Lola, la heroína fea

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Lola, la heroína fea

Hacía muchos años que no regresaba al pueblo pirenaico donde nací y al que regresé, tras jubilarme, a los sesenta y siete años. Lo encontré muy cambiado, semivacío y con algunas casas en pésimo estado de conservación; incluida, en este censo de abandono, la que me legaron mis difuntos padres y que yo; agobiado por mi trabajo como abogado de un prestigioso bufete madrileño, no me preocupé en restaurar.

Me deprimí bastante al entrar en el bar inhóspito, antiguo, que ahora regentaba, Encarna, la viuda de Fermín, el barman que durante toda su vida profesional la dedicó a servir los mejores cortados, que recuerdo, y los bocadillos de jamón y de tortilla española más exquisitos y baratos. En la actualidad la dueña hacía calceta sentada ante una mesa de mármol, con un vaso de aguardiente a medio consumir,

Me tuve que identificar, pues ella ya no me recordaba y a mí, aunque siempre fui un buen fisonomista, me costó reconocer en esa anciana de rostro arrugado, encorvada, a la adolescente rubia, de antaño, espigada, con un rostro y un cuerpo que obnubilaban los sentidos de los mozos, que eran quintos míos y a la que todos, tratamos de conseguir que fuera nuestra novia; aunque fallamos en nuestro intento. Fue precisamente el más sensato y el más tímido, Fermín, el barman, el que se llevó “el gato al agua”, al conseguir el amor de una mujer tan hermosa y deseada.

Me tomé un bocadillo de atún y una cerveza, mientras leía el periódico. Tras despedirme de ella, salí a la calle estrecha y caminé despacio hasta la plaza, aunque de vez en cuando me detenía ante las casas señoriales, cuyos escudos nobiliarios colgaban de su fachada de piedra.

Sin darme cuenta estaba en la Plaza ante la fuente de los nueve caños, histórico vestigio del brillante pasado histórico de nuestro pueblo y vi que una pareja de hispanoamericanos, estaban fotografiando el monumento a Lola Gersán, nuestra heroína; una mujer a la que por su valor y generosidad, nuestro pueblo le dedicó un busto de bronce en la plaza que lleva su nombre, como recuerdo de su gesta.

Al verme echar un trago de agua en mi querida fuente y luego observar, con detenimiento, el monumento a Lola; Raúl, que así se llamaba el turista que estaba retratando diversos rincones de la que fue nuestra plaza del Ayuntamiento, ahora de Lola Gersán, me preguntó, si sabía algo sobre la historia de esa heroína, a la que sus convecinos habían dedicado tan emotivo homenaje.

Yo al volver de improviso en un emotivo flashback al pasado, no pude evitar que mis ojos miopes se llenasen de lágrimas y gustosamente; tras reponerme de la impresión que me produjeron los recuerdos, que hasta entonces tenía archivados en el álbum del olvido, les expliqué a Raúl y a su bella esposa, María, la historia de una heroína; que no era como la de las películas, alta y guapísima, sino todo lo contrario, menudita y fea.

—Verán—les dije iniciando mi relato— hace más de cincuenta años yo antes de entrar en la Universidad, era un muchacho muy alocado, deportista destacado, especialmente jugando al fútbol en las eras, y cantante de una orquestina “Los Ligones”; que causaba furor, justo es decirlo, en este pueblo y en los cercanos, donde a más de una muchacha le hicimos beber los vientos por nosotros, los componentes de nuestro conjunto. Realmente hacíamos justicia al nombre artístico de nuestra banda musical.

En este pueblo y en aquella época había muchos adolescentes de ambos sexos y especialmente los fines de semana nos lo pasábamos muy bien. Yo tonteé con alguna jovencita; pero como soñaba con irme a la gran ciudad a estudiar Derecho, salí con muchas muchachas, aunque no me comprometí con ninguna. Y esa estupidez mía, mantenida en el tiempo, lamentablemente me ha convertido en un viejo abogado jubilado, en un ser solitario y solterón; que ahora, demasiado tarde, necesitaría tener a una esposa, unos hijos y nietos a su lado, para compartir con ellos los frutos de tantos años de trabajo y sacrificios.

Recuerdo—proseguí mi relato—que en este mismo lugar, a la salida de misa, solíamos tocar mis amigos y yo las guitarras y cantar algunas baladas de amor. Entre nuestras admiradoras estaba Lola Gersán, que era una muchacha alta, flacucha, algo desgarbada y con una nariz demasiado grande y corva, como el pico de un loro. La verdad es que tenía pocas curvas femeninas y por eso no era cortejada por ningún mozo, ya que en aquella época los jóvenes nos fijábamos más en la belleza de las chicas, que en sus virtudes personales. Tonterías de la edad del pavo.

—¿Y ella sufría mucho al verse fea y despreciada por los muchachos?—me interpeló María.

