Papá se busca. Cuentos para el día del Padre

Papá se busca. Cuentos para el día del Padre

Papá se busca. Cuentos para el día del Padre

Papá se busca. Liana Castello, escritora argentina. Cuentos para el día del Padre.

Juan era un niño huérfano de padre. Con sus pequeños cuatro años, sabía perfectamente lo que era carecer de algo maravilloso. Juan vivía sólo con su madre y si bien se amaban mucho, sentía que no estaba completa su vida.

Sábados y domingos iba a la plaza y allí, su mayor entretenimiento era observar a todos los padres que hamacaban a sus hijos, les enseñaban a andar en bicicleta, hacían castillos de arena y compraban algodón de azúcar. A los ojos del pequeño, cada uno de esos hombres era aún mejores que cualquier superhéroe.

No había superpoder que superase ese modo de hamacar, ni piernas más veloces que aquellas que jugaban a la pelota, ni brazos más fuertes que los que sostenían niños a upa. Cada día al acostarse, pensaba en que algún día su suerte cambiaría y tendría un papá, sólo para él, un papá a su medida.

Cierto día, el pueblo se llenó de carteles anunciando que en breve se abriría una gran juguetería, la más grande que el pueblo hubiese visto jamás.

Todas las calles se llenaron de grandes carteles con frases tales como “Tenemos todo lo que un niño necesita”, “Hacemos felices a los niños”, “Todo lo que siempre buscó, está aquí”, “Jugueterías Don Cosme cumple los sueños de los niños”.

Juan se maravilló con todos y cada uno de los carteles. Pedía a su madre que se los leyera una y otra vez y había aprendido cada frase de memoria. Día tras día, preguntaba cuándo abriría la gran juguetería. Ya no podía esperar para entrar.

– No creo que tenga cosas tan diferentes a las jugueterías de la ciudad –comentó su madre.

– Dicen que tienen todo lo que un niño pueda desear – contestó ilusionado el pequeño.

– Comerciantes … no hay que creerles – replicó desconfiada su madre.

Juan prefirió seguir pensando que en esa gran juguetería encontraría lo que tanto soñaba. Llegó el día de la gran inauguración. Era tanta la gente que se había agolpado en las puertas del local que Juan no llegaba a ver si lo que tanto necesitaba estaba allí. Esperó al día siguiente y no bien abrió el negocio entró.

– Buen día – dijo el niño a Don Cosme

– He visto los carteles.

– Todo el pueblo los vio. Gran propaganda ¿Has visto? – contestó el hombre.

– ¿Es cierto que aquí tienen todo aquello con lo que un niño puede soñar? –preguntó ansioso el pequeño.

– Sin dudas, niño, sin dudas –contestó muy seguro Cosme.

Con una sonrisa más grande que su carita, Juan le dijo:

– Pues bien, necesito un padre

– ¿Perdón?, creo que no te entendí bien

– Un padre, necesito un padre

– ¿Un padre? – repitió Don Cosme ya seguro que había escuchado mal.

– Si un padre, de esos que llevan a la plaza, que juegan a la pelota, que leen cuentos – explicó Juan sin borrar su sonrisa de su carita.

– Niño, creo que estás confundido, esto es una juguetería donde vendemos juguetes y además, permítame que te diga, los padres no se venden.

– ¿Se alquilan? Pues entonces, alquíleme uno por favor.

– No pequeño, tampoco se alquilan.

Juan salió corriendo de la juguetería sin decir una palabra. El dueño se quedó pensativo y triste. Lo extraño del reclamo lo había sorprendido, la tristeza del niño lo había conmovido.

Esa noche Juan lloró mucho. Por la mañana, vio un hermoso sol en el cielo y le pareció que le decía que no debía darse por vencido, entonces volvió a la juguetería.

– Buen día –dijo el niño.

– Buen día –respondió Cosme

– ¿Qué necesitas hoy?

– Tal vez ayer no me expresé bien –respondió Juan. Cosme comenzaba a tranquilizarse, seguramente había habido una confusión el día anterior.

– Pues bien te escucho – dijo el hombre.

– Juguetes para armar venden ¿Verdad? –preguntó.

– ¡Por supuesto! ¡De todos los tamaños! ¿Qué buscas? –contestó muy entusiasmado Cosme, creyendo que ya se estaban entendiendo con el pequeño.

– Un padre para armar, vero cajas muy grandes, seguro que en alguna hay un padre.

