Inconformidad, de la Dra. Adania Guanche Martínez

Cuentos cortos de zoológico

Cuentos cortos de zoológico. Inconformidad.

Incorformidad es uno de los cuentos cortos de zoológico de la  Doctora Adania Guanche Martínez. Cuentos sugeridos para niños de todas las edades.

Serie “Cuentos del zoológico”

Un día, el cocodrilo Pancoco se dio cuenta de que estaba inconforme con algunas cualidades de su cuerpo. Por ejemplo, su hocico no le satisfacía del todo.
_ Si yo tuviera una trompa como la del elefante, _pensaba, y así se imaginaba sumergido en las aguas pantanosas del parque zoológico (que era donde él vivía), con una larga trompa…
En fin, como era muy decidido, cosa extraña en los cocodrilos, salió de su área y caminó, digo, más bien se arrastró, hacia el foso donde vivía la mamá elefanta con su cría.
Con el elefante macho sí le daba temor conversar, pero, con la elefanta, era otra cosa… y aunque hay muchos que dicen que la elefanta es más difícil de tratar, llegó hasta ella y…
_ ¡Buenos días, Doña Elefa!; ¿Cómo se siente usted hoy?
La elefanta no se dio cuenta de momento, de dónde salía la voz, porque no era costumbre que se produjeran estas visitas.
_ ¡Eh!, ¿quién me habla?; ¿de dónde salió esa voz?
_ Soy yo, Doña, el cocodrilo Pancoco… _ dijo, algo avergonzado y medio arrepentido ya de la aventura que acababa de iniciar.
_ ¡Sí! Ya me doy cuenta, ¡cuidado!, no lo vaya a pisotear. En fin, ¿Qué desea?
_ Sucede que… _ intentaba hacer un esfuerzo, el inconforme Pancoco _ no estoy muy a gusto con el hocico que tengo y quisiera que, bueno… que…
_ ¡Basta ya de rodeos!, ¿qué tengo yo que ver con que a usted no le guste ese hocico ancho y feo que tiene? _ respondió dignamente Doña Elefa.
_ Bueno, es que usted debería serrucharle la trompita a su hijito y cosérmela a mí…
_ ¡No me diga! _ Lo interrumpió indignada la elefanta; _ ¡salga! ¡Salga de aquí antes de que…!
Ya el cocodrilo estaba llegando a su lugar en el Zoológico, y por eso no escuchó nada más, pero casi había imaginado el final de la respuesta. Dicen que la elefanta había proseguido con su discurso de insultos defensivos, aun cuando Pancoco ya no se veía por aquellos contornos.
_ Me salió mal la petición, hay que ver que la señora esa grandota no me comprendió.
Pancoco el cocodrilo permaneció dentro del agua por un buen rato. De pronto, volvió a surgir su inconformidad.
_ La jirafa sí que es feliz. Tiene un pescuezo larguísimo, como el que yo quisiera tener. Si yo tuviera ese pescuezo me sentiría en la gloria. Podría sobresalir del agua y ver lo que sucede por los alrededores sin mayor esfuerzo.
Y no lo pensó dos veces; a pesar de la amarga experiencia anterior, se encaminó al área que ocupan las jirafas en el Zoológico, que es la sabana africana, seleccionó a una de ellas que paseaba con su hermosa cría y así se dirigió a ella y le habló, ya con menos timidez.
_ ¡Buenos días, Doña Rafa!; ¿cómo se siente usted hoy?
La jirafa miró a su alrededor pero no vio a nadie.
_ ¡Eh!; ¿quién me habla?; ¿de dónde salió esa voz?
_ ¡Soy yo, Doña!, el cocodrilo Pancoco… _volvió a enfrentar una aventura similar a aquella en la cual había salido tan mal parado, es decir, tan rápidamente arrastrado…
_ Sí, ya me doy cuenta, ¡cuidado! No lo vaya a pisotear, en fin, ¿qué desea?
La jirafa había reaccionado exactamente igual que Doña Elefa.
_ Sucede que… _de nuevo Pancoco estaba allí cometiendo el mismo error; _ No estoy muy a gusto con el cortísimo pescuezo que tengo y quisiera que… bueno, que…
_ ¡Basta ya de rodeos! ¿Qué tengo que ver yo con que a usted no le guste ese pescuezo corto y feo que tiene?
Esta vez, la jirafa casi podía imaginar la barbaridad que iba a oír y se puso en guardia.
_ Bueno, es que usted debería…
_ ¿Debería qué, señor mío?
_ Debería serrucharle el pescuezo a su hijito y cosérmelo a mí… _dijo, mientras bajaba el tono de la voz, de tal manera que Doña Rafa no oyó bien las últimas palabras.
_ ¡Hable alto y claro!; ¿debería qué? ¿Acaso está mencionando algo relacionado con mi cría?
El cocodrilo Pancoco no se atrevió más que a… poner pies en polvorosa, que quiere decir que corrió, o sea, se arrastró a todo lo que le daba su pesado tronco y sus poco ágiles patas.
La jirafa tuvo que preguntarle al grillito Papito lo que había dicho aquel desdichado. Cuando Papito, amablemente, se lo repitió y además, hizo su comentario, Doña Rafa montó en cólera.
