Y entonces recordé a Peter Pan

Y entonces recordé a Peter Pan. Dora Ponce, escritora argentina. Cuento sobre el proceso de crecer.

Y un día crecí.

Crecí tanto como Alicia cuando comió el pastel.

Ya no podía entrar en la casita de madera que mi padre había construido para mí en el patio, bajo la sombra del Siempreverde.

¿En qué momento dejé de apretar la cara contra un vidrio para que del otro lado me la vieran deformada?

¿Cuándo dejé de meter mis dedos índices en la boca y estirármela hasta que mi tía Aurelia me retaba? : “¡No hagas eso que te vas a quedar así!”

 

¿Cuál fue el instante en que empecé a considerar una tontería el caminar sin pisar las junturas de las baldosas o el envolverme en las cortinas y empezar a girar para después “desenvolverme” de golpe?

¿Fui consciente de la última vez que hice el triple puente jugando a la Payana con una amiga, o de cuando nos tirábamos las almohadas por la cabeza con mi prima, o de la siesta en que comimos una sandía cada una y se nos llenó la panza de agua…? ¡No! Todo pasó demasiado rápido como para que pudiera darme cuenta.

“¡Ya sos grandota para jugar a las muñecas!” Sí, ya era grande… Y allá quedaron con sus caritas lindas las muñecas, con su carita fea la Pepona, con sus ojitos azules y movibles el muñeco Marcelino y el bebote de goma que tomaba la mamadera y hacía pis.

¿Es que no me da cuenta de que había dejado de interesarme sacar la lengua en el gesto de buscar pelea con otra chica? La carrera al kiosco para comprarme la última historieta ya no me generaba la misma alegría, y, lo que era más grave en mí (lectora incondicional), era que se me estaban viniendo abajo los príncipes y las reinas malvadas y las Cenicientas y las hermanas feas. Eso era muy muy grave; ¡sí señor!

¿Y la Rayuela marcada con tiza en la vereda..? Ya no importaba llegar al “cielo”, ya no importaba inflar bombitas de agua para los Carnavales, ya no importaba hacer cartitas para los Reyes Magos, ¡si me habían dicho que eran los padres! Entonces, ¿para qué tanto dejar agua y pasto para los camellos que venían cansados? ¿No hubiera sido más fácil que lo dijeran desde un principio?

¿Cuándo fue que dejé de jugar a la Mancha venenosa? ¿Cuándo de buscar un escondite bien seguro para que mis amigos no me encontraran? ¿Cuándo dejé de odiar la sopa hasta el límite de preferir el coscorrón por negarme a tomarla?

¿Acaso el “Ring-raje” había pasado de moda..? ¿Por qué ya no era tentador cuando caía un golpe de piedra salir corriendo afuera y llenarme la boca de granizo?

Una tarde perdí todas las figuritas; me las ganaron con trampa y no las defendí. ¿Qué me estaba pasando?

Y entonces recordé a Peter Pan. Y entendí porqué no había querido crecer y se había quedado niño por siempre en la isla de Nunca Jamás.

Fue entonces que me inventé un mundo propio. Y cuando encuentro a alguien que puede comprender lo que es un mundo propio; cuando veo al niño que todavía existe en los ojos y en la sonrisa de un adulto, me digo: “Peter Pan está aquí; puedo charlar un rato con él.”

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Fin

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