me olvidé de decirles algo muy importante.
– ¿Alguna otra norma de tránsito que debemos conocer? Preguntaron todos juntos.
– Si y no – contestó el sapo
– Bueno decídase Don Sapo ¿si o no? – preguntaban impacientes otra vez todos juntos.
– Si y no, las dos cosas – Contestó muy seguro el Sapo a riesgo de parecer loco- Todas y cada una de las normas de tránsito que les enseñé son muy importantes, pero no serán suficientes, si no las cumplimos con cortesía y educación.
| Ninguno entendió demasiado de qué estaba hablando Don Sapo.
– Respetar una norma o una regla no es suficiente si no se hace con educación, con cortesía, tratando bien al otro.
Todos seguían mirando al sapo como si hablase en otro idioma.
– Si aprendemos a ceder el paso, a tratar bien a los demás, todo será más fácil. Respetar una norma es también respetarnos a cada uno de nosotros.
– No entiendo – decía el ciempiés mientras se rascaba uno de sus tantos dedos gordos.
– Por ejemplo, todos sabemos que el caracol tiene el paso más lento que el resto, es su naturaleza. Está en nosotros no impacientarnos y respetar su ritmo.
El sapo continuó:
– Las hormigas son muchas más que el resto de nosotros, sabemos cómo trabajan, deberíamos aprender que esto es así, aceptarlo y tratar de encontrar la manera de no perturbarnos unos a otros.
Las trescientas hormigas asintieron con las trescientas cabecitas.
Si las luciérnagas se cansan y en algún momento no encienden su luz, igual debemos estar atentos a que no cruce otro bichito, también podemos ceder el paso a los más indefensos y pequeños y si todo esto lo hacemos con una sonrisa y un gesto amable ¡cuánto mejor resultará!
Curiosamente, ésa fue la norma que menos les contó aprender a todos los bichitos del jardín de doña Inés, la de respetarse y tratarse bien. Entendieron que no era suficiente cumplir una regla si no se hace de buena gana y entiendo que es para el bien de todos.
Se hizo costumbre, a partir de ese día, escuchar en el florido jardín, muchos “permisos”, “por favor”, “pase Ud.” y algún que otro “no faltaba más”.
El tránsito jamás volvió a ser un caos y eso contribuyó a que todos se respetaran y quisieran un poquito más.
Eso sí, hubo cosas que no cambiaron nada: Los gusanos seguían pegoteándose a cuánta cosa encontraban, los caracoles nunca sabían bien dónde estaban y la mariposa seguía fisgoneando todo lo que podía, todo bajo la atenta mirada del Sapo quien, de muy buena manera, no permitiría que la situación se volviese a descontrolar.

Fin

Tránsito Pesado

Ilustración: Eugenia Suárez
Diseñadora gráfica, docente, ilustradora y escritora infantil
http://elmundodeeugenia.blogspot.com

Hecho el depósito de ley 11.723. Derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial.

Nro. Expte. Direc. Nac. Derechos de Autor 816122


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