Raíces del alma

Raíces del alma. Liana Castello, escritora argentina. Cuento para padres. Cuento sobre el orgullo de defender la tierra.

Existe un árbol cuyas raíces se extienden por la tierra como si fueran los causes de un río. Largas, sinuosas, firmes. Pareciera que emergen como diciendo “aquí estamos y aquí nos quedaremos”.


El viejo árbol se yergue altivo sobre un campo donde sólo pareciera haber lugar para él mismo. La sombra que proyecta su copa y la extensión de las raíces, no permiten que sea apto para el cultivo.

Muchos fueron los que estudiaron el fenómeno del viejo árbol, extrañados por la insólita extensión y volumen de sus raíces. Nadie encontró una explicación, no porque no la hubiera, sino porque buscaron en el lugar equivocado.

Muchas veces, las respuestas no están en los libros, sino en aquellas historias que no han sido escritas y sólo viven en el recuerdo de quienes las relatan.

Cuenta una leyenda que hace cientos y cientos de años, existió una tribu de indígenas llamada Kortuc, muy numerosa por cierto y que hacía un culto del respeto a la tierra.

Los Kortuc, como todos los indígenas, vivían de la caza y de la pesca. Excepto por la imperiosa obligación de matar para saciar el hambre, eran gente de paz. El apego a sus costumbres, la familia y el respeto por los orígenes eran su mayor orgullo.

Vivían en armonía no sólo entre ellos, sino con los pueblos vecinos, hasta que un día llegaron unos hombres a conquistar sus tierras.

Estaban dispuestos a arrasar con todo y con todos, querían apoderarse de ese suelo fértil y extenso y dominar a sus habitantes para que su poderío fuese absoluto.

Los conquistadores eran hombres muy experimentados en ultrajar dignidades, pero los Kortuc los superaban en número.

La tribu, al mando de Kertac, su cacique, dio batalla sin más armas que las que usaban para cazar y pescar, pero con la firme decisión de defender lo que por derecho les correspondía.

– La tierra se defiende como sea – Dijo Kertac a su gente.

Y así lo hicieron, para los indígenas ese suelo era su identidad, el lugar donde descansaban sus antepasados y donde nacerían sus hijos y los hijos de sus hijos. Era el pasado, el presente y el futuro, su patrimonio y también sus sueños.
Kertac iba al frente de sus hombres con la mirada altiva y el torso desnudo, caminaba con el paso firme, como si él solo pudiese defender a una tribu entera.

No le temblaba un músculo. Tenía que defender a su tierra y a su gente y si era necesario lo haría con su vida. En ese momento sintió que no había en el mundo nadie más que él para hacerlo, él solo frente al peligro, él solo para cumplir con su deber de cacique.

Eran demasiados los Kortuc y no tantos los colonizadores. La diferencia numérica era demasiada y optaron por retirarse, no sin antes dar el zarpazo final.

Sorprendidos y hasta indignados por la actitud altiva y desafiante de Kertac, lo tomaron entre varios hombres y comenzaron a golpearlo.

Los cuatro hijos del cacique, muy jóvenes aún, y la tribu entera se abalanzó sobre los hombres que golpeaban a Kertac. Cuando lograron liberar al cacique de sus atacantes y mientras éstos emprendían su retirada, todos se dieron cuenta que ya era tarde.

Kertac estaba herido de muerte, pero su mirada transmitía una paz que sólo los que aman hasta dar la vida por una causa conocen. Kertac había defendido con sus manos, con su torso desnudo y con su vida a su tierra y a su gente.

Lo enterraron bajo un pequeño árbol, joven todavía pero fuerte y sólido, como Kertac. Las lágrimas de la familia y de la tribu entera regaron ese suelo y lo hicieron fértil como pocos.

Al cabo de unos cuantos años, mejor armados y organizados, los colonizadores volvieron.
Esta vez encontraron a cuatro hombres maduros, fuertes y con la misma decisión de su padre de defender lo que le correspondía.

La lucha no fue desigual en número, pero sí en cómo estaban preparados. Los Kortuc no habían avanzado en cuanto a armas para defenderse se refiere, pero los colonizadores sí.

De todos modos, cuatro torsos desnudos se enfrentaron a los extranjeros, dispuestos –como su padre- a dar la vida por su gente, su historia, su honor.

Y así lo hicieron, en una lucha encarnizada, los cuatro hijos del cacique y muchos hombres más, dejaron la vida.
La sangre derramada no fue en vano, las muertes cobraron el sentido de no entregar en manos ajenas su tierra y su dignidad.

Cuando los colonizadores partieron vencidos y jurando volver, los hijos de los hijos de Kertac se dispusieron a enterrar a sus respectivos padres.

Su intención era enterrar a los cuatro hombres junto a su padre, pero a pesar que los cuerpos no estaban demasiado lejos, se encontraban en muy malas condiciones. Se desató ese día una gran tormenta, como si también el cielo quisiera despedir a esos indígenas, por lo que cada uno de ellos fue enterrado justo en el lugar donde había muerto.

A partir de ese día, comenzaron a brotar del árbol donde descansaba el cuerpo del cacique cuatro raíces fuertes, duras, como lo habían sido los hijos de Kertac.

Como en un abrazo simbólico, las raíces del árbol llegaron hasta cada uno de los cuerpos y de ese modo, padre e hijos, se unieron bajo esa tierra que tanto habían amado y respetado.

El tiempo pasó, los nietos de Kertac crecieron y el árbol también. Junto con él, las cuatro raíces eran cada vez más gruesas, más fuertes, más imponentes.

Como lo habían prometido, los hombres volvieron. Ya no eran los mismos, pero sí tenían el mismo fin, conquistar esas tierras y dominar a esos hombres.

Como su abuelo y como sus padres, los once nietos del cacique defendieron como pudieron lo suyo, pero esta vez no triunfaron.

Los extrajeron se quedaron y para siempre. Los muchachos también murieron con la frente alta y la dignidad intacta.
Como los colonizadores dominaban ya la tribu, no hubo espacio para una despedida respetuosa. Los sobrevivientes enterraron cómo y donde pudieron a todos sus hombres.

El tiempo siguió pasando y la historia de una tribu que vivía en paz y armonía fue recuerdo.
El árbol, testigo fiel de esa historia, siguió extendiendo sus raíces. De las cuatro que tenía, salieron otras once y así, el suelo continuó poblándose de abrazos silenciosos.

Los extranjeros arrasaron con todo, creyendo que para civilizar era necesario destruir. Con el viejo árbol no pudieron, tu tronco era tan fuerte que nada lo derribaba, su corteza reflejaba las cicatrices de sus hombres. Estaba aferrado al suelo por esas raíces por las que no corría sabia, sino sangre y orgullo.

No se sabe cuándo dejaron de brotar raíces en el árbol, muchos dicen y presumo es cierto, que fue cuando ya no hubo descendía alguna de Kertac.

Hasta hoy, el árbol y sus imponentes raíces, siguen firmes, unidas con un amor que venció a la muerte, con una dignidad que derrotó toda invasión, con un respeto que va más allá de los años, la historia y su desenlace.

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Fin

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