El vuelo de Blanquita

El vuelo de Blanquita. Cuentos de cigüeñas. Cuentos de animales.

  Blanquita era una pequeña cigüeña que vivía junto a su familia, muy numerosa por cierto, y otras muchas cigüeñas cerca de un gran charco.
  Vivian muy felices, sobre todo en verano. Refrescaban sus largas patas en el agua, se alimentaban bien pues la comida no escaseaba y dormían siestas al calor de los rayos del sol.
  Al aproximarse el invierno todo cambiaba. Blanquita no sabía exactamente de qué se trataba ese cambio pues, el que estaba por venir, era el primer invierno de su vida. También por primera vez empezaba a sonar en sus oídos la palabra migración.
  Como no sabía qué era decidió preguntar, algo muy bueno y recomendable cuando alguien no sabe algo.
  Sus hermanos mayores, que eran muchos, se lo explicaron cómo pudieron:
– A las cigüeñas no nos gusta el frío y no nos hace bien por eso nos vamos. Dijo Pico largo, el hermano más grande.
– ¿A dónde? Preguntó Blanquita
– A donde hace calor, contestó.
– ¿Y no sería más fácil abrigarnos en vez de viajar tanto? Volvió a preguntar la cigüeñita.
– No se trata de abrigarse hermanita, respondió Pico largo.
– Además, todas las botas nos quedan cortas ¿vos viste la altura de nuestras patas? intervino Flor de Buche, otra de sus hermanas. Aquí no hay bufandas, ni estufas, en fin, no queda otra alternativa que irnos.

Blanquita se quedó pensando en el invierno que se avecinaba y sobre todo en que debería dejar su amado charco para ir quién sabe a dónde. No le gustaba mucho la idea, pero nada podía hacer.
El tiempo pasó y llegó el día tan temido. Su papá los reunió a todos y les dijo que era hora de irse, que debían buscar un lugar donde hiciera calor porque el frío ya empezaba a sentirse bajo sus plumajes.
Todos los padres de todas las familias hicieron lo mismo, hablaron con sus familias y empezaron a organizar la partida.
Las proximidades del charco se revolucionaron, cigüeñas que iban y venían. Unos se preparaban en silencio, otros gritaban temiendo olvidarse algo. Unos lloraban, otros empezaban a tiritar de frío, unos apuraban a otros y todos estaban muy nerviosos.
   Alguien debía organizar la migración y siempre era la cigüeña de mayor edad. Don Vetusto, así se llamaba la cigüeña más vieja del lugar, comenzó a planear el viaje, no sin antes, darse cuenta que no sería nada fácil.
–¡Ufa! Yo no quiero volar tanto, decía una cigüeña  muy perezosa que se la pasaba durmiendo todo el día. ¡Me voy a cansar!
– ¡Peor será que se congele señora! Contestó Vetusto.
– Yo estoy gorda para volar tantos kilómetros, que alguien me lleve en upa, decía otra cigüeña mientras devoraba cuanto alimento encontraba en el charco.
– No me preocupan Uds., sino los pequeños. Este año hay muchas cigüeñitas bebés que jamás han cruzado los cielos. Dijo con voz muy firme Don Vetusto.

Si bien Blanquita no quería dejar su amado charco, sabía que debía partir junto a su familia, pues en definitiva, el lugar de uno está donde están los seres que uno ama. Además, había aprendido que el frío no era bueno y que corrían peligro si no volaban hacia un lugar cálido.
Tanto para Blanquita, como para las otras cigüeñas bebés, era su primer gran vuelo. Todos los pequeñitos estaban nerviosos, pero también dispuestos a poner lo mejor de sí para seguir con sus familias, fuera donde fuera.
Comenzó el gran viaje. Miles de cigüeñas levantaron vuelo comandados por Don Vetusto, quien dirigía a todos.
No era un viaje corto y no todos ponían la misma voluntad para hacer lo que sabían que debían hacer y de la mejor manera posible.

– ¡Así no te puede! Me pesa la panza. Decía la cigüeña gorda, mientras comía algo que se había llevado para el viaje.
– Yo no me pienso mover mucho. Agregó la cigüeña perezosa. Aprovecharé las corrientes de viento y me dejaré llevar.

