Mi tío Don Pomposo, de Julio César González

Mi tío Don Pomposo

Mi tío Don Pomposo. Cuentos infantiles de caballos.

Mi tío Don Pomposo es uno de los cuentos infantiles de caballos del escritor  Julio César González. Cuentos sugerido para niños, jóvenes y adolescentes.

El caballo de Don Pomposo
Don Pomposo no está en casa, pero lo espero.
Por lo que dice mi abuela, salió con el pescador desde temprano, y no sabe dónde están esos muchachos, que se han demorado tanto.

Yo estoy tan intranquilo como ella, pero no le pregunto por mi regalo, porque es feo impacientarse por algo material o pregonar el secreto que nos han confiado.
Mi abuela y yo estamos callados, pensando cada uno en sus asuntos, cuando vemos venir a Don Pomposo con su mochila a la espalda, y mi regalo dentro.
¡Tamaña sorpresa me da mi tío con su regalo!
—¿Y cuántos años tendrá este “trompetín” que ha crecido tan poco? —le pregunto.
—La edad tuya más o menos… pero no crece mucho más según tengo entendido.
—¿Y por qué lo sabes?
—Porque no tiene bigotes.
—Ni mi papá ni tú los tienen y ya son grandes… ¿Tú crees que tenga la edad de ustedes?
—No creo…
—Entonces, debe ser un niño como yo… seguro que lo están buscando. ¿Tú crees que lo estén buscando, mi tío bueno?
—Seguro piensan que salió a jugar y volverá más tarde. No te preocupes.
Y yo dejo de preocuparme por fuera, pero no por dentro, y sigo pensando en los papás del caballito que me ha traído Don Pomposo. Y ya no quiero mirar cuando mete la “trompeta” entre las plantas que mi tío le puso o mira la casa de mi abuela a través del cristal del pomo.
Y cuando llega el pescador, que fue por todo el pueblo vendiendo unos pescados, me pregunta si no me gustó el regalo, y por qué que estoy así, tan serio, y si no lo quiero.
Y le explico que sí me gustó, pero es mejor que el caballito esté con su familia que conmigo.
Entonces el pescador me dice que es bueno pensar así, como yo pienso, y me hace todas las historias que sabe de los caballitos que trotan por los mares, y me cuenta que es común que se pierdan por un tiempo y regresen luego, porque el mar tiene corrientes que lo arrastran todo, como pasa con los botes cuando pierden los remos o con los náufragos.
—Pero este no puede regresar —le digo—, porque está encerrado.
—Seguro que regresará —me dice Don Pomposo—. El próximo domingo iremos en mi submarino y lo llevaremos con sus padres.
Por eso, y sólo por eso, vuelvo a mirar al caballito, que se esconde entre las plantas cuando me acerco, y no entiende que pronto estará con sus papás, por mucho que se lo repito.

El submarino amarillo


—Aquí está mi submarino —me dijo Don Pomposo y levantó una lona.
—Eso no es un submarino, —le dije— los submarinos van por debajo del agua.
—¿Ya sabes leer?
—No… Pero dice mi mamá, que pronto iré a la escuela.
—Entonces no puedes leer el nombre de mi submarino. Pero debes saberte los colores… ¡¿Cierto?!
—¡Claro!
—¿Y de que color es esta cosa que no es un submarino?
—Amarillo.
—¿Y sabes lo que es?
—Un bote.
—Pero no sabes leer… Hasta que no sepas leer no habrás nacido. ¿Quieres que te enseñe las vocales?
—A, e, i, o, u —le dije—. Y ya sé escribir mamá, papá y Cuba. Cuba se escribe con mayúscula.
—¿Y en inglés… te sabes alguna palabra?
—No… Sólo en cubano.
Mi tío se rió. Acabó de doblar la lona y la tiró dentro del bote.
—Monta, —me dijo— y aguántate duro. Voy a empujarte.
Echó el bote al agua, subió, y se puso a cantar mientras remaba.

