Gregoria la tortuga

Gregoria, la tortuga. Escritora Argentina de cuentos infantiles. Cuento de tortugas.

Tema del cuento: La vejez

  En el Jardín de Doña Ana vivían muchos animalitos. Los había grandes y pequeños, fuertes y débiles, mansos y peligros. Gordos y flaquitos y también lisos y arrugados.
  Allí vivía, Gregoria una tortuga que tenía tantos años, como arrugas en su piel.
   Sin embargo, a pesar de ser una tortuga llenita de años y arrugas, Gregoria mantenía las ganas de jugar y divertirse.
  Si bien nunca había sido muy rápida, con el tiempo su andar se había vuelto un poco más lento aún.
  Los animales que vivían con ella, sobre todo los más jóvenes, muchas veces no querían jugar con Gregoria porque se aburrían.
  Solían jugar al fútbol con un bicho bolita que amaba la velocidad y el peligro, entonces se ofrecía como pelota.
  – ¡Así no vale!- se quejó un día el cachorro de Doña Ana- Uno le tira al bichito y tarda un siglo en pasarlo al compañero. Me da sueño que tarde tanto ¡mejor me voy!.
  Cuando jugaban a las escondidas era todavía peor.
  Gregoria demoraba tanto en buscar a cada amigo que llegaba la noche, sin haber encontrado a nadie.
  Por otro lado, a muchos de los animalitos no les gustaba ver la piel de la tortuga tan, pero tan llenita de arrugas. Decían que era feo llegar a la edad que tenía Gregoria y que se perdía la belleza cuando uno era mayor.
  Algunos otros se quejaban porque la pobre tortuguita contaba siempre cosas de cuando era más joven y se olvidaba de las que había hecho hace un rato.
  En rigor de verdad, Gregoria era el animal más viejo del jardín y no siempre sabemos comprender a quienes tienen muchos años.
  Gregoria lo sabía, pero no decía nada. Creía que, en cierto modo, era lógico que a los demás no les gustara su lentitud, sus olvidos, sus arrugas y sus demoras. No se enojaba con nadie, pero muy en el fondo de su corazón un poquito le dolía la actitud de sus amigos.
   Cierto día Muchaspatas, el  ciempiés, cayó de una rama y fue a dar justo arriba de un rosal. Las espinas lo lastimaron mucho. Llorando empezó a pedir ayuda. Todos los animalitos corrieron a socorrerlo. También Gregoria, pero claro ella tardó un poquito más.
  Cuando la tortuga llegó al lugar donde había caído el ciempiés lo vio muy lastimado. El cachorrito trataba de curarle las heridas, pero era grande para el tamaño del ciempiés y muy torpe además.
  Popi, así se llamaba el pequeño perrito, se había puesto muy nervioso. Inquieto como buen cachorro, más que arreglarle algunas de las tantas patitas que tenía Muchaspatas, terminó enredándole unas con otras, lo cual aumentó el dolor.
  – ¡Me estás lastimando peor! – se quejaba el pobrecito- Dejá no me ayudes más mejor.
  – Dejame a mi- intervino Gregoria, quien con su modo pausado pudo ordenar las patitas del ciempiés y comenzar a curarlo tan suavemente que no le hizo doler ni un poquito.
  – No es nada – dijo el caracol – ¡Está exagerando, qué ciempiés flojo habías resultado!
  – No señor, esto igual necesita un especialista- Dijo la tortuga muy firme- Hay que llevarlo a lo del Sapo doctor. La gran experiencia de Gregoria le decía que era necesario pedir más ayuda.
  El Sapo Doctor era un sapito que vivía también en el jardín, pero al cual no se lo veía mucho, pues le gustaba esconderse en agujeros diferentes. Le decían doctor porque si bien no lo era, se las arreglaba siempre para curar a quien estaba enfermito.
  El problema era que hacía mucho que no lo veían y ya nadie recordaba en qué agujero se habría metido.
  Hicieron memoria, pero había pasado tanto tiempo que nadie pudo recordarlo.
  – ¡Ya se! -Gritó Gregoria eufórica- Está en el agujero al lado de la pileta  Todos quedaron sorprendidos por la memoria de la tortuga, el sapo se había metido allí hacía ya muchísimo tiempo -No recuerdo que comí ayer, agregó Gregoria, pero de esto me acuerdo perfecto.
  Ahora había que llevar a Muchaspatas hasta aquel agujero que quedaba al otro lado del jardín.
  Un gusano se ofreció a cargarlo, pero el ciempiés sintió que estaba arriba de una gelatina y no quiso seguir viaje. Muchos bichos bolita también se ofrecieron, pero se movían tan rápido que le causaban más dolor.
  – Yo te llevo- Dijo Gregoria.
  Acomodaron a Muchaspatas sobre el caparazón de la tortuga. El ciempiés se acostó sobre Gregoria y apoyó su cabecita en el cuello de nuestra amiga. Jamás hubiera dicho que esas arrugas que tan feas parecían, podían resultar la mejor de las almohadas.
  Gregoria se movía tan lentamente que Muchaspatas viajó tranquilo y sin molestias hasta el agujero del sapo Doctor.
  Los demás animalitos también habían ido, pero por supuesto habían llegado mucho antes.
  Como todos esperaban, el sapo doctor curó al ciempiés, le puso un remedio y le vendo ochenta de sus cien patitas, lo cual llevó su buen tiempo.
  Cuando todo terminó y Muchaspatas ya estaba vendadito y listo para volver a casa, empezaron a pelearse entre todos los animalitos a ver quién lo llevaba.
  – Dejen chicos gracias – Dijo el ciempiés- Yo prefiero irme con Gregoria, si no les molesta.
  – ¡Pero todos nosotros somos más rápidos! Dijeron muchos
  – Y no olvidaremos donde vives – agregaron otros.
  