_ ¡Que no se atreva ni a mirarme más! – gritaba desaforada. Hasta le subió la tensión arterial de la indignación…
En sus quietas aguas de nuevo, Pancoco reflexionaba, pero no crean que sus pensamientos eran de arrepentimiento por lo que había dicho, sino que sus razonamientos eran todavía de inconformidad por otro detalle de su anatomía.
_ Si yo tuviera las patas tan ágiles del venado, hubiera llegado más rápidamente a mi charca.
¿Sería posible que insistiera en la misma tontería de variar la estructura de su cuerpo?
_ Sin dudas, le pediré a la venadita Venita, que me preste las patas de su hijito.
Mientras tanto, en la sabana africana se cruzaban, en su paseo, la venadita Venita, la elefanta Elefa y la jirafa Rafa con sus respectivas crías. Después de darse los buenos días, como de costumbre, iniciaron una conversación acerca de los acontecimientos que acababan de suceder. Elefa y Rafa estaban indignadas, casi coléricas y advirtieron a Venita acerca de las locuras de Pancoco el cocodrilo.
_ Puede ser que se le ocurra acercársele a usted, Doña Venita, póngase en guardia _expresó Rafa, todavía alterada.
_ Lo que hay que hacer es darle una lección _opinó Doña Elefa.
_ Si viene a hablar conmigo, le daré de patadas _fue la primera manifestación de Doña Venita.
La elefanta era de la misma opinión; más bien ella creía que lo mejor era darle una gran lección.
_ Sí, pero, ¿cómo? _preguntó la jirafa, intrigada…
_ Acérquense, amigas, creo que tengo una idea que puede ser efectiva para quitarle a ese inconforme el delirio de tener todo lo que admira en los demás…
Lo que hablaron no se los puedo contar, porque no lo oí. Lo cierto es que ya se acercaba el cocodrilo Pancoco por el sendero de la sabana. Al llegar junto a la venadita Venita, que, evidentemente era su objetivo, sin darse cuenta de que Elefa y Rafa se hallaban próximos a ella, le dijo así:
_ ¡Buenos días, Doña Venita!; ¿cómo se siente usted hoy?
Doña Venita se hizo como que no lo había visto, aunque perfectamente se había percatado de su presencia y se disponía a cumplir su parte en el plan elaborado antes por el trío.
_ ¡Eh!, ¿quién me habla?; ¿de dónde salió esa voz?
_ Soy yo, Doña, el cocodrilo Pancoco…
_ ¡Ah!, sí, lo veo perfectamente, pero es que nosotros ya hablamos hoy, hace un rato; yo no soy Venita, soy la elefanta Doña Elefa.
_ ¿Cómo? _dijo confundido el cocodrilo Pancoco _ ¿usted no es… la venadita Venita?
_ No, no lo soy. Tengo patas de venado, cabeza e venado y todo lo de venado, porque ella me los prestó…
En eso se acercaron la jirafa y la elefanta. Al verlas, el cocodrilo no sabía ni dónde estaba parado. Su vista se movía de una a la otra.
_ Y usted, ¿quién es? _se atrevió a preguntar a la elefanta. Esta, sonriente, siguió el juego iniciado por Venita.
_ Yo soy la jirafa Rafa; lo que sucede es que la elefanta me prestó su trompa y sus patas.
Ya el cocodrilo estaba más que aturdido. Al dirigirse a la jirafa, le preguntó, tartamudeando:
_ Y… us-us-ted, Do- do -ña, ¿quién-én es-es?
La jirafa, Doña Rafa, ya casi ahogada de la risa, se dispuso a continuar el juego:
_ Yo soy la venadita Venita, amigo Pancoco, lo que sucede es que tengo puesto todo lo que me prestó la jirafa. ¿Quería usted hablar conmigo? ¿No me buscaba usted hace un momento?
Presa de la más terrible confusión, al ver a una venada presuntamente disfrazada de jirafa; a una elefanta disfrazada de venada y a una jirafa disfrazada de elefanta, Pancoco casi enloquece.
_ ¿Y pa-para qué-qué se-se disfra-frazaron? _preguntó el cocodrilo aun tartamudeando.
_ Porque yo quería tener trompa de elefanta, _dijo la elefanta, aparentando ser la jirafa.
_ Porque yo quería tener patas de venada _dijo la venada, aparentando ser la elefanta.
_ Porque yo quería tener el pescuezo de la jirafa _dijo la jirafa, aparentando ser la venada.
El cocodrilo se desmayó en el acto.
Las tres amigas se reían de lo lindo.
_ Era demasiado para él _decía la venadita.
_ Ya era hora que detuviera el jueguito e pedir prestados los atributos de otros animales; _reflexionaba Doña Elefa.
_ Y nada menos pedía que se lo quitáramos a nuestras crías; _era lo que más le dolía a Doña Rafa.
El cocodrilo despertó bajo el potente chorro de agua