Un reino sin erres

Un reino sin erres

Un reino sin erres

Un reino sin erres. Escritora argentina. Cuento sobre la responsabilidad y el respeto.

Existen reinos famosos como el del “Nunca Jamás” donde vivía Peter Pan o el del “Felices por siempre” que es aquél donde van a vivir los príncipes y princesas cuando se casan. Hay otros en cambio, muy habitados por cierto, pero no tan populares.

Este es el caso de un reino que por un tiempo perdió sus erres y con ellas, cosas muy importantes. Como todo reino que se preciara de tal, lo habitaban reinas y reyes, príncipes y princesas. Como también era un reino encantado, había hadas, duendes, elfos, sapos encantados y sapos comunes también.

Seguramente estarás imaginando un lugar hermoso, colorido, prolijo. Un lugar donde convivían en armonía flores, árboles, animales, personas, duendes y muchos etcéteras más. Sin duda supondrás que por este lugar circulaban bonitas carrozas donde viajaban hermosas princesas y esbeltos caballos que cabalgaban esbeltos príncipes.

Pues déjame decirte que te equivocas. No es que este reino fuese feo, por el contrario, sino que estaba tan desorganizado y sucio que realmente no parecía un lugar de encanto. Aunque no siempre había sido así. Muchos años atrás, había sido realmente un lugar de ensueño, donde todos vivían felices y respetándose unos a otros.

Dicen que todo comenzó cuando Dorotea, la reina del reino vecino, molesta por la belleza de este lugar y la armonía en la que vivían los seres que lo habitaban, pidió a una bruja de otro reino vecino que prepara un hechizo para todos sus habitantes.

– Debe ser algo efectivo, no soporto que se porten todos tan bien – Dijo la reina del reino vecino a Matilda, la bruja del otro reino vecino.