  Nadie pudo convencer al ciempiés que volvió feliz y contento muy cómodamente acostadito sobre el caparazón de Gregoria.
  – No entiendo, dijo la tortuga – ¿por qué me elegiste a mí? Soy lenta, viejita, tal vez no recuerde a dónde tengo que llevarte…
  – Vos me ayudaste más que nadie Gregoria. Fuiste la única que recordó dónde encontrar al sapo, me curaste tan suavemente que no me dolió, me llevaste tan despacito a lo del doctor que ni me di cuenta y me enseñaste algo muy, pero muy importante.
  Gregoria escuchaba alagada, pero sin entender demasiado ¿Qué podría haberle enseñado ella a Muchaspatas?
  – Me enseñaste que ser mayor no es malo, que la experiencia que te dan los años es muy importante, que ser más lento no es ser peor. Que las arrugas pueden no molestar si se las sabe llevar, que puede haber olvidos, pero que las cosas importantes se siguen recordando.   
  Gregoria hubiera querido abrazar a Muchaspatas, pero no le era fácil semejante movimiento, le concedió una sonrisa arrugadita pero preciosa y comenzaron el viaje de regreso.
  Los demás animalitos, quienes habían llegado antes que la tortuga y el ciempiés, se sentaron a esperar al herido. Estaban avergonzados porque también ellos habían entendido que no habían sido piadosos con la vieja tortuga y reconocían que sin Gregoria,  el pobre ciempiés no habría podido curarse.
  Apenas llegaron, todos se apresuraron, ya no a ver cómo se sentía Muchaspatas, sino a disculparse con Gregoria.
  Los años traen mucho más que arrugas y entre las tantas cosas lindas que nos dan, está la sabiduría.
  Gregoria era una tortuga sabia y no guardaba rencor a nadie pues sabía bien que el rencor no es un buen sentimiento.
  Las cosas en el jardín de Doña Ana empezaron a cambiar.
  Por decisión de todos, la vieja tortuga se convirtió en la directora técnica de quienes jugaban al fútbol. Le sobraba experiencia y no era necesario ser rápido para ello.    
   A la hora de jugar a las escondidas, consultaban a Gregoria sobre aquellos escondites más lejanos y de los cuales ya nadie se acordaba. La tortuga se divertía más que nunca pues era la única que sabía dónde estaba cada uno.
  Todos los animalitos habían entendido que no importa los años que uno tenga, sino las ganas que tenga de vivirlos y que, un día u otro, todos seremos grandes y que a cada edad hay que encontrarle su parte buena, porque de verdad la tiene.

Fin

Para pensar un poquito:

– ¿Vos pensás como los animalitos del cuento que se pierden muchas cosas al llegar a viejo?

– ¿Te parece feo llegar a viejo?

– ¿Te das cuenta que el hecho de ser mayor no significa que se pierdan las ganas de hacer cosas y la alegría de vivir?

– ¿Respetas a tus abuelos y a los ancianos en general?

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