La rendija

La rendija. Lydia Giménez Llort, escritora española. Cuento para padres.

Después de mucho tiempo sin entrar, después de mucho tiempo sin mirar, allí donde siempre estaba oscuro y nadie se atrevía a fisgonear… en esa habitación donde todos creían que las ventanas no podían abrirse, donde los pesados porticones impedían siempre la entrada…allí, un día, un pequeño rayo de luz entró, tímido y de medio lado, aprovechando una estrecha rendija que se había abierto en la portezuela que tapaba el ventanal.

Nunca antes la luz se había atrevido a pasar, pero el rayito de luz, aún joven y valiente, quiso ver qué había detrás del aquel porticón siempre cerrado. Y el pequeño haz de luz caminó despacito, con miedo a romper el silencio, se abrió paso en medio de la oscuridad, hasta que notó tocar con sus suaves pies el suelo. La niña aún dormía en su cama, sumida en su letargo. La miró, en medio de la penumbra, y por un momento dudó si debía romper la placidez de su sueño. Así que estuvo bastante tiempo mirando, sin decir nada.

Embelesado por su dulzura perdió la noción del tiempo y olvidó volver por donde había entrado. Entonces, una leve sonrisa amaneció en la mejilla de la niña. Le siguió el suave parpadear de sus pestañas y el ronroneo de quien dulcemente despierta de un sueño. El pequeño rayo de luz, sorprendido, quedó quieto intentando pasar desapercibido porque era demasiado tarde para escapar sin ser visto.

Pensó qué atrevimiento el suyo entrar en la alcoba donde descansaba la niña y más aún haberla despertado…Pensó que si nadie antes había osado, cómo podía él haber infringido las normas entrando por aquellas ventanas que no debían abrirse…Pensó que no era quien para romper el silencio y la oscuridad…y menos aún el plácido sueño de la niña.

Pero entonces la niña puso su piececillo en el suelo, abrió sus ojos y vio el punto de luz que la invitaba a dar un paso adelante. Se acercó hacia la ventana con la mirada ilusionada. Y aunque el rayito de luz era como un hilo de seda, la luz del sol brillaba a través de él haciéndolo parecer como si fuera de oro.

La niña siguió con su mirada el pequeño haz, alzó su mano para tocarlo y sentir la calidez púrpura de aquel camino luminoso hecho con polvo de estrellas que daba un halo irisado a sus manos. Movió los dedos como quien quiere sentir la caricia de las estrellas o tocar la esencia de lo más bello del universo. Le siguió hasta la ruda madera y allí descubrió la pequeña rendija…pasó sus dedos por ella y dijo con una vocecilla llena de esperanza y alegría

-¡Ha salido el sol! ¡Por fin ha salido el sol!

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Fin

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