Manchitas

Manchitas. Escritora española de cuentos infantiles. Cuentos de gatos.

Esta es la increíble historia de Manchitas, una gata de verdad.
Manchitas es de Ademuz, un pueblo en el que todas las puertas de las casas viejas tienen… un agujero…¿un agujero?. Sí, ‘una gatera’ que permite a los gatos entrar y salir cuando quieren. Porque los gatos son los vigilantes de las casas y mantienen alejados a los ratones del trigo o el maíz, como buenos cazadores que son.
Aunque los gatos tienen fama de ariscos y solitarios, no todos lo son. La historia de Manchitas te lo demostrará. Empieza así…
Una primavera, una gata tuvo cinco cachorrillos. Todos tenían pelaje blanco excepto uno, una gatita que tenía manchas de distintos colores que le recordaban al apuesto gato ademucero que la conquistó.
Con el suave ronroneo de la gata, los cachorrillos sentían el amor de su madre a través de su propia piel y le respondían con sus trinos o chirridos de cachorro. Un lazo de amor cada vez más intenso.

Al llegar el verano, los cachorrillos eran ya gatitos lindos que gustaban de juguetear y recorrer las calles para descubrir mundo: descubrir Ademuz.
En sus andanzas, la gatita moteada descubrió a dos hermanos, un niño y una niña, jugando al lado de un olivo. Le gustaron tanto que la gata decidió ‘adoptarlos’ como su nueva familia. Así que se les acercó, frotó su cabeza y cuerpo en sus piernas y luego les siguió por las calles del pueblo allí donde iban. Los niños quedaron cautivados por la gatita.
Pero llegó la tarde y regresaron a casa. La gatita les siguió.
Pasó la noche buscando la gatera sin saber que  en las casas nuevas ya no se guarda el grano y no hacen falta agujeros en las puertas para dejarles entrar. Triste y desolada, quedó dormida a los pies del olivo.
Al día siguiente la gatita despertó con el alba y maulló insistentemente para que los niños la oyeran y le abrieran la puerta.
Los niños, sorprendidos por la insistencia de la gatita y creyéndola perdida, rogaron a sus padres podérsela llevar cuando regresaran  a casa al acabar las vacaciones.
Preguntaron al padre, pero les dijo que no, porque los gatos necesitan libertad y en la ciudad aquello sería imposible.
Preguntaron a la madre, pero les dijo que no, porque la gatita tendría dueño y la echaría a faltar.
La abuela consoló a sus nietos diciéndoles que cuando volvieran a Ademuz seguro que la gatita les estaría esperando.
Pero, finalmente, la tristeza de los niños y el maullido insistente de la gatita convencieron a los padres. Así que pusieron las maletas dentro del coche y los cinco y la gatita subieron en él para emprender el camino de regreso a la ciudad.
Pero entonces, de repente, apareció un hombre en medio de la carretera que les obligó a parar. Dijo ser el amo de la gatita y la reclamó para él. Los niños empezaron a llorar desconsoladamente. La gatita maulló también de tristeza cuando vio que los niños marchaban dejándola atrás, así que el amo de la gatita cambió de opinión y corrió apresuradamente tras el coche para regalársela a los niños..
Los seis llegaron felices a la ciudad y la noticia sobre el nuevo miembro de la familia fue a oídos de familiares, amigos y vecinos.
-¿Cómo se llama la gatita? – preguntaba por teléfono la tía.
– Manchitas- respondía el sobrino – Manchitas, porque su pelaje está lleno de motas de bellos colores.
Manchitas era tremendamente cariñosa, dócil y sumisa, pero el padre continuaba pensando que ‘tener un gato en casa’ no era lo mejor. Así que siempre decía que la gata estaba en casa de forma provisional, hasta que volvieran a ir al pueblo de vacaciones.
Pero Manchitas iba ganándose el corazón de todos. Incluso cuando la familia recibió las felicitaciones de Navidad, Manchitas estaba incluida como un miembro de la familia  más. Se había convertido en la mascota de toda la familia, sobrinos, primos y tíos incluidos. Es difícil decir quien quería más a quien.
