Rodolfo, un cochinito muy pequeñito
Rodolfo, un cochinito muy pequeñito.

Érase una vez una granja muy lejana, en la que habitaba un cerdito y una cerdita que muy felices vivirían, más grande aún sería la alegría de ambos, cuando hermosos y fuertes lechones llegaron a sus vidas, todos ellos vigorosos, a cuál más hermoso. A todos ellos, Clementina y Ramón adoraban, pero había uno en especial al que con toda su ternura cuidaban, Rodolfo lo llamaban, y era tan pequeñito tan pequeñito que en la palma de una mano espacio le sobraba. Tanto por él se preocupaban que a jugar con sus hermanos no le dejaban pues temían que no lo vieran y lo pisaran, al barro tampoco le consentirían que libremente se revolcara pues tan pequeñito era que perderle de vista les asustaba. ¡Pobre Rodolfo! Tantas ansias tenia de aventuras y ni al corral su hocico le dejaban asomar, a sus hermanos veía de la vida en la granja disfrutar, y él con sus sueños se tenía que conformar.
- Yo quiero salir al exterior y disfrutar- a sus padres le decía
- No, Rodolfo, aquí con nosotros en el cochinero te has de quedar, pues tan pequeñito tan pequeñito eres que miedo nos da de que algo te pueda pasar
- Pero yo soy fuerte y valiente
Pero como caso nadie le haría, con las historias de sus hermanos sería, con lo único que Rodolfo disfrutaría.
Un día llegaron a la granja unos parientes de la familia humana y con ellos un niño pequeñito de unos tres años les acompañaba. Según les contaban los pavos y las gallinas, sus ojos eran grandes y negros y sus carcajadas llenaban de alegría los rincones más alejados de aquellos terrenos, incluido el lugar donde Rodolfo descansaba, ¡qué felicidad transmitía! Ganas tenía nuestro amiguito cochinito de conocer a aquel pequeño humano, pero claro estaba, que al exterior nunca salía y por tanto con el niño humano jugar nunca podría. Los padres de Rodolfo y todos sus hermanos a la casa se habían acercado pues a los nuevos humanos deseaban oler, pero claro estaba, nuestro pequeñito cochinito en su cochinero se había quedado pues sus familiares miedo tenían que por el camino alguien le pudiera pisar. Triste se sentía cuando pequeños pasitos sintió en la cercanía, ¿quién sería? Pues solito se había quedado
- ¿Quién está ahí? – Preguntó asustado- soy un cochinito fuerte y valiente, a mis patitas les has de temer si conmigo te quieres ver- decía mientras estas de miedo le tiritaban
- Pequeñito- dijo una voz humana que a su lado se colocaba, era el niño de tres añitos que con sus dulces ojos lo observaba- tú chiquitito como yo- y en sus manos lo colocaba al tiempo que lo acariciaba
Rodolfo no supo decir cuanto tiempo junto a aquel pequeño humano había pasado, mil juegos nuevos había aprendido y aquella tierna risa había descifrado pues cuando en llanto se convertía con sus orejitas y su hociquito a aquel pequeño había consolado de los ruidos de la granja que lo habían asustado. Tan felices se sentían, humano y cochinito, que las horas transcurrían y transcurrían y la noche pronto les sumergiría en aquel rincón de la granja.
- Luisito, Luisito, ¿dónde estas?- voces humanas les hicieron sobresaltar
- ¡Mis papis!- dijo el pequeño muy contento, y al cabo de un momento en el cochinero aparecieron, y junto a ellos Clementina y Ramón con todos sus pequeños lechones, ¡qué felicidad tan grande! de los padres cochinitos al ver a su más pequeñito lechoncito sano y alegre y de los padres humanos al ver a su pequeño hijito sonreír tan tiernamente.
- ¡Qué lechoncito tan simpático!- dijo la mujer humana- te agradezco que hayas cuidado de nuestro pequeño, a partir de ahora vendremos a verte y con Luisito en la granja podrás jugar siempre que tú así lo quieras
- Oin, oin- contestó Rodolfo muy alegre
A partir de aquel día nuestro amiguito, el pequeño cochinito, disfrutó de su vida en la granja. Sus padres, Clementina y Ramón, descubrieron que su hijo era más valiente de lo que jamás habrían imaginado, capaz de realizar las peripecias más asombrosas, se revolcaba con entusiasmo en el barro y de vista nadie lo perdía, cuando algún animalito en peligro se veía, a ayudarle acudía, siempre con decisión, Rodolfo el campeón lo llamaban, y todos aprendieron una noble lección, y es que hasta en el ser más diminuto con aspecto frágil e indefenso, puede haber en realidad un valiente corazón que por sí mismo en el mundo puede valerse con audacia y determinación.
Fin
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