La brujita no tenía mucha experiencia en hechizos. Mezcló cuánta pócima encontró en su casa, le agregó ramitas, hojas, caldo, agua estancada y lo dejó hervir por horas.
Cuando la pócima estuvo lista, la brujita regó cada rincón del reino con ella y mientras lo hacía pensaba justamente en eso, que estaba “regando” todos los “rincones” del “reino”.
– ¡Cuántas erres! Demasiadas, no me gustan tantas – Dijo para sí y siguió regando.
Algunas erres se sintieron ofendidas y decidieron irse.
Ciertas palabras que comenzaban con erre desaparecieron, tal fue el caso de “respeto” y “responsabilidad” y fue así que comenzaron los problemas.
No existiendo respeto y responsabilidad, la vida en el reino se hizo por demás difícil.
Los niños, por ejemplo, jugaban en forma brusca y sin el menor cuidado, lo que ocasionaba muchos inconvenientes.
Cierto día, un grupo de niños jugaba en la plaza del pueblo, lanzaban piedras para ver quién las arrojaba más lejos.
Una de las piedras rompió los cristales del ventanal más grande del palacio.
Los pequeños corrieron a esconderse. El Rey salió furioso y preguntó –a los gritos- quién había sido. Nadie respondió.
– ¿Quién rompió el ventanal he preguntado? ¡Quiero saberlo ahora mismo! – continuaba gritando el rey, sin obtener respuesta alguna.
Un duende que pasaba por ahí escuchó los gritos y se acercó.
– ¿Se puede saber qué le pasa rey gritón? – preguntó el pequeño duende.
– Han roto mi ventanal, alguien deberá hacerse cargo de esto. Seguramente han sido esos niños maleducados que siempre juegan en la plaza.
– Son niños, no lo hacen con maldad, deje ya de gritar hombre.
– Y Ud. ¿cómo se atreve a hablarme así? Soy el rey ¿no se ha dado cuenta?
– El ser rey no le da derecho a dejarnos sordos a todos ¿no le parece?
El rey estuvo a punto de pedirle al duende que “repitiera” lo que acababa de decir, pero no pudo, pues la palabra “repetir” también había desaparecido.
La discusión duró horas. Ninguno de los dos deponía actitudes y ningún niño tampoco se hizo cargo del hecho. Si, al menos uno de ellos se hubiese acercado al rey y hubiese reconocido su error, sin duda las cosas se hubiesen arreglado, pero la palabra “reconocer” tampoco se había quedado en el reino.
El tiempo pasaba y las cosas se complicaban cada vez más. La gente discutía por todo y nadie respetaba la opinión ajena.
Una tarde un grupo de haditas practicaba con sus varitas mágicas. Las hadas, tenían el poder de mejorar las cosas. Sabían que sólo podían usar sus varitas para hacer el bien y nada más.
– Yo puedo convertir este sapo en príncipe – Dijo la más grande de las hadas.
Y lo hizo. El pequeño sapo verde se convirtió en un apuesto príncipe.
– Y yo puedo convertir a este príncipe en rey – Contestó otra.
Y también lo hizo. El joven príncipe se convirtió en un rey de más edad, también apuesto y con un corona inmensa.
– Yo puedo más que ustedes dos – dijo la tercera con un poco de envidia – Puedo convertir cualquier cosa en lo que se me ocurra.
Celosías, así se llama el hadita celosa, puso manos a la obra. Puso mucho empeño en agitar su varita para convertir al rey en algo más grande aún y así superar a sus amigas. Sabido es que la envidia no es buena consejera y así fue que el pobre rey terminó convertido en un pesado elefante. Sin dudas, un elefante es más grande en tamaño que un rey, pero –entre otras cosas- no le sienta una corona.
Las pequeñas hadas quedaron petrificadas, no podían crecer lo que sus ojitos veían.
El elefante, asustado, movió su grandes orejas y lanzó la corona de modo tal que fue a dar contra el carruaje real.
Los caballos asustados comenzaron una loca carrera, dejando un tendal a su paso. Destruyeron flores, tiendas, cosechas y todo lo que encontraron en su camino.
El elefante, aún más asustado y sin entender qué hacía en un reino y por qué le habían puesto una corona, comenzó a pisar todo lo que encontró a su paso.
El reino quedó prácticamente destruido.
La reina se tomaba la cabeza, el rey la barba, el bufón el gorro.
– ¿Quién ha sido? ¿Quién ha sido? – preguntaba una y otra vez el rey mientras caminaba entre los destrozos.
Celosías no se hizo cargo. Las haditas que la acompañaban tampoco contaron cómo y por qué habían sucedido las cosas.
– ¿Cómo empezó todo esto? – preguntaba la reina que seguía tomándose la cabeza en señal de preocupación.
– Es extraño – dijo el bufón – jamás nos había sucedido algo así. La gente se comporta diferente, hemos perdido el …., el …… ¡caramba no me sale la palabra! – Y era lógico, pues la palabra “respeto” ya no estaba.
– No entiendo, antes vivíamos en perfecta armonía y orden. Los reinos vecinos nos admiraban, nos envidiaban, no lo sé – agregó la reina.
