Payasote. Cuentos de payasos y fantasmas

Payasote. Cuentos de payasos y fantasmas

Payasote. Cuentos de payasos y fantasmas

Payasote. Escritora española. Cuentos de payasos y fantasmas.

Payasote. Cuentos de payasos y fantasmas

Soy Payasote el Fantasmote. El payaso fantasma ¿o era el fantasma payaso? ¿O el fantayaso… o el payatasma? Bueno, en fin (Reverencia… qué suelo más sucio… Reverencia… mira, un euro… Reverencia…). Soy yo.
¿Que no te doy miedo? ¿Y por qué iba a darte miedo? Ah, porque soy un fantasma. Es que yo no soy de ese tipo de fantasmas. Igual no lo sabes pero hay muchas clases de fantasmas. Existe, por ejemplo:
El fantasma estirado, remilgado, que pasea por castillos y palacios con paso reposado.
El fantasma travieso (tú serías uno de esos…) que abre armarios, cierra ventanas, golpea puertas y aúlla como un poseso.
El fantasma delicado, transparente, pesaroso, romántico y ojeroso.
El que se divierte asustando y que más que malvado es pesado.
Y luego… luego estoy yo. Fantasmote el Payasote… digo, Payasote el Fantasmote (Pirueta, voltereta… ay, qué culada).
Ser fantasma es la mar de divertido. Los fantasmas podemos hacer un montón de cosas que tú no puedes. Por ejemplo: atravesar paredes; ir a donde queramos sólo con desearlo; sentarnos en las nubes; hacer travesuras sin que nos pillen; bajar al fondo del mar; cabalgar en el viento; ir al Polo sin abrigo y, además, nunca, nunca nos despeinamos y nunca, nunca, jamás, nos bañamos.
Además, siendo fantasma se conoce a gente muy curiosa. Como al Hada Helada que siempre tiene frío y siempre va abrigada. O a la Bruja Piruja que vive en una burbuja. O al gato Garabato que camina como un pato.
Al principio no me gustaba ser fantasma. Estaba triste. Creía que ya no podría hacer reír a los niños, que es lo que más me gusta del mundo mundial. Que los niños no podían verme. Que les asustaría. Andaba por el mundo triste y cabizbajo. Sentado en una nube miraba el mundo allá abajo sin poder divertirme porque echaba de menos ser payaso. Echaba de menos a los niños. Tenía mi nariz, mis zapatos, mi peluca, mi ropa de colores… pero no tenía niños a quienes hacer reír.
Hasta que un día… Un día bajé a un parque y me senté en la rama de un árbol y, mientras discutía con unos gorriones gorrones sobre si la rama era o no era suya, escuché a un niño que gritaba:
– ¡Hey! ¿Habéis visto? Hay un payaso en el árbol.
– ¿Me ves? – Pregunté, sorprendido.
– Claro que te veo ¿Por qué no iba a verte?
– Porque soy un fantasma ¿No te doy miedo? – volví a preguntar, sorprendido.
– No… eres un payaso, y los payasos son amigos de los niños ¿no?
Me fijé en que, mientras hablábamos, los demás niños se habían acercado al árbol. Sonreían. Me pedían que bajara, que jugara con ellos. Que hiciera malabares, juegos de magia, que les contara cosas divertidas… que volviera a ser un payaso.
Y fue así como descubrí que los niños podían verme (los adultos no pueden porque ya no creen en cosas imposibles). Y descubrí que no me tenían miedo a pesar de ser un fantayaso o un payatasma… o como sea…
Descubrirlo me dio tanta alegría pero tanta, tanta, tantísima que batí palmas, bailé, salté, canté… y… y se puso a llover…
Desde ese día voy por el mundo cantando, bailando (Pasito adelante… Pasito hacia atrás… Saltito… Saltito… Pisotón en el zapatón… tropezón…) y haciendo reír a los niños de todos los pueblos y de todas las ciudades y de todos los países y de toda la tierra y de parte del extranjero.
Si alguna vez quieres verme y jugar conmigo. Si te sientes triste. Si quieres un nuevo amigo sólo di muy bajito:
Payasote Fantasmote

Fin

Imprimir Imprimir





Comentarios