Nacho y Tomate

Nacho era un niño de campo, castaño de ojos verdes que tenía un amigo muy especial. Lo conoció un día abriendo la nevera de casa. Su amigo era un tomate grande y rojo y lo llevaba a todos sitios. Era el último tomate que quedaba y estaba solo en la nevera – ¿Mamá,  mamá porqué […]

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Nacho era un niño de campo, castaño de ojos verdes que tenía un amigo muy especial.
Lo conoció un día abriendo la nevera de casa.
Su amigo era un tomate grande y rojo y lo llevaba a todos sitios.
Era el último tomate que quedaba y estaba solo en la nevera
- ¿Mamá,  mamá porqué está solo ese tomate?-
- Porque el resto ya los hemos usado-
- ¿Pobrecito mamá me lo puedo quedar?-
- ¿Y para qué quieres tú un tomate Nacho?
Nacho insistió tanto que al final se fue contentísimo con su tomate.
Tomate y Nacho se fueron a jugar al bosque, jugaron primero a los piratas. Tomate era el corsario rojo que intentaba encontrar el gran tesoro sumergido con su grumete Nacho.
Siguieron las pistas del mapa secreto y llegaron al punto indicado, donde encontraron un gran cofre de joyas.
Tomate estaba muy contento, tenía un amigo humano.
La alegría hizo que le salieran unas patitas pequeñas como antenas, unos brazos verdes de hoja, y miraba a Nacho con sus ojitos de cáscara marrón.
Corría con sus patitas pequeñas detrás de Nacho.
- ¿Te gustaría ser tomate como yo Nacho?- le pregunto Tomate un día
- Claro que me gustaría – dijo el niño
Nacho se fue encogiendo hasta el tamaño de Tomate, se hinchó un poco y se puso verde, se había convertido en un tomate verde muy guapo.

Los dos juntos jugaron con las hojas de hierba como si fueran toboganes. Era muy divertido ser tomate.
Más tarde fueron al estanque y flotaron en el agua como dos pelotas, tirándose agua el uno al otro.
Cuando se hizo tarde Nacho volvió a ser niño y fue a casa a cenar con su amigo Tomate debajo del brazo.
- Ya es hora de dormir – dijo su mama después de cenar.
Nacho se fue a la cama con su pijama de Spiderman, y metió a Tomate debajo de la almohada.
Cual fue su sorpresa al levantarse, cuando quitó la almohada tomate estaba roto.
- ¡Buaaaaa! Mamá mi amigo está malito, no habla, no se mueve…-
- ¿Qué amigo Nacho?- dijo su madre muy asustada
- ¡Tomate…! – Nacho solo hacia que llorar y hacer pucheros.
- ¡Mamá, Tomateee… que voy a hacer!. Se ha roto, hay que llevarlo al médico que le ponga una tirita.
- Pero Nacho cariño un tomate ni habla, ni camina, ni se mueve.
- Mi amigo sí – insistía Nacho muy apenado, – mi amigo… hay que ir al médico mamá -.
Pero su mamá le dijo que no podía ser, que los médicos no podían curar a los tomates.
- Pues yo quiero que vuelva mamá, ¿con quien voy a jugar….?
Su mamá le dió una solución, enterraron al pobre tomate en el huerto y le dijo que si lo regaba de vez en cuando Tomate volvería.

Nacho no creía que Tomate volviera de aquel modo tan extraño.
Cada día lo echaba más de menos no podía jugar con los otros niños como con él, no podía columpiarse en las hojas de hierba, ni rodar por el suelo, ni flotar en el agua de la misma manera que lo hacía con él.
Nacho hizo caso a su madre y fue regando a su amigo, con el deseo que este volviera.
Un día de la tierra brotó un tallo verde que fue creciendo poco a poco, pero aquello no era su amigo Tomate.
Pasaron los días y al final creció una planta grande de la que salieron muchos tomates, que al principio fueron pequeñitos y verdes y después se volvieron rojos y hermosos.
Cada día cuando Nacho iba a verlos, bajaban de la tomatera y hacían un corro alrededor del niño cantando y bailando y el niño se sentía feliz.

Cuando Nacho se hizo mayor fue el mejor agricultor de la comarca y sus hortalizas eran la envidia de todos sus vecinos.
Si alguna vez pasas cerca de su huerta podrás verlo como habla aún con sus tomates y sus calabazas, quizás sea esta la razón por la que sus plantas crecen tanto.


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