Agujas, tijeras y dedal mágicos

Agujas, tijeras y dedal mágicos. Mercedes Martínez Rubio (Morimó), escritora española. Ilustraciones de Joaquín. Cuento infantil. Lara era una joven modista que trabajaba en su casa, hasta altas horas de la madrugada. Cosiendo… cosiendo, siempre cosiendo en su maquina Zinderplus, para ayudar a su marido Fermín, el albañil cachas. Entre los dos sacaban la casa […]

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Agujas, tijeras y dedal mágicos. Mercedes Martínez Rubio (Morimó), escritora española. Ilustraciones de Joaquín. Cuento infantil.

Lara era una joven modista que trabajaba en su casa, hasta altas horas de la madrugada. Cosiendo… cosiendo, siempre cosiendo en su maquina Zinderplus, para ayudar a su marido Fermín, el albañil cachas. Entre los dos sacaban la casa adelante, y a su única hijita Nerea.

La pequeña que dormía plácidamente en su cunita, feliz e ignorante, de los apuros y necesidades de sus padres. ¡Pero todos eran muy felices! Su papá, se levantaba casi al amanecer todos los días. Así acudía a la obra cada día, ya hiciera frió o calor. Encima de un andamio y paleta en ristre, se pasaba toda la mañana currando = trabajando. Atizaba con paleta en mano, rascaba, daba cemento untando a los ladrillos, que de uno en uno iba colocando, formando una pared muy alta.

Utilizando después una llana para alisar, completando así su labor. Había que ganar el sustento y lo hacía de mil amores, para sus dos mujeres más queridas. Era un ejemplo a seguir. Buen padre y esposo, como todo varón que se precie (los hombres no se miden por machos, si no por sus acciones respecto con su familia).

 

Agujas, tijeras y dedal mágicos

Aquella mañana Fermín, se levantó más temprano que de costumbre. Aún no había amanecido, cuando salió de su casa. Canturreaba canciones, silbaba contento. Mientras, esperaba en la parada del bus. Llevaba su mochila a la espalda, con la comida que el día antes, le había preparado su mujercita.

Salió cual gacela de su casa. Sin hacer el más leve ruido, para no despertar a sus dos amores. Dejando sola a su esposa, con su bebecita pequeña. Que en ese momento acababa de despertar, estando en brazos de su mamá. Y por supuesto ya estaba tomando, su primer biberón matinal.

Después su madre acunó, acurrucó, cantó a su querubina (pequeña) una dulce nana, y la depositó dormida de nuevo sobre su lindo moisés. ¡Que ángel más lindo tengo, pensó! Y con orgullo amoroso, le dio un besito en la carita con sumo cuidado, para no despertarla de nuevo.

Después se agenció una fregona, cubo, bayeta en ristre y marujeó (ser ama de casa) hasta concluir sus labores caseriles (de casa). Una vez terminadas las faenas de casa, dejando preparada comida y cena para cuando su esposo regresara, se sentó para comenzar su labor de costura. Así estaba ensimismada cosiendo, con aguja en mano.

Más de pronto… al levantar la vista de su trabajo, reparó que de la pared de la habitación dónde se ubicaba en esos momentos, había un agujerito muy pequeño, del que antes no se había percatado. Con sorpresa y curiosidad, en ese mismo momento vio salir de allí un diminuto ratoncín.

 

Agujas, tijeras y dedal mágicos

Vestido con chaquetilla de pana roja, y pantalones bombachos negros. A pesar de su pequeño tamaño, sus bigotes eran poblados, espesos, tupidos. Rabito largo, más un gracioso bombín sobre la cabeza, que relucía como el charol. La miraba picaruelo, descarado, socarrón, por su monóculo sin pestañear. Y sin cortarse un pelo, ni un ápice, se acercó a ella haciendo una espléndida reverencia, con genuflexión incluidas.

¡Buenas… señora costurera! ¡Sorpresa… sorpresa! ¿Que hacendosa está en sus labores? Cuán laboriosa está la señora de la casa, en una mañana tan radiante. ¡Pues sí! Ya ve caballero ratonil, contestó Lara sin asustarse ni hacer ningún aspaviento. A propósito… mi encantadora dama, pido mil excusas por mi atrevimiento de presentarme así mismo. ¿Pero…? ¿Podría darme un coscurrillo de pan… con un trocito de queso? ¿Seria usted tan amable, de concedérmelo? Tengo un poquillo de gusa (hambre), y aún no he comido nada. Mis tripitas hacen, glú… glú… gúas… gúas, y no me puedo aguantar. ¡Faltaría más… caballerete ratoncil (de ratón)! Espere un momento.

Entonces se levantó. Dejando sobre su maquina el trabajo lo que tenía encima, dirigiéndose presta hacia la cocina. No tardando en aparecer, con una bandejita sobre la que había un cachito de pan, un vasito de vino, y un pedacito de queso manchego curado, un poquito duro para… roer mejor por dientes de ratón.

A nuestro ratóncete, le hacían los ojos chiribitas. Una vez deglutido los alimentos, dando las gracias por aquellas delicatesen (delicias), le platicó con desparpajo y de esta manera. Mi querida y desprendida bienhechora de hambrientos. Como soy un ratón galante, caballero agradecido, me gustaría obsequiarla, con un pequeño regalo como yo. Rebuscando con premura en uno de sus bolsillos de su chaleco, sacó una aguja enana como él y se la entregó.

