El palomo marrón

paloma marrón

Érase una vez un bosque denso y frondoso, en el cual las copas de los árboles se abrazaban en lo alto, impidiendo que los rayos del sol iluminaran sus raíces.

En su interior, felices y tranquilos bajo la protección de su follaje, vivían numerosas variedades de aves y otros pequeños animales; ya que su sombrío entorno los protegía de las aves rapaces, que desde las alturas no podían divisar los nidos o cuevas donde habitaban.

Las palomas vivían con otras especies pacíficas, en un ambiente donde papá palomo conseguía los alimentos sin dificultad, y mamá paloma tenía tiempo suficiente para enseñar a sus pequeños los secretos del vuelo y todo lo necesario para disfrutar de su agreste y tranquila vida.

En la escuela de diseño, la paloma más anciana se esforzaba enseñando a numerosos alumnos la técnicas de construcción de nidos; instruyéndolos sobre cómo humedecer la tierra para formar el barro que utilizaban, elegir las ramas más flexibles y las hojas más tiernas para los dormitorios y las diversas formas de entrelazar y unir los diversos materiales.

Los alumnos con su blanco delantal de plumas se parecían a niños humanos, prestando toda la atención que su edad e inquietud permitían.

También recibían instrucciones sobre seguridad en el bosque, materia donde el palomo director de la fuerza aérea les enseñaba a protegerse de sus peligros y especialmente de los que podían provenir del cielo, donde siempre acechaban las aves de rapiña. Pero sus consejos no recibían demasiada atención, ya que los pequeños tenían la seguridad de que la protección del follaje de los altos árboles no permitiría que las águilas y halcones pudieran alcanzarlos.

En el primer año asistía un pequeño palomo que se destacaba por su plumaje marrón, y que poseía una gran inteligencia apoyada por una insaciable sed de conocimientos; pero que se sentía desplazado porque su color era diferente al del resto del grupo, y a quien únicamente sus dos hermanas adoraban pues conocían su gran bondad.

Uno de los temas enseñados fue la forma de mimetizarse con el medio ambiente para que el enemigo no pudiera descubrirlos, pero nadie excepto, nuestro pequeño palomo marrón, prestó atención a las enseñanzas impartidas.

Pero un día los grandes árboles del bosque fueron desgajados por una terrible tormenta. El viento sopló con enorme fuerza y miles de pequeñas ramas y hojas se desprendieron, entonces por primera vez en mucho tiempo, los rayos del sol atravesando el espacio calentaron el húmedo suelo, abriéndose el cielo azul sobre las cabezas de sus habitantes.

En principio todo fue alegría y los alegres trinos de las aves vibraron en el espacio. Pero nadie se dio cuenta de que también las cazadoras ahora podían ver y entrar al área que con anterioridad se encontraba protegida por la oscuridad.

En ese momento nuestro pequeño palomo marrón, recordando las enseñanzas recibidas, observó el cielo y notó que desde las alturas, se reflejaban en la luz solar pequeños puntos oscuros que se acercaban hacia sus hogares. Y dándose cuenta del peligro que bajaba del cielo, avisó con fuertes chillidos a todos quienes se encontraban en las cercanías, logrando salvar de esa forma a muchos de ellos.

Luego llamó a sus hermanas y rápidamente les ordenó que entraran al hueco de un viejo árbol, tapando con su cuerpo la entrada y mimetizándose con su tronco.

Las águilas y halcones cazaron a muchas aves y otros pequeños animales desprevenidos, pasando varias veces muy cerca del escondite del palomo y sus hermanas, pero al confundirse el color de su plumaje con el viejo árbol pudieron salvar sus vidas.

La valiente e inteligente acción transformó entonces radicalmente su relación con el resto de los habitantes del bosque, pues todos reconociendo su heroísmo buscaron su amistad y consideraron desde entonces a su opaco plumaje marrón como el más hermoso de la bandada.

Aprendiendo también que en todo lo feo podemos encontrar belleza y que no hay conocimiento innecesario, ya que en algún momento de nuestra vida todo lo que aprendemos puede llegar a ser importante.

Fin

Autor Rodolfo Nario

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