Un fantasma en la habitación

Un fantasma en la habitación

Un fantasma en la habitación

Un fantasma en la habitación. Elizabeth Segoviano, escritora mexicana. Cuento infantil.

Ocho campanadas ya daba el reloj de la sala de estar y la pequeña Aby ya se preparaba para luchar. Pues nada había en el mundo que ella detestara más que las ocho campanadas que gritaban que ya era hora de meterse en la cama y soñar. Aby juraba que cuando la puerta de su habitación se cerraba, cosas muy extrañas pasaban.

Pero cuando mamá o papá llegaban jamás encontraban nada. La niña decía que algo se ocultaba en la oscuridad, quizá eran duendes, traviesos y malolientes, o un cuervo que no quería que ella se cepillara los dientes. Ella aseguraba que al otro lado de su ventana noche a noche aparecía una visión o un fantasma, quizá el espíritu de la navidad pasada.

Fuera lo que fuera Aby no quería subir a su cama, ni apagar luz alguna de la casa. Noche tras noche era la misma historia, apenas cerraban la puerta de su recámara, a la pequeña algo le asustaba y salía en tremenda carrera a ocultarse entre los brazos de papá. Más los padres ya lo habían oído todo, que si eran brujas o fantasmas, o quizá un lindo extraterrestre, ya nada le creían y sólo querían que la niña durmiera tranquila sin rebotar toda la noche de cama en cama.

Así que en una fría noche sin luna el papá de la nena ofreció quedarse a dormir en su habitación, a ver si por lo menos comprendía que era lo que tanto asustaba a su niña.

Y al escuchar las temibles ocho campanadas las luces se apagaron y todos fueron a dormir, Aby y su mamá ni siquiera había cerrado los ojos cuando entró corriendo más rápido que un trueno el papá de la pequeña, y tiritando como una hoja dijo que algo terrorífico quería entrar por la ventana.

Entonces la mamá corrió a la otra habitación y con mucha fuerza, valentía y entereza abrió la ventana lista para enfrentar a aquella abominación… Pero no había abominación, ni alma descarnada, ¡no era un espíritu errante, ni siquiera el de la navidad pasada!

Tampoco era un extraterrestre perdido, o un monstruo aturdido, todo lo que había era un gatito más blanco que la luna, un gatito sin hogar y desnutrido, un gatito que deambulaba rogando que alguien lo cuidara y lo mimara…

Así que la mamá metió a la casa al animalito, le dio un buen baño tibio, lo secó, lo peinó, lo esponjó, le puso un lindo listón rojo con un pequeño cascabel, le dio un gran tazón de leche y una rebanada de panqué. Aby, su mamá y su papá lo nombraron miembro oficial de la familia, con el respetable título de guardián, y le dieron un nombre sin igual que recordara a todos cómo había llegado el gatito a su habitación… FANTASMA le pusieron, y por fin aquella noche todos en paz durmieron con su fantasma ronroneando en la habitación.

Fin

 

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