Un camino ciego

Cuentos sobre personas ciegas

Un camino ciego. Cuentos sobre personas ciegas.

Un camino ciego es uno de los cuentos sobre personas ciegas de la escritora María Teresa Di Dio. Cuento sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos.

Aquella era una de esas mañanas frías del mes de julio, cuando desde temprano comienzan a formarse nubes de tormenta.

Caminé con las manos en los bolsillos y una bufanda tapándome la cara hasta la nariz.

Al detenerme en la puerta del almacén, pensé que estaba en otro tiempo, el ayer se había quedado prendido del lugar.

La vieja construcción era del siglo pasado y su interior era una copia fiel y nostálgica de una pulpería.

Había llegado al pueblo para olvidar mi pasado, los días pasaron y un precipicio se abrió ante mí, sentí el vértigo de saltar en la profundidad del silencio…

Pensaba en mi futuro y las fibras íntimas se removían en mi interior, cansado del ruido y de la cotidiana vorágine de la ciudad.

La quietud y la paz encontradas en ese páramo me alejaron de la realidad, no tuve idea ni conciencia del tiempo, ese tirano que es implacable. Un extraño vaivén y la pérdida de la noción horizontal golpearon mi mente.

Cuando me di cuenta habían pasado quince días, final de mis vacaciones.

Me acogió la ciudad ruidosa y maloliente, tan sólo mi voz despertó ecos en mi soledad.

De nuevo en el trabajo, pero apenas transcurrido seis meses allí estaba yo pensando en regresar a ese pequeño poblado para siempre, para lo que sea de ahí en adelante.

Un camino lento y penoso se abría ante mí, incapaz de solucionarlo por el momento, guardé la ropa en la valija.

El largo tren acomodó mi modorra y mis sentimientos se aletargaron…los gestos se hicieron viaje sin caricias y al fin llegué, pocos viajeros descendieron en la estación. Con un taxi me marché hacia el hotel, la encargada que ya me había atendido anteriormente, se interesó en saber de mí y por qué había regresado.

Después de pocos días de alojarme en el hotel, tomé la decisión de alquilar una pequeña casa. Lo difícil sería sobrellevar los gastos y tendría que conseguir con que sustentarme.

Llevaba pocas semanas de tranquilidad, cuando nuevamente el tren se detuvo trayendo pasajeros.

Allí había una joven con un perro que hacía de lazarillo, cuando consulté quién era, me contaron que vivía sola al final del pueblo, con su fiel amigo cómo único compañero. La verdad es que me hubiese gustado conversar con ella un poco simplemente por curiosidad.

Pocos días después, tuve el privilegio de llevármela por delante cuando salía cargado con cajas de comestibles del almacén.

Se acomodó la ropa y con un apenas audible ¡perdón! Se puso en camino lentamente y apenas tuve el tiempo para decirle que disculpase mi torpeza.

Porque el ciego parecía yo y no ella…Le seguí parloteando de lo mucho que me agradaban los perros, pero mi charla no la conmovió.

Languidecía la tarde y el ocaso destellaba nubes rojizas sobre el cerro. Le pregunté si no tenía miedo de la llegada de la noche, se detuvo y con un suspiro me contestó –mis días son noches y las noches son noches…

Me sentí un perfecto idiota…y le pedí autorización para seguir caminando a su lado, continuamos en silencio varias calles más, hasta el final del poblado.
“Esta es mi casa puedes pasar cuando quieras”.

Me retiré en silencio, yo era un perfecto extraño para ella y para el lugar… ¿Es que acaso no tenía miedo?

El frío avanzaba en este invierno, cada vecino se conocía desde siempre y así transcurría la vida en el poblado.

Me gustaban las mañanas de invierno especialmente los fines de semana. A medida que el sol deshacía el vaho de los cristales, enfocaba la vida a través de la ventana.

Observaba el jardín que despertaba lentamente, ante los tibios rayos del sol.

Quizás que sea la nostalgia enmarañada que habita en mi alma lo que me hace acudir a su casa aquél domingo.

A poco de llamar la vi aparecer con su perro que se acercó a olfatearme… me pareció que me aprobó de amigo pues movió la cola.

Ya en el interior miré curioso, libros y algunos papeles sobre la mesa, el resto estaba totalmente en orden.

El sol penetraba por la ventana y un viento suave movía las cortinas, me ofreció un café y un sillón dónde sentarme.

La charla, pese a no conocernos, se llevó con una cordialidad inusitada y me sentí tan a gusto que lamenté tener que despedirme tres horas después.

Con el transcurso del tiempo, un trabajo en el almacén solucionó los problemas financieros, más la venta del departamento en la ciudad.

Y de pronto al transcurrir un año volví a experimentar en lo más íntimo de mi pecho ese sentimiento inefable de profunda satisfacción que brota del alma, volver a creer en el amor.

La pausa del café…

Sentados frente a frente y algunas veces hasta me atrevía a tomarla de las manos.

Aquél día le robé un beso, imperceptible, apenas un roce sobre sus labios.

Caminé sin prisa de camino a mi casa pensando en aquellas cosas… ¿Y si le pedía que fuera mi esposa?

Fue mucho tiempo después que al fin me decidí, sentía temor de ser rechazado pero también la profunda esperanza de que me aceptara.

Cuando llegué aquél día a su casa me estaba esperando. La tomé de las manos y sin vacilar, pues los nervios, me consumían le pregunté ¿Quieres ser mi esposa?

La sonrisa marcó hoyuelos en sus mejillas ¿Por qué tardaste tanto?

Fin

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Un camino ciego es uno de los cuentos sobre personas ciegas de la escritora María Teresa Di Dio. Cuento sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos.

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