¡Vaya…! ¿Si que es chica esta aguja? Sí mi apreciada dama, pero aún siendo tan minúscula, no por menos deja de ser muy valiosa. ¡Bueno…! Yo no lo pongo en duda. Y menos si usted lo dice. Entonces Lara se agachó y tomó entre sus dedos, el obsequio con delicado cuidado. Como era tan miniatura aquella aguja, para no perderla la prendió con sumo cuidado, sobre unos pantalones de la costura que aún faltaban por coser. Así siguieron charlando durante un rato, aquellos dos personajes.

Tanto y tanto hablaron, que Lara al final se dio cuenta, de que no había cosido nada, con tanta cháchara dándole a la sin hueso. Y que el tiempo había volado, sé había pasado muy rápido. ¡Ay señor! Que tarde se me ha hecho ¡Perdóneme… disculpe… caballero ratón! Lo siento pero mis labores domesticas, me reclaman todavía. Le tengo que dejar. ¡Perdón… perdón, señor ratón! ¡Bueno! Está bien. No se preocupe hermosa dama.

Lara repite una vez más, tendrá que disculparme honorable ratoncín. Mis faenas apremian, mi esposo esta a punto de venir. ¡Y yo sin las tareas concluidas, y con estos pelos! Tengo que preparar la comida. Si quiere quedarse, puedo poner un platito más. ¡No! Muchas gracias señora. Contestó el ratón abochornado, ante tanta amabilidad. Pido mil y una disculpas. Por distraerla en sus quehaceres. Mañana volveré, si no la molesto. ¡Perfecto! Será para mí un honor. Esta es su casa, mi galante y pequeño vecino. ¡Bien pués! Hasta mañana, generosa damisela.

Nos vemos. ¡Adiós! Y desapareció por su agujero, como antes había salido. Al día siguiente todo rumboso, volvió aparecer a la misma hora. Lara ya tenía preparado la misma bandejita con pan, vino, y queso para el ratoncillo. Este la obsequió otra vez, con unas minúsculas tijeras. Así mismo, otra vez Lara descuidó su costura, por darle a la sin hueso. Tuvo entonces que apresurarse después.

Al tercer día nuestro ratón, la obsequió con un dedal. Después le dijo. Verás, los tres regalos que te he dado durante estos tres días, son mágicos. Tienen poderes sorprendentes. No los pierdas nunca. Ya que si no están los tres unidos, es imposible que funcionen por separado. Ellos te ayudarán, ahorrándote mucho trabajo, y te compensarán dándote ganancias y tiempo libre. Solo tienes que seguir mis recomendaciones. Los tienes que poner durante la noche, en la labor que estés haciendo. Ya que durante el día, no sirven para nada.

¡Estupendo! Lo tendré en cuenta. Así lo haré, mi pequeño amiguito. ¡Muchas gracias! ¡Hasta pronto amigo! Lara se fue a terminar sus quehaceres, y en ello estaba hasta que llegó su feliz esposo. Aquella noche como de costumbre se fueron a descansar, los cónyuges a su piltra (cama) hasta el día siguiente. Nuestra modista, ya no se acordaba para nada, de los tres regalos del ratoncillo. ¡Pero…! ¿Qué es lo que había pasado… durante la noche?

Cuando Lara se puso de nuevo en sus labores, vio con grata sorpresa, que la aguja que había prendido el día anterior en aquellos pantalones, (regalo del ratoncito aún por terminar de coser…) se habían cosido solos. ¡Canastos! ¡Corcho lis! ¡No es posible! ¿Si… yo no lo he hecho?

Agujas, tijeras y dedal mágicos

¡Esto es una pasada… es guais, magnifico, fetén! Fermín ven, mira… mira. Gritaba alborozada, llamando a su esposo. Desde ahora podré dedicarme a mi niña o mis tareas domesticas, y sobre todo a lo que más me guste. Podré descansar mucho mejor, y por más tiempo. Mientras estos artilugios mágicos, me hacen las composturas de mi costura. Y también ayudaré a los necesitados, a los más pobres. Colaboraré en todo lo que pueda, en mis tiempos libres para hacer el bien ajeno. Dicho, y hecho. Así lo hizo. Desde entonces, no ha parado de colaborar para los paupérrimos. Montando un buen taller. A lo grande. De diseño y moda fashion.

Entre tanto, aguja, dedal, tijeras… cosían… cosían como locos desenfrenados, durante toda la noche. Cortaban las tijeras, proyectos nuevos. Empujaba el dedal a la aguja enhebrada con gran rapidez, haciendo vestidos de alta costura. Y recosían, cosiéndolo, todo lo que se les ponía a… tela. Lara, Fermín, y Nerea, siguieron siendo muy dichosos.

Desde entonces, ya nunca tuvieron apuros en su hogar. Siendo espléndidos, caritativos, dadivosos, desprendidos, generosos siempre, con los más desafortunados y misérrimos. Y el ratoncito aparecía siempre, a tomarse una tapita quesil (queso), con cuscurrito de pan, y un chatito de buen vino, en compañía de su amiga Lara.

Fin


Agujas, tijeras y dedal mágicos

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