Los amigos

Los amigos. Juan Alberto Guttlein. Escritor argentino. Cuento sobre el amor entre los seres humanos y los animales.

Durante días, aquel niño, alimentó el pajarito que venía a beber al pequeño charco que formó el goteo de la canilla utilizada para el riego de la huerta. Durante sus vacaciones, él disfrutaba de la naturaleza. Le gustaba estar en contacto con la tierra, aquello de ayudar a su abuelo en el riego de la huerta, encerrar los terneros para el primer ordeñe, acompañar a su tío menor a buscar las vacas, andar a caballo, jugar con los perros y recorrer los pequeños montecitos que tenía el campo.

En esos pequeños habitad, había descubierto un mundo increíble de insectos, pájaros de todo tamaño y formas, pequeñas culebras, nidos de gallinas, pájaros, patos y mariposas. Apreciaba todo eso, tal vez, no supiera expresarlo, pero su vida cambiaba cuando en las vacaciones escolares, sus padres lo mandaban a la chacra del abuelo. Su abuela le había enseñado como acercarse de a poco al pajarillo que luego alimentaba.

Empezó arrojándole algo del alimento del canario de su abuela, desde lejos. A los pocos días, se acercó un poco más, hasta lograr sentarse en el banco del abuelo, y el ave se acercaba a buscar su ración diaria. Al verano siguiente, cuando el sospechaba que no estaría más aquel bello pájaro, una tarde mientras intentaba ponerle las ruedas a un autito, el pájaro se acercó cómodamente y se plantó ante él inclinando su cabeza de lado a lado como si le exigiera su porción.

Se levantó del lugar, y al ver que no huía, corrió a la cocina, trajo un puñado de semillas y comenzó a arrojarle su comida. Pero ya no estaba solo, dos pájaros más se sumaron y actuaban con la misma confianza. Al día siguiente probó sentarse en la silla de la mesa de comer asados en el jardín y desparramar la moa y el mijo sobre ella. El pajarito llegó al charco, bebió agua y luego en un corto y elegante vuelo, llegó a la mesa y con total displicencia picoteó las semillitas.

Solo fue cuestión de un momento, porque enseguida llegaron del pino del fondo del patio, los otros dos compañeros. El niño estaba extasiado, al alcance de su mano estaban esos cuerpitos emplumados y graciosos al dirigirse de un lado a otro para disfrutar de sus semillas.

Eran hermosísimos, era una pareja de cabecitas negras, con la cría de ese comienzo de año. Maravillaba ver ese machito con la cabeza bien negra, su cuerpo amarillo con manchas negras en las alas, la hembrita con un amarillo tirando a verdoso y el pichón con un color no muy firme, pero bello como su padre.

Se quedaba petrificado, duro y casi no respiraba, para no espantarlos. Al día siguiente, se acomodó en el mismo lugar, pero con los brazos cruzados sobre la mesa. Y el milagro diario se dio con total naturalidad. Los pajaritos llegaron, comieron su ración y se fueron sin problemas y sin asustarse por su presencia. Con el pasar de los días, probó moverse en la silla, poner cosas sobre la mesa y hasta levantarse y volver a sentarse.

Nada asustaba a sus ya amigos. Un buen día, se animó e intento acariciarlos. El macho miró su mano, esperó desconfiado la caricia y al ver que no había peligro, siguió comiendo mientras los pequeños dedos pasaban sobre su lomito bello y muy sedoso. En cambio la hembrita, se alejó un poco, no así el pichón, que hasta se atrevió a picotear sus uñeros. Su alegría parecía que le haría explotar su corazón.

Cuando los pajarillos se fueron, corrió para contarle a su abuela, pero ella lo había seguido día a día desde la ventana de la cocina y sabía de su amistad con los cabecitas negras. Las citas con la comida para sus amigos, fueron de honor. Sabía que solo si llovía, no vendrían hasta la mesa.

Fue maravillosa aquella temporada en la casa del abuelo. Todos estaban asombrados del milagro realizado por el niño, y hasta se paraba el trabajo, para juntos desde la ventana de la cocina ver como el niño jugaba con sus amigos. Las vacaciones terminaron y la despedida fue emotiva para todos. Los pajaritos, como sabiendo de su partida, estuvieron ese día como una hora más, recién se retiraron cuando el sol comenzaba a volcarse en el pozo del horizonte.

El niño volvió a la ciudad y a sus tareas. Asistía a la escuela, a clases de patín y jugaba con los niños del barrio, largos y extenuantes partidos del fútbol. Una noche, sus padres le anunciaron que su tío, y abuelos vendrían del campo a visitarlos y que le traían una sorpresa.

El niño pensó en un conejo de los que criaba el abuelo, un pinino muy bello y muy manso que él pedía cada vez que lo veía, o tal vez, el camión jaula que el tío le estaba haciendo en tiempos libres. La llegada de los abuelos fue el fin de semana, todo fue alegría y él los acribilló a preguntas por todo lo que le gustaba.

Quería saber por la yegua que montaba cuando quería pasear, por el pinino que siempre se escapaba del gallinero, por los conejos y por los dos terneritos guachos que criaban a mamaderas y que la abuela le había dejado alimentarlos más de una vez y muchas cosas más. Ni se acordaba de la sorpresa que le anunciara su madre y aprovechó a jugar hasta cansarse con su tío menor. Luego vino la cena, el baño y a dormir porque ya era tarde.

Obediente como era, saludo a todos y se retiró a dormir muy feliz de tener a su gente querida junto a él. Excitado como estaba por todo, le costó dormirse. Repasó todo lo que había pasado, feliz y muy contento… y recordó la promesa. Se levantó corriendo y al llegar a la cocina preguntó al abuelo por la famosa sorpresa.

Su abuelo riendo le dijo que le extrañaba que no se hubiera acordado. Le pidió esperara un momento, fue hasta el garaje, y trajo una envoltura en bolsa de arpillera. Al verla su corazón saltaba de emoción. Su abuelo sacó la bolsa y dejo al descubierto una jaula con los tres cabecitas negras, los que él alimentaba en la mesa de la chacra. Su cara no fue la que esperaban todos.

Por el contrario, su rostro se puso triste, se arrimó despacio y vio como los tres buscaban el sector de la jaula por donde él se acercaba. Puso su mano sobre la jaula, los tres se tomaron de los alambres de la jaula y picoteaban con alegría sus deditos. El niño miró a su abuelo y le preguntó por qué los había cazado y puesto en una jaula.

El abuelo contestó que era la única manera de traerles a sus amigos, para que los tuviera junto a él. El niño miró al abuelo, miró a los pájaros preso, y dijo:

-Ellos son felices allí, en su casa, en su patio y en su campo. Si hubieran tenido ganas de verme, ellos hubieran venido solos. Ustedes me querían ver y vinieron. No abu, no puedo tener amigos presos para que estén junto a mi.

Su abuelo con lágrimas en los ojos le acarició el rostro y le dio el beso más bello que le diera en su vida. En el siguiente verano, época de vacaciones, ya el pichón tenía la cabecita bien negra, había llegado a adulto.

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Fin

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