– ¡Eso es! ¡Eso es! Gritó el bufón haciendo sonar los cascabeles de su gorro.
Todos lo miraron como si el pobre bufón hubiese perdido la razón (lo cual no hubiese sido extraño porque razón también empieza con erre, pero no era el caso).
– Uds. saben que la reina Dorotea siempre nos ha tenido envidia, no me extrañaría que todo este descalabro fuese obra suya – explicó.
– ¿Y cómo saberlo? – preguntaron a coro los reyes.
– Pues iré a averiguarlo y vendré con la solución de este problema – Dijo decidido el bufón y partió al reino vecino.
Llegó al palacio de Dorotea y pidió hablar con ella.
– La reina está muy ocupada envidiando personas, reinos y cuanta cosa se le cruza en el camino – dijeron sus súbditos.
– Pues no me iré sin verla – dijo muy serio el bufón
– Sácame de una duda ¿la reina lo envidia a Ud.?
– Pues no creo, soy un simple bufón – contestó confundido.
– Entonces no tendrá problema en recibirlo – dijeron los súbditos y la fueron a buscar.
Dorotea se presentó ante el bufón intrigada por saber qué necesitaba de ella.
Al explicarle lo que sucedía en su reino y sus sospechas, la reina, quien además de envidiosa, era cobarde le dijo al bufón que ella no tenía nada que ver en el asunto-
– Yo sería incapaz de hacer una cosa así – Dijo Dorotea sin que se le moviera un rulo debajo de su corona – Si fuese Ud., le preguntaría a la bruja Matilda, del reino de al lado, no es de fiar esa brujita.
No muy convencido, el bufón fue a ver a Matilda. La encontró, esta vez, preparando un caldo de verdad porque le dolía la pancita.
Una vez más, el bufón explicó lo que sucedía en su reino y agregó:
– Dice Dorotea que tu tienes que ver en esto, quiero que reino donde vivo vuelva a ser como era, que la gente sea respetuosa y responsable ¿Necesitas que te repita el relato o reconoces de una vez tu responsabilidad?
– ¡Cuántas erres nuevamente! – dijo sin querer Matilda y se puso roja como un tomate.
– ¡Te has puesto roja! ¿Tienes algo o mucho que ver en todo es este asunto? ¡Necesito una respuesta rápido!
– Pues mirá si vas a seguir con las erres, me doy por vencida, es una letra que no me gusta verdaderamente.
Aún dándose por vencida, Matilda deslindó culpas en Dorotea y no pudo reconocer que ella era tan responsable como la reina, pues había preparado el hechizo.
– Verás, Dorotea me encargó un hechizo, yo en realidad no quería, pero bueno tu sabes como es ella, me obligó y no me quedó más otra opción. Preparé una pócima con la que rocié todo el reino. En realidad, la pócima no creo haya sido efectiva pues no soy muy buena para esas cosas. Lo que sí tal vez, las erres tengan que ver en todo esto. Ellas y Dorotea son las culpables de todo – se excusó la brujita.
– No entiendo ¿qué puede tener que ver una letra con lo que sucede en mi reino?
– Pues mira, me acuerdo que mientras rociaba el reino pensaba en voz alta cuántas erres estaba pronunciando y en qué poco me gusta esa letra, será que en realidad me llamo Rigoberta, nombre horrible por cierto. Ha de ser eso seguro, las erres han desaparecido ¡Ya decía yo que no tenía nada que ver en este asunto!
– Pues si las erres se han ido como tu dices, las harás regresar con otra pócima – La increpó el bufón.
Salió al campo y recogió remolacha, rabanitos, repollo, ramas de apio y cuánto alimento comenzara con erre.
Matilda, sin mucha voluntad preparó la pócima y roció nuevamente con ella todo el reino.
Sin rencores, las erres volvieron, recorrieron todos los rincones, regresaron todas las palabras y con ellas rápidamente retornó la calma y la armonía.
Los niños reconocieron que habían roto el vidrio del palacio y juntaron todos sus ahorros para comprar uno nuevo y reponerlo.
El duende ya no discutió con el rey y ambos pudieron aceptar que pensaran diferente.
El hadita Celosías volvió a convertir al elefante en rey y junto con las otras haditas plantaron nuevas flores y con sus varitas mágicas repararon todo lo que el pobre animal había roto.
Tal fue el bienestar que sintieron todos asumiendo sus errores, reconociendo sus fallas y haciéndose cargo de sus actos que hasta Dorotea y Matilda asumieron responsabilidades y se sumaron a la reconstrucción del reino.
Dicen que con la vuelta de las palabras respeto y responsabilidad, llegaron otras como risas y reencuentros.
Dicen también que todos volvieron a vivir muy felices o, mejor dicho, radiantes de felicidad.

Fin

Puedes seguir leyendo: Cuentos infantiles

Un reino sin erres. Cuentos con moraleja, cuentos cortos con mensajes y valores. Lecturas para niños de primaria. Reflexiones para toda la familia.

Imprimir Imprimir

Comentarios