La Mosca Petrosca

La mosca Petrosca. Dolores Espinosa, escritora española. Cuento infantil sobre las aventuras de una mosca. Petrosca era una mosca de lo más normal y hacía todas las cosas normales que hace cualquier mosca normal: Andar por el techo, darse de narices contra las ventanas una, molestar a todo el mundo, usar gafas… Bueno, no, esto […]

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La mosca Petrosca. Dolores Espinosa, escritora española. Cuento infantil sobre las aventuras de una mosca.

Petrosca era una mosca de lo más normal y hacía todas las cosas normales que hace cualquier mosca normal:

Andar por el techo, darse de narices contra las ventanas una, molestar a todo el mundo, usar gafas…

Bueno, no, esto muy normal no es, pero es que Petrosca leía mucho y… bueno, esto tampoco es muy normal, claro, pero es que Petrosca, además de mosca, era doctora en física cuántica y…

Vaya, esto tampoco es que sea muy normal en una mosca (aunque para raro, raro el topo Renato doctor en astronomía y, además, cegato).

Pues como iba diciendo, Petrosca -quitando algunas cositas- era una mosca de lo más normal, con sus patitas, sus alitas, su gusto por las cosas dulces y por esas otras cosas más… esas cosas menos… esas cosas esas que… bueno, va, si ya sabéis qué les gusta a las moscas. Sí, claro, la fruta pocha, en eso mismo estaba pensando yo… anda que…

Pero lo que más gustaba a Petrosca, lo que más contenta la ponía, lo que hacía que se olvidara hasta de la física cuántica esa, era la sopa. Sí, señor, la sopa calentita, la sopa recién hecha, la sopa sopita sopa sopera.

Eso sí, Petrosca no se comía la sopa. No señor. No le gustaba porque estuviera muy rica. No señorita. A Petrosca le gustaba la sopa porque se lo pasaba pipa con ella, en ella y sobre ella.

Si Petrosca veía sobre la mesa, por ejemplo, un plato de sopa de letras, allá que volaba, a toda velocidad y la sobrevolaba una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, hasta que encontraba todas las palabras que hubiera en la sopa (una vez casi encuentra otorrinolaringología pero se quedó en otorrinolaringolo… porque las tres últimas letras se las habían zampado).

Si lo que habían servido era un plato de sopa de estrellitas, Petrosca se lanzaba sobre él y saltaba de estrella en estrella jugando a que era una nave en el universo espacial ese tan lleno de espacio.

Petrosca disfrutaba con todo tipo de sopas y las usaba para jugar a náufragos solteros, a piratas bucaneros, a arqueólogos aventureros, a exploradores pintureros, a soldados con sombrero y a todo lo que una mosca doctora en física pudiera imaginar. ¿Y por qué con la sopa -preguntaréis vosotros- y no con los guisos o los asados o los fritos?

Pues porque… porque… sí, hombre, si es porque…. eh… seguro que es porque… mmmm… Vale, tenéis razón, no tengo ni idea de por qué se divertía tantísimo con la sopa porque yo, por más vueltas que le doy, sigo pensando que la sopa es una comida la mar de aburrida. En fin, otro día se lo preguntaré, pero por ahora lo único que nos interesa es que a Petrosca le encanta la sopa sopita sopa sopera y que se lo pasa pipa con ella.

Y, claro, con tanto volar sobre la sopa, con tanto jugar en la sopa, con tantísimo divertirse con la sopa, un día pasó lo que tenía que pasar. Estando subida nuestra amiga a un trocito de pollo, imaginando que era una navegante solitaria que atravesaba el amplio océano lleno de fideos, Petrosca…. choooooffff… se cayó dentro del caldo.

¡Pobre mosca! Empapada y mareada, tragando sopa a mansalva, con las alas tan caladas que no podía moverlas. Petrosca chapoteaba como podía, intentando no hundirse hasta el fondo del plato. ¡Ay, pobre Petrosca! Sin saber nadar y sin poder volar. ¿Qué será de la mosquita?

Al rato de estar pataleando y luchando por mantenerse a flote, llegaron unas amigas de Petrosca y ésta se sintió tan contenta que casi olvida seguir moviéndose. Las amigas de Petrosca revolotearon un rato sobre el plato mirando con cara de extrañeza los esfuerzos de la mosca pero sin hacer nada.

-¿Qué haces?- Preguntaron a Petrosca.

-¿Cómo que qué hago? Intentar no ahogarme. ¿No lo veis?- Respondió Petrosca.

Sus amigas se miraron las unas a las otras con cara de no entender nada.

-¿Ahogarte?- Preguntó la más espabilada.

-Sí, ahogarme. ¿Estáis tontas o qué?- Petrosca estaba cada vez más enfadada con sus amigas pues no entendía por qué no la ayudaban.

Una de las moscas, la que estaba más atrás, medio escondida por el resto, comenzó a reírse por lo bajinis. Petrosca la miró con cara de asombro (sin dejar de moverse, claro). La mosca que estaba delante de la mosca que estaba más atrás, también comenzó a reírse un pelín más fuerte.

Y luego la mosca que estaba delante de la mosca que estaba delante de la mosca que estaba más atrás, también comenzó a reírse aún con más fuerza. Y así una por una hasta que, finalmente, acabaron todas revolcándose de risa sobre el mantel de flores. Petrosca no entendía nada.

Ella, allí, agotada y a punto de morir ahogada, y sus amigas muertas de risa en lugar de ayudarla.

-¿Os habéis vuelto locas?- Preguntó casi sin voz por el cansancio

-¿Es que no pensáis ayudarme?

Una de las moscas -justo la que estaba más atrás de todas- haciendo un esfuerzo para dejar de reírse, le respondió:

-Ay, Petrosca, mucha física, mucha física y, a veces, pareces tonta-. Y volvió a desternillarse así que tuvo que terminar la mosca que estaba delante de la mosca que estaba más atrás.

-A ver, Petrosca, guapa, ¿no te das cuenta que en ese plato apenas queda sopa para mojarte la tripa?

Y efectivamente, cuando Petrosca dejó de intentar mantenerse a flote se dio cuenta de que se podía poner de pie sin el menor problema.

La mosca, colorada, se secó las alas y salió volando a toda velocidad para esconderse de sus amigas, prometiéndose no volver a jugar con la sopa.

Y Petrosca cumplió su promesa… durante tres días. Luego continuó jugando como siempre pero, eso sí, teniendo mucho más cuidado que antes.

Fin


La Mosca Petrosca

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