—Imagínenselo. Lamentablemente la crueldad y la perversidad han existido siempre. Nosotros, mis amigos y yo, íbamos a pasárnoslo muy bien y acostumbrados a cortejar a las chicas guapas, al ver a Lola nos burlábamos de ella, declarándole nuestro amor, o piropeándole cruelmente, alabando sus defectos físicos, o sus rasgos que más le acomplejaban.

—¿Y qué hacía ella al ver las ofensas que ustedes le hacían?—preguntó Raúl.

—Nada, se quedaba a veces quieta, llorando, y nosotros, especialmente Joaquín, nuestro batería, el más canalla de todos, le pedíamos, en plan de broma, que fuera nuestra novia, o la “go-gó” de nuestro grupo.

—¿Los adultos también se reían de su fealdad?—quiso saber María.

—Esos eran los peores—les dije—. Algunos de ellos, sabiendo que sus padres eran muy humildes y servían a don Cosme, el cacique de nuestro pueblo, le hacían proposiciones deshonestas y como ella salía huyendo atemorizada por sus insinuaciones; aún se le reían más y era objeto de sus chanzas y de sus comentarios en el bar de nuestro pueblo.

—¿En qué momento, Lola, se convirtió en una heroína?—inquirió María.

—Verán, don Cosme, el cacique, también convirtió a Lola en su criada. Al ser fea, le encargó las tareas más desagradables de la casa. Ella para no perjudicar a sus padres y para ayudar económicamente a su familia, aceptó trabajar como una esclava por un salario mínimo.

Fue una empleada ejemplar, a la que ni sus progenitores, que se avergonzaban de su fealdad, ni los señores, ni el resto de las criadas de la casa le hicieron la vida grata. Ahora que estoy hablando de ella, siento pena por esa muchacha y remordimiento por las humillaciones que le hicimos.

—Prosiga…prosiga. Nos tiene en ascuas—me dijo María.

—Pasaban los años y todas las jóvenes del pueblo se fueron casando y otras se marcharon a Zaragoza, o a Madrid, a buscarse un futuro laboral. Pero ella siguió siendo la cenicienta de la casa de don Cosme. He de decir que el único hijo de sus señores era Toñín, un niño rubito, de cinco años, precioso; al que Lola adoraba, aunque él siempre rehuía sus caricias y se escapaba como si le tuviera miedo, aunque se dejaba acariciar por el resto del servicio de la casa.

Lola paseaba sola por las calles del pueblo, no tenía amigas y su vida carecía de alicientes. Yo me fui del pueblo a estudiar a la Universidad y no me enteré de la desgracia que se cernía sobre la familia de don Cosme, hasta que unos familiares míos me contaron el terrible suceso.

—¿Y tuvo que intervenir, Lola, en ese suceso que menciona?—preguntó Raúl.

—Por supuesto que sí. Verán, una mañana del mes de agosto se oyó—según me contaron los testigos presenciales un grito: “¡Fuegooo!…¡Fuegooo!”. Se puso el vecindario en marcha, las campanas tocaron a rebato, avisando a la población de lo que estaba pasando. Alguien dijo que el incendio se había producido en casa de don Cosme.

—¿No era en esa casa donde servía la pobre Lola?—inquirió María.

—Efectivamente. Allí fue. El incendio se produjo por un cortocircuito en la habitación de Toñín, que estaba en la tercera plata y todo se llenó de humo. Creció la alarma, cuando el acceso a la zona del dormitorio del niño se hizo impracticable.

Don Cosme y su esposa gritaban, ofrecían dinero al que subiera a buscar a su hijo, ya que las llamas y el humo avanzaban rápidamente y no se podía esperar a la llegada de los bomberos de la ciudad; que iban a tardar varios minutos en llegar. La vida del niño estaba en peligro y sin embargo nadie se atrevió a jugarse la suya para salvar la del hijo del cacique, al que en el fondo odiaban.

De repente, Lola, dejándose llevar por un impulso maternal, se colocó una manta sobre la cabeza, un pañuelo en la boca y con un heroísmo indudable se atrevió a subir las escaleras para salvar al niño, que se burlaba de su fealdad y que no aceptaba las golosinas que ella le ofrecía.

—¿Qué decían sus vecinos al ver el arrojo e esa muchacha marginada?—preguntó Raúl.

—Se quedaron boquiabiertos y aunque algunos intentaron evitar que ella se jugara la vida, Lola, consiguió su objetivo y llegó a la tercera planta. La expectación creció, todos creyeron que iba a morir; pero unos minutos después gritaron de entusiasmo y aplaudieron a rabiar, al ver aparecer entre la cortina de humo, a Lola, que llevaba al niño en brazos, abrazado a su cuello.

Al depositar a Toñín en los brazos de doña Aurora, su madre, cayó desvanecida y todos creyeron que había muerto.

