No era de miedo

No era de miedo

No era de miedo

No era de miedo. Marta Bendomir, escritora. Cuento infantil.

Cuando se despertaba por las mañanas, los monstruos se entrechocaban unos con los otros y los enanos se escondían entre las piernas de los cíclopes, que como no ven muy bien porque tienen un solo ojo, se los llevaban por delante y se caían haciendo un terrible ruido. Estaba siempre oscuro y llovía.

Los relámpagos se encendían detrás de las montañas y de los calderos de las brujas saltaban príncipes convertidos en sapos. Las letras temblaban y por todos lados había signos de admiración porque siempre había algún personaje del cuento asustado en alguna página.

Pero a él no le gustaban esas cosas. Era tímido desde chiquito. No estaba preparado para tanto sobresalto. Más vale le hubiera gustado pasar desapercibido. Pero él no era un cuento como cualquier otro cuento. Lo sabía por la cara de los lectores. El era un cuento que daba miedo.

Antes de que empezaran a leerlo ya podía adivinar lo que seguía. Sabía en qué momento la nena peinada con dos colitas y moños con brillitos iba a lanzar el libro por el aire y se iba a ir llorando a llamar a su mamá.

Conocía muy bien a los chicos esos de anteojos, que ya habían leído muchos cuentos y no tenían miedo de los dragones, ni de los murciélagos pero se aburrían mucho cuando llegaba el final feliz. No se sentía cómodo en ningún lugar. Por donde pasaba, se escuchaban gritos. Hacía mucho frío.

De las paredes del castillo colgaban telarañas enormes. Los pisos crujían. Las puertas rechinaban. Había encontrado un pequeño escondite en una de las torres en donde podía sentarse a mirar lo que iba pasando sin que nadie lo notara. Un día de lluvia se quedó dormido debajo de una pila de ropa vieja, en el fondo de un placar.

Se despertó varios meses después y se dio cuenta de que seguía guardado en el mismo lugar. Muy despacio comenzó a caminar en puntas de pie. Había tanto silencio en todas las páginas que se asustó. Los fantasmas se habían ido. No estaban por ningún lado. No aparecían de golpe con su risa burlona.

Tampoco se escuchaba el burbujeante caldero de las tres brujas rubias siempre preparado para cocinar niños o transformarlos en ratones. Un rayo de sol se colaba por el agujero de un gran ventanal, pero ningún lobo solitario recuperaba su engañosa apariencia humana.

Se animó a apoyar todo el zapato y se dio cuenta de que el piso ya no protestaba. En el piano ahora lustrado y con todas las teclas nuevas y relucientes encontró la partitura de una nueva canción. Se puso los anteojos y comenzó a tararearla bajito:

Hasta hoy no lo sabía

que tanta pena sentía

y que aunque fama tenia

ya nada me divertía.

Mi corazón no podía

tener tanta cobardía

que es miedo lo que me hacía

no ser una poesía.

La música envolvió la sala llena de luces de colores y un montón de palabras nuevas entraban de la mano y se sentaban en unas sillas de terciopelo rojo muy ordenadas en filas de a ocho. Un poco asustado volvió a subir corriendo a la torre. Pero también allí todo había cambiado.

Se asomó por la ventana a espiar como siempre. Y ahí fue que los vio. Brujas, ratones, sapos y vampiros. Todos en fila con sus valijas hechas, esperando el tren fantasma que pasaba por última vez. En el piso lo esperaba una nota:

Mientras Usted dormía se inundó el sótano. La heladera, vacía. Ni una rana. Ni un vasito de barro. Un calor terrible. El hombre lobo tiene gripe. La Bruja Celene afónica. La obra social no atiende por falta de pago. Imposible continuar relación laboral en estas condiciones. Sindicato de monstruos, brujas y afines.

Bajó las escaleras despacito y de a poco fue recorriendo todos los rincones del que antes había sido el castillo encantado. Había algunas paredes que pintar, faltaban muchos cuadros y adornos. El cuento respiró profundo y un perfume a rosas le llegó desde el jardín. Despacito se sonrió. Ya nada en ese libro daba miedo.

Entró al salón. Una ronda de estrellas y pececitos de colores lo esperaba. Una flauta larga y plateada bailaba y cantaba loca de alegría arriba del piano:

Tengo un montón de palabras

nuevas y desconocidas

son suaves y melodiosas

una para cada día.

Antes no las conocía,

quizás porque no sabía,

que es miedo lo que me hacía,

no ser una poesía.

Fin

 

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