La madre hablaba de ella embelesada, contando lo que Manchitas hacía y las cosas ‘que daba a entender’.
Contaba que, por las mañanas, Manchitas siempre se acercaba sigilosamente a su cama, husmeaba para comprobar que era el lado de la madre y le maullaba suavecito para despertarla.
Cuando por las noches la madre de los niños se sentaba un momento a descansar en el sofá, Manchitas se le acercaba y se sentaba plácidamente en su regazo. Empezaba a ronronear y con sus patas hacía el gesto de amasar recordando los momentos de su infancia. Ahora tenía una nueva mamá.
Apenas llegaba una visita, Manchitas corría a la puerta
para ver quien era y les recibía con la cola en alto en señal de amistad.
Al siguiente verano, volvieron todos al pueblo. Los niños temieron que su padre cumpliera sus advertencias.
Pero durante los paseos por las callejuelas de Ademuz, por la huerta, los pinares y los almendros, Manchitas sorprendía a todos. Les seguía a un paso por delante, al lado o por detrás, respondía a la llamada y mil cosas increíbles más.
Las gentes del pueblo quedaron maravilladas de la condición tan sociable de la gata. Pero lo más sorprendente sucedió un día, al atardecer. La familia había pasado la tarde en el merendero de ‘Los Arenales’, cerca de la huerta donde Manchitas gustaba fisgonear. De pronto, regresó de allí y empezó a maullar desesperadamente, a rasgar con sus uñas las piernas de todos. Parecía que la apacible gata había enloquecido o – como dijeron algunos – había recobrado el instinto felino que hace a los  gatos animales  ariscos y traicioneros. Pero la abuela, la madre y los niños, no daban crédito a que Manchitas se comportara de forma tan extraña. Incluso el padre se extrañó. Así que le prestaron atención y la gata les llevó a la huerta, al lado de los manzanos y un palosanto. Entonces, Manchitas maulló tristemente, como si fuera el llanto de un niño. Cuando llegaron encontraron a un viejecito malherido que había caído en la acequia y no lograba salir por causa del fango. El padre se sintió orgulloso de ella. Todos se sintieron orgullosos de ella. La heroicidad de la gata fue en boca de todos. Incluso de regreso a la ciudad los niños explicaban la historia de su gata en la escuela y los profesores y compañeros les pedían escucharla una vez más. Así que su tía decidió dedicarle un cuento, este cuento, para que todos los niños supieran de la bondad de los gatos, que desde que dejaron de ser cazadores solitarios y ariscos forman parte de nuestras familias como un miembro más.
Han pasado ya cuatro años y Manchitas va y viene del pueblo a la ciudad. En cada viaje el padre advierte que es la última vez que ‘la gata se viene con nosotros’, pero creo que desde su acto heroico algo ha cambiado porque hoy los niños, mis sobrinos, me han contado algo: Han descubierto un aviso de la biblioteca dirigido al padre…
… que le recuerda que debe devolver un libro: ‘El lenguaje de los gatos: Cómo se comunican entre ellos y con nosotros’.

Dedicatoria

Este cuento está basado en la historia real de Manchitas, la gata de mis sobrinos Jaume y Núria. Los códigos de lenguaje que aparecen en el cuento provienen del libro ‘El lenguaje de los gatos’ de Santiago G. Caraballo.
Este cuento forma parte de la colección de cuentos infantiles ‘El Rincón de Ademuz’ que da a conocer las tradiciones que aún se mantienen en este rincón de la geografía española que un día fue punto de encuentro de tres reinos. Tradiciones y personajes ‘importantes’ en su historia, como Manchitas, una gata ademucera que nos enseña que la bondad y el amor son capaces de conquistarnos. Sólo hay que darles una oportunidad para hacerlo.

Fin

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