Cuando llegaron los bomberos y las ambulancias, los médicos comprobaron que Lola se encontraba en un estado muy grave. Tenía su rostro y el resto de su cuerpo cubierto de grandes quemaduras, su pelo estaba chamuscado y pocos pensaron que pudiera sobrevivir.

Todos los vecinos elogiaron el valor, el heroísmo de Lola Gersán. Fue entonces cuando don Cosme le dijo a los sanitarios que él, personalmente, quería acompañarles. Les pidió que se dirigieran a una prestigiosa clínica de Madrid, y que no repararía en gastos para que a esa muchacha valiente le hicieran las operaciones de cirugía estética los mejores cirujanos.

—¿Cumplió con su palabra el cacique?—preguntó Raúl.

—Por supuesto que sí. A su regreso al pueblo, unos meses después, el “patito feo” se había convertido en la mujer más hermosa de toda la comarca. Muchos fueron los pretendientes que tuvo y unos meses después se casó con el médico del pueblo de al lado; eso sí con una buena dote que le dieron, muy agradecidos por salvar a su hijo, don Cosme y doña Aurora.

Me fijé en que haciéndole fotos a la fuente y a los edificios singulares de la plaza, se encontraba una señora muy elegante, provista de una belleza madura, que inconscientemente, embobado, admiré, pues a pesar de que tendría una edad similar a la mía, conservaba un atractivo, que el paso de los años no había conseguido borrar.

—¿Y sabe, usted, que pasó con Lola?…¿Dónde podríamos encontrarla para conocer de su propia voz, que fue lo que le impulsó a devolver bien por mal y convertirse en una heroína, a la que el pueblo le dedicó agradecido esta plaza?—inquirió María.

—Creo, según supe por unos familiares, que al marido lo trasladaron unos años después a Valencia y ya no volvió al pueblo.

En esos momentos, la señora elegante se nos acercó y mostrando una sonrisa pícara, nos dijo:

—Yo conozco el final de esa historia que estás contando, querido Andrés.

—¿Me conoce a mí?…Yo a usted no la he visto nunca.

—A las feas nadie nos ve. Y cuando nos ven, aprovechan nuestros convecinos para burlarse de nosotras, como tú me hacías, porque Dios nos dio muy pocos atractivos físicos y por ello tenemos que soportar la marginación, las burlas, y lo que es peor, la soledad.

—¿Por qué dice eso? Usted es una mujer muy guapa y me imagino que de joven habrá sido una belleza—dijo María, con toda sinceridad.

—Se equivoca amiga. Yo muchas veces deseé morir por mi físico poco agraciado. Yo era y soy Lola Gersán, el “patito feo”, del que todos huían y se burlaban, incluido el bueno de Andrés, aquí presente, que era el mozo más guapo del pueblo. No saben lo que sufrí, hasta que sucedió el milagro y los cirujanos me dieron el aspecto que siempre quise tener. Gracias a Dios dejé de ser fea. Pero ¿A cuántas mujeres en el mundo les sucede lo mismo que a mí, y tienen que pasar toda su vida marginadas y solitarias?

—Us…¿Tú eres, Lola Gersán?—y ambos nos fundimos en un abrazo que debí dárselo unas cinco décadas antes.

—Deben saber—dijo Lola, sonriendo tristemente—que enviudé hace diez años. No tuvimos hijos, pero fuimos, mi marido y yo, muy felices. Ahora he vuelto al pueblo donde nací y sufrí durante muchos años. Me he comprado la casa del maestro y me la están remozando; pues ahora quiero acabar mis días en este hermoso lugar. Por cierto, Andrés ¿Qué fue de tu vida?

—Yo no me casé más que con mi trabajo de abogado. Pero desperdicié mi vida y ahora estoy muy solo. Si tú, Lola, te quedas a vivir aquí, yo encargaré que me remocen la casa de mis padres y me quedaré para siempre en este lugar, del que tengo tan buenos recuerdos.

Raúl y María se fueron y yo me alojé en casa de Lola, y unos meses más tarde, como los dos nos queríamos, le propuse que se casara conmigo y aceptó. Hacía muchos años que no se celebraba una boda en nuestro pueblo, y a nuestro evento acudieron muchos compañeros de la abogacía madrileña, más amigos y familiares. Y para que todo el mundo se sintiera feliz con el regreso de su heroína, a la ceremonia y al ágape fueron invitados todos los vecinos del pueblo. Incluso los que vivían en Zaragoza y Madrid.

Hoy llevamos diez años casados. Somos dos almas gemelas que se amaron con cincuenta años de retraso. Pero no importa, de esto he sacado una enseñanza. No hay que mirar, ni juzgar a las personas por su aspecto, por eso tan efímero que es su belleza. Hay otras virtudes intelectuales y espirituales, que no se ven a simple vista, pero que cuando la belleza se acaba, ellas afloran y los/as afortunados/as que las poseen son los seres más queridos y admirados.

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Fin

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