We all live in a yellow submarine,
yellow submarine, yellow submarine,
We all live in a yellow…

—¿Te gustan las canciones que yo canto?
—No sé —le dije, y me encogí de hombros.
—Lo que pasa es que no las entiendes… igual que mis hermanos. ¿Has visto si está bien el caballito?
Abrí la mochila donde llevábamos el pomo y vi al caballito de mar con la cola enroscada en una planta, temiendo, probablemente, las sacudidas del bote.
—Mi bote se llama Yellow Submarine —me dijo.
—¿Hielo?
—No… yellow. En inglés significa amarillo. Submarino amarillo. Como un título de los Beatles. Si quieres te enseño esa canción, pero no puedes comentarlo con nadie.
—¿Y por qué no puedo?
—Porque tu tía es capaz de romper mis discos, como hizo con el cuadro de la sala.
—¿Qué cuadro? —le pregunté.
—Un viejo cuadro…
—¿De los Beatles?
—No precisamente, pero también tenía el pelo largo.
—¡¿El cuadro?!
—No— dijo con una risa, y me hizo el cuento del peludo en el cuadro, al que abuela quiso tanto.
Terminada su historia se acordó nuevamente de los Beatles.
—Aún no me has dicho si quieres que te enseñe la canción del submarino.
—Después que soltemos al trompetín —le dije, y me quedé pensando si no lo extrañaría luego que lo dejáramos; si el lugar al que viajábamos sería de su agrado.
— ¿Tú crees que el caballito encuentre a su familia? —Le pregunté a mi tío.
—Seguro.
—¿Y cómo sabremos si la encuentra?
—Yo le di tu dirección para que te escriba.
—Los caballitos no escriben.
—Es verdad; no había pensado en eso.
—¿Entonces?
—No sé… ¿Tú no querías que lo devolviéramos?
—Sí, pero no quiero que se pierda…
—¿Y por qué puede perderse?
—Porque el mar es grande y peligroso… ¿No te parece? El pescador me dijo que en el mar hay cuevas tan profundas como un pozo ciego, barreras que no dejan pasar los barcos y fosas que atraviesan la tierra de un lado al otro.
—El mar es la casa del caballito. Nadie se pierde en su casa… ¿No crees?
Pensé que tenía razón, pero no se lo dije.
Volví a mirar al “trompetín” y mi tío siguió cantando y remando a lo largo de la costa.
Desde el bote se veían las casas de la playa, fabricadas sobre el diente de perro, bajo el cual se refugiaban las isabelitas y los pulpos. La gente, desde la orilla, levantaba el brazo en señal de saludo y Don Pomposo respondía al gesto, llamándolos por sus nombres o sus apodos. Entre saludo y saludo me contaba lo que sabía de cada uno:
—A ese le dicen manjúa y al otro jocú; son pescadores… Esa muchacha fue mi novia cuando yo estudiaba… A ese otro le dicen arpón, porque se enterró uno.
Cuando llegamos a la última casa —al lugar donde terminaba el pueblo—, mi tío levantó los remos y dejó que el bote siguiera con su impulso…
Cuando “Submarino” se detuvo, tiró al agua un cubo de madera con un cristal en el fondo:
—Sería una pena que tu trompetín se perdiera su mundo para vivir en el nuestro —dijo, y aguatándome por la cintura, me inclinó hacia el cubo o cubilete por encima de la banda del bote.
—¿Qué te parece?
En el fondo vi un yerbajo o placer, como lo llaman los pescadores, y entre las plantas un ejército de biajaibas, roncos, erizos y trompetines. Un mundo de silencio y colores. Quizás un palacio o país en el mar que nadie conocía, excepto Don Pomposo.
Después de soltar al caballito le pedí que me enseñara la canción del submarino.
De regreso, por las calles, la cantamos a dúo:

We all live in a yellow submarine,
yellow submarine, yellow submarine,
We all live in a yellow submarine,
yellow submarine, yellow submarine.

And our friends are all aboard…

(Vivimos todos en un submarino amarillo,
en un submarino amarillo. en un submarino amarillo.
Vivimos todos en un submarino amarillo
en un submarino amarillo en un submarino amarillo.

Y nuestros amigos están todos a bordo)

Sobre la arena, cubierto por la lona, estaba el “Submarino Amarillo”.

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