Vigilante de sueños

perro dormido

Vigilante de sueños es uno de los cuentos de perros de la colección cuentos infantiles del escritor Javier Cerdán Ruiz sugerido para niños a partir de ocho años.

Conocí a un perro que se llamaba Andrés, que todo, todo, lo hacía al revés.

Anocheciendo, en su caseta estaba,
muy dormido, cayéndole la baba,
por su barbilla de pelo dorado,
cuando soñaba con un buen asado.

Sin más, de pronto, lo despertó un ruido.
Se levantó y pensó: “¿será un bandido?”

Tengo que salir, buscar la linterna.
Pero, ¡si se me ha dormido la pierna!

No puedo caminar, y menos correr.
Ladrar es todo lo que yo puedo hacer
con mi voz tan grave y tan, tan robusta,
que hasta los tigres y leones asusta.

Con todo lo que daban sus pulmones,
gritó con la garganta hecha jirones,
( es que estuvo ladrando mucho rato)
hasta que, en su puerta, apareció un pato.

Ladeando la cabeza, el pato dijo:
“Buenas noches. ¡Qué frío!, ¿verdad, hijo?

Andrés, sorprendido, nada entendía.
¡Qué aplomo! ¡Qué formas! ¡Qué valentía!

Mudo, sin apenas habla, contesta:

Andrés – “Muy buenas”. Me ha fastidiado la siesta
cuando estaba en lo mejor, en los huesos.

Pato — Lo siento. Yo los míos, los quiero ilesos.
Por eso, un largo trecho he recorrido,
llevando a cuestas éste traje raído.

Es que si alguien come asado en un sueño,
sea de Madrid, Alicante ó extremeño,
muy velozmente debo despertarlo,
para hacer que pronto pueda olvidarlo.

Andrés – No, no es posible. ¿Por qué tanta maldad?

Pato — ¡Hombre, imagínate, no es tanta ruindad!

Piensa, mi cabeza no vale nada,
si la tengo en una bandeja, asada.

Andrés – Pero, ¿no le han asustado mis chillos?

Pato — ¡Qué va! Suena como un coro de niños.

Por mucho que grites y grites, Andrés,
no asustarás mucho más que un pekinés.
Pero tus sueños, son muy peligrosos,
para toda mi familia, y la de otros.

Andrés, contrariado, responde airado:

“los sueños, sueños son, no seas osado.
Nada ni nadie puede controlarlos,
así que vete con pasos bien largos,
y déjame soñar con lo que quiera.
Para eso si soy libre. ¡Venga, fuera!

Entonces, el pato, mordiéndose un labio,
pensó: no vi nunca a nadie tan sabio.

Y dio media vuelta. Con su zarandeo,
se alejó y se alejó. Yo ya no lo veo.

Fin

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