   Al oír estas palabras, muchas de las cigüeñas eligieron el camino más cómodo e hicieron lo mismo. En lugar de volar con todas sus fuerzas, empezaron de dejarse llevar por la corriente.
  Inútil fue que Don Vetusto les pidiera que no lo hicieran. Nadie quiso escuchar cuando les decía que el viento no soplaba para el lado que ellos iban, sino para el contrario.
  Blanquita junto a su familia miraba cómo sus compañeras mayores se iban alejando.
  Sabía que para lograr su objetivo, que debía ser el de todos por cierto, debía poner todas sus ganas y su fuerza.
  No era fácil, ella era chiquita y no tenía ni la velocidad, ni la orientación de los mayores, pero tenía algo aún más importante: voluntad y ganas de hacer las cosas bien. Ella también estaba cansada y corría con la desventaja de ser más pequeña que el resto, pero tenía el firme propósito de llegar y haría todo lo posible por lograrlo.
  La situación era complicada, Don Vetusto estaba afónico, muchas cigüeñas se habían perdido, las que quedaban estaban perdiendo sus fuerzas, pero había que llegar a destino.
– Estoy cansando, no creo poder lograrlo. Dijo Pico largo.
– Vamos hermanito, un poquito más de esfuerzo y llegamos, nos espera el calor y un nuevo hogar hasta que podamos volver a nuestro charco. Lo entusiasmó Blanquita.
– El viento es frío, mi plumaje se mueve demasiado. Se quejó Flor de Buche.
– Mirá, si me pongo a volar a tu lado, podré darte calor. La consoló nuestra amiguita.

  Lo cierto es que la mayoría de las cigüeñas estaban en mejores condiciones para viajar que la pequeña, eran más grandes, más fuertes y tenían experiencia. Sin embargo, esto parecía no ser suficiente para llegar a destino.
  Blanquita sabía que no había opción, el frío empezaba a sentirse, había que llegar.
  Se colocó junto a Don Vetusto para liderar el viaje y no abandonó a su hermana, a la que mientras intentaba darle calor.  Pidió a su papá que fuera a buscar a las cigüeñas perdidas. Su padre dudó, pero vio a su hija tan decidida a resolver la situación, tan valiente a pesar de ser tan pequeña, que salió junto a otros machos al rescate.
  Como Don Vetusto casi no podía hablar, en voz muy bajita le daba las indicaciones de la ruta a seguir a la pequeña.
  Blanquita dirigió a todos como una experta. Feliz le dio la bienvenida a su papá quien venía con las cigüeñas perdidas y contagió su entusiasmo al resto.
  Al cabo de un tiempo, tampoco necesitó las indicaciones de Don Vetusto pues ya se orientaba solita, la cigüeña gorda no probó bocado hasta llegar a destino y la perezosa voló con todas sus fuerzas.
  Pico Largo, Flor de Buche, todos sus otros hermanos y los papás miraban a la pequeña con gran admiración, porque sin experiencia, ni edad, había logrado que el viaje llegara a buen término.
  Cuando llegaron a tierra firme y cálida, todos habían aprendido una gran lección: para lograr un objetivo, es imprescindible tener voluntad.
  Tal fue el ejemplo que les dio Blanquita a todos, que la cigüeña gorda se puso a dieta y no volvió a pedir que le hicieran upa, la perezosa nunca más durmió siesta y Don Vetusto no volvió a perder la voz, pues jamás le hizo falta volver a gritar.

Fin

Hecho el depósito de ley 11.723. Derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial. Nro. Expte. Direc. Nac. Derechos de Autor 727098

Para pensar un poquito:

– ¿Sos voluntarioso o te da pereza o comodidad hacer las cosas?

– ¿Te das cuenta que con la voluntad se puede lograr todo lo que uno se propone?

– ¿Te sentís mal cuando algo te resulta difícil o por el contrario, ponés más esfuerzo?

– ¿Pensás, como nosotros en Encuentos, que si todos pusièramos voluntad para hacer las cosas, el mundo sería mejor?

Imprimir Imprimir
Loading...

Comentarios