Las pantuflas

Las pantuflas. Liana Castello, escritora argentina. Cuentos para padres

Lo primero que hizo cuando volvimos del entierro fue entrar a su cuarto. Como si la estuvieran esperando, allí estaban las pantuflas de mi padre, acomodadas a su lado de la cama.

Las tomó con amor, con el mismo amor con el que siempre se las había alcanzado y las guardó, ahora por última vez.

Las colocó en una caja forrada con tela, fina, hermosa, digna del mayor de los tesoros. Las acomodó con cuidado, como una madre a un bebé en la cuna y cerró la caja como despidiéndose de un pedazo de su vida.

– ¿No pensarás guardar un par de pantuflas verdad? – Pregunté casi fastidiada – No son una joya – agregué.

– Te equivocas, lo son. Estas pantuflas significaban mucho para tu padre y también para mi, no voy a desprenderme de ellas – contestó mi madre sin dejar de mirar la caja.

– No logro entender, son pantuflas, no más que eso ¿qué pueden tener de valioso? – Pregunté.

– No entiendes – dijo mi madre y en realidad así era

– Cuando tu padre volvía del trabajo, lo primero que hacía era calzarse sus pantuflas. Era como si colocándose ese calzado, se olvidase de la oficina, los mandatos, las presiones. Daba la impresión que al colocárselas y sentir su tibieza, se instalaba definitivamente en su hogar. Ya nada importaba, estaba cómodo, feliz, abrigado con la calidez que sólo un hogar brinda

No lo había pensado de ese modo. Recordaba que mi padre al volver del trabajo y luego de dar un largo y cariñoso beso en la frente de mi madre, le decía:

– ¿Me alcanzas las pantuflas viejita?

Y mi madre, como cumpliendo el más sagrado de los rituales, se las alcanzaba sabiendo que así lo hacía sentir seguro, “en casa”, mimado y amado.

Más de una vez me enojé con ella. Jamás entendí por qué razón no podía buscar él sus pantuflas.

– No eres su dama de llaves ¿por qué no se las busca él? – Le dije infinidad de veces, pero mi madre parecía no escucharme.

En realidad sí, me escuchaba, pero hacía oídos sordos a mis comentarios. Ese ritual les era propio, íntimo diría. Ahora entiendo que se trataba de algo mucho más grande, infinito, inmenso que el mero hecho de alcanzarle algo a alguien.

Mis padres habían estado casados por casi cincuenta años y se habían amado siempre. Cuando uno es joven tiende a idealizar las cosas y por sobre todo, lo que se amor se trata.

Yo veía cómo se trataban mis padres, la paz con la que se relacionaban y en mi juventud llegué a pensar en que no quería para mi un amor tan “chato”. Yo quería una vida diferente, lejos de rutinas, pantuflas y besos en la frente.

Siempre me pareció que eran más compañeros que amantes, casi hermanos diría. Me llamaba la atención cómo se acompañaban uno al otro, cómo se cuidaban de un modo similar a lo fraternal.

Cuando eran jóvenes y yo una niña, tampoco se percibía pasión en ellos. Daba la sensación que gozaban de un amor tranquilo, sin sobresaltos.

Crecí afirmando que eso no era amor, deseando que a mi no me tocase esa suerte “pequeña” a mis ojos. El mundo tenía que ofrecerme un amor apasionado, fuerte, intenso, hasta desgarrador diría.

Con el tiempo aprendí que el mundo no nos da, sino lo que nos hemos ganado. Que lo que hoy es prioridad, tal vez mañana pasa a un segundo plano. Que uno no siempre ve la realidad, sino lo que puede ver, o lo que le conviene, según el caso.

Miro mi vida hoy y tristemente me doy cuenta que logré lo que me propuse. Tuve amores apasionados, vibrantes, intensos. Con ninguno me quedé, pasaron como tormentas que dejan las calles sucias y desordenadas.

Yo me “gané” ese tipo de amor, pero hoy estoy sola y ya no soy joven. Siempre creí que el amor era eso, algo fuerte, que te sacude, que te saca de tu eje. Hoy me doy cuenta que bien puede ser eso, pero mucho más también.

Ella seguía mirando la caja que contenía su tesoro y vi en sus ojos una expresión que yo jamás había tenido.

– Sigues sin entender ¿verdad? – preguntó mi madre secándose las lágrimas.

– Déjame verlas una vez más – le pedí.

Ella abrió la caja y saco con sumo cuidado las pantuflas, las acarició y me las dio. Volví a sentir que me estaba entregando una parte de su vida. Las mire, una y otra vez, tratando de descubrir qué secreto tan preciado podía esconder un calzado.

Recordé entonces, cada vez que mi madre le alcanzaba las pantuflas cuando mi padre llegaba de trabajar. Cómo procuraba que se sintiese cómodo, abrigado. La sonrisa de ambos, uno daba y el otro recibía.

Entendí por fin que mi madre le alcanzaba mucho más que un calzado, que era una forma de decirle, cada día, todos los días “acá estoy, para cuidarte, para acompañarte, para que te sientas cómodo, para que seas feliz”. Era como una especie de código entre ellos.

Ese gesto, pequeño e insignificante a mis ojos de entonces era el resumen de sus vidas. Uno para el otro. Siempre, para lo grande y lo pequeño, lo importante y lo nimio.

No se trataba de alcanzarle una cosa que se pudiera tocar, era ofrecerle cuidado, dedicación, compañía y comprensión. No se qué clase de amor los habrá unido, si como yo pensaba no había habido pasión entre ellos, si había sido un amor simple o complicado, parecido al de las historias o vulgar, pero ya no importaba, no para mi.

Aprendí ese día, que el amor se manifiesta de maneras muy diferentes, pero que sobre todo se trata de estar para el otro y con el otro. Y sentí en lo profundo de mi corazón la magnitud de ese gesto simple. Con el mismo cuidado que ella me las había dado, guardé las pantuflas en su hermosa caja.

Miré a mi madre y le dije:

– Tienes razón, por nada del mundo te desprendas de ellas.

La dejé sola con sus recuerdos, su ausencia, su soledad y me fui de su casa con la firme convicción que el amor podrá ser muchas cosas, pero que sin dudas también es “alcanzares las pantuflas al otro”

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Fin

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