El vendedor no podía creer lo que escuchaba, La inocencia de un niño que creía que podría haber un padre para él en su negocio no sólo lo sorprendía, sino que lo conmovía.

– ¿Qué pasa, no tienes padre?

– No, nunca tuve. Les he preguntado a mis amigos cómo tuvieron los suyos, pero todos me contestaron que cuando habían nacido, ellos ya estaban allí y que no sabían cómo se podía conseguir uno.

– ¿Y qué pasó con tu padre?

– No lo se, mi madre no quiere hablar de ese tema, pero yo necesito uno.

– ¿Y qué te ha hecho pensar que aquí lo conseguirías?

– Los carteles – el rostro de Juan se iluminaba nuevamente – los carteles -repitió- ellos decían que ustedes tendrían todo lo que a un niño podía hacer feliz, todo aquello que un niño podía desear.

– Si… – titubeó Cosme – pero los carteles hablaban de juguetes, no de personas.

La sonrisa de Juan iba desapareciendo de a poco, pero el niño no se resignaría fácilmente. En la puerta del negocio apareció la mamá de Juan, no era una fea mujer, pero su gesto no era del todo agradable.

– Juan, llegamos tarde, vámonos –dijo sin saludar siquiera.

Y Juan se fue, no sin antes decir un “mañana vuelvo” ¿Qué le diría el día siguiente ese niño tan extraño? ¿Se daría cuenta que pedía un imposible? ¿Cómo hacerle entender a un pequeño que no hay juguetería -por grande que sea- que cumpla todos los deseos de un niño? –se preguntaba Cosme.

Y el niño volvió.

– Tal vez pueda haber algún padre a pilas, será costoso mantenerlo, pero bueno ahorraré para comprar pilas. ¿Tiene un padre a pilas?

– No niño, no tengo ni a pilas, ni tampoco a cuerda. Un padre no es un juguete y yo vendo juguetes.

– Entonces los carteles no decían la verdad –contestó Juan con lágrimas en los ojos.

El hombre enmudeció, no sabía qué responderle a ese niño que venía con una sonrisa primero y una lágrima luego a pedirle algo imposible de conseguir. Se sintió mal, jamás pensó que los carteles que había mandado colocar hubiesen podido generar semejante confusión.

Sin embargo, no era eso lo que lo entristeció, sino la soledad del niño. No sabía qué hacer, no podía mentirle, no quería seguir desilusionándolo, pero sentía que, de una u otra manera, debía ayudarlo.

– No llores pequeño, no tengo un padre para venderte.

– ¿Importado tal vez? – preguntó Juan entre sollozos.

– No terminas de entender, una persona no se vende, un vínculo de amor no se compra. No desesperes, ya llegará un hombre a la vida de tu madre.

– Pero yo necesito un padre, no mi madre. Cosme sonrió, sin saber qué contestar.

– ¿Quieres quedarte conmigo y darme una mano en la juguetería? Le avisamos a tu madre y si te da permiso, pasas la tarde aquí –propuso el hombre. Juan se entusiasmó.

Por esa tarde, entre los más variados juguetes, se olvidó de todo. Y así, todas las tardes, el niño pasaba por la gran juguetería a darle una mano a Cosme. El hombre lo dejaba jugar, conversaban, reían y por sobre todo, se acompañaban mutuamente. No sólo Juan necesitaba compañía, Cosme no tenía familia.

– El sábado por la tarde estoy libre –dijo Cosme a Juan -¿quieres que te lleve a la plaza?

– Pero… a la plaza voy con mi mamá –contestó sorprendido Juan.

– ¿Tu mamá juega a la pelota?

– No, ¿Tu si?

El sábado fueron a la plaza y por primera vez en su corta vida, Juan tenía alguien que parecía un padre con él. El tiempo pasó y mutuamente fueron haciéndose compañía.

Juan creció y empezó a entender que nunca conseguiría un padre en ningún negocio. Sin embargo, la compañía de Cosme fue llenando en cierta manera los huecos de la vida del niño.

Juan estaba por cumplir seis años. Cosme quería hacerle un gran regalo.

– Dime Juan ¿Qué deseas que te regale? Puedes elegir lo que quieras de la juguetería, lo más grande, lo más caro, lo que quieras te lo regalaré.

El niño se quedó pensando, no era una oferta que pudiera rechazar, pero para sorpresa de Cosme, dijo:

– No gracias, ya tengo lo que quería, no necesito nada más.

Fin

 

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