Un tejido especial, por Antonella Reveco Spalloni
Cuentos con Parchecuritas
Un tejido especial

- Schhhhhhhhh, silencio. No hagan ruido. Hagámonos los
dormidos -les dijo Bastián al escuchar unos pasos.
“Toc-toc”, se escuchó el golpeteo de la puerta del dormitorio y,
en silencio, entró su mamá con la bandeja del desayuno.
Ella lo mira con mucho cuidado y le hace cariño en la cabeza. El
niño al sentir la mano entre su pelo, estalla en carcajadas.
- ¿Viste mamá?, siempre caes.
La señora lo acompaña mientras él desayuna. Le cuenta que llamaron
sus tíos, abuelos, compañeros del colegio y su profesora para saber cómo
se sentía.
Cuando se encontró solo, con una pícara sonrisa, dijo:
- Ahora pueden salir.
Y así, los dibujos del cubrecama empezaron a despegarse uno a
uno, formando una fila al frente: un piloto de avión, un marino y un
astronauta. El piloto de avión llevaba puesto alrededor de su cuello una
bufanda amarilla, se la sacó y la acomodó en el cuello de Bastián. El
marino le entregó un mapa y el astronauta una roca de la luna.
Como por acto de magia siempre que tocaban la puerta para entrar
al dormitorio, ellos volvían a ser los dibujos del cubrecama.
Al anochecer llegaron todos sus tíos y abuelos a visitarlo y le hacían
la misma pregunta:
- ¿Cómo te sientes?
“¿Por qué me preguntan a mí si están todos resfriados?”, pensó al
ver que todos tenían la nariz roja y los ojos brillantes.

El papá sereno se sentó en la cama, mientras sus familiares estaban
parados como fósforos dentro de una caja, y dijo:
- Bastián, algunos exámenes no salieron buenos.
- Pero si no he ido al colegio -le respondió.
- Son los exámenes del doctor. Es necesario llevarte al hospital para
que te sanes rápido.
Todo en el hospital era blanco: el dormitorio, la cama y el cubrecama
también. Hasta quienes trabajaban ahí.
“Parece que se les acabaron los colores”, pensó Bastián.
Cada enfermera, doctor o persona que trabajaba en el hospital, le
hacían la misma pregunta:
- ¿Cómo te sientes?
Como ya estaba cansado de responder lo mismo, se le ocurrió hacer
un experimento. Una mañana dijo:
- Me siento mal, me duele el pelo.
Al segundo llegó un doctor y le miró la cabeza con una lupa,
después le arrancó tres pelos para hacerle exámenes, y se fue.

Esa misma mañana, muy temprano, lo visitó su abuela. Le trajo un
cuaderno y la lapicera de su abuelo.
- Es para ti -le dijo con cariño.
El cuaderno tenía hojas de colores y la lapicera era elegante. El
niño la tomó entre sus dedos y no se cansó de escribir.
Y así empezó su diario. ¿Qué dirá?
Martes
Me reí un poco después de la broma al doctor, pero igual me
aburro. Llamé a mis amigos del cubrecama y no vinieron, se quedaron
en casa.
No puedo moverme porque me pusieron unos cables en mi mano
y están conectados a una máquina que tiene todo el día ganas de hacer
pipí, porque cuando hace piiiiiiii llegan todos corriendo.
Miércoles
Pienso que sí estaba enfermo del pelo porque se me cayó todo,
hasta las pestañas. Nunca más hago una broma.
Mi papá también llegó con la cabeza pelada, dice que es la nueva
moda.
Como me aburro mucho conté todas las baldosas del piso, hice
muchos dibujos y por largo rato miro a la nada.

Viernes
Hoy sentí algo raro. Cuando estaba en mi hora de mirar a la nada,
me tocaron un pie. Fue muy extraño porque no había nadie. Otra vez
me tocaron el pie y no vi a nadie. Recogí mis piernas y me tocaron la
mano.
Cerré los ojos y al abrirlos, vi que desde mi cubrecama salió una
viejita con anteojos cuadrados, vestida del color del cubrecama, pero lo
más extraño era que calzaba zapatillas.
Ella se sentó en una silla al lado de mi cama, me sonreía todo el
tiempo.
Me contó que se llamaba Blanquita y tenía muchos nietos alrededor
del mundo: en África, Asia, América e incluso en una pequeña isla llamada
Aruba. Mientras hablaba movía los palillos de tejer sin cesar y, a medida
que me contaba historias, el tejido se iba alargando.
Jueves
Hoy cuando me desperté, quería a mi mamá. Escuché el golpeteo
de los palillos y me tranquilicé.
Le pregunté:
- ¿Qué tejes? -ella me sonrió.
- Es un regalo para ti.
Sábado
Blanquita me contó la historia de un niño que vivía en una isla y
que comió doscientos mangos a la vez. Observé que el tejido en vez de
crecer, se achicaba. Ella movía más los palillos y más se acortaba.
- Blanquita -le dije-, tu tejido se acorta.
- Ya sé, es para ti -me respondió con una dulce voz.
El diario se me está acabando. Le voy a pedir a mi abuela que me traiga otro.
Otro Martes
Me he sentido cada vez mejor. Llegaron mis papás contentos, me
abrazaron y me dieron la buena noticia:
- ¡Nos vamos a casa!
Yo me puse tan contento y feliz que, mientras mis papás arreglaban
el papeleo del alta, busqué a Blanquita y en la silla en que se sentaba
encontré sus dos palillos y un pelo. Entonces corrí al baño y me vi en el
espejo: tenía un pelo parado justo en la mitad de la cabeza y muchos más
a su alrededor.
Ah, ya sé lo que estaba
tejiendo Blanquita, era mi
nuevo pelo.










































Mayo 14th, 2008 at 21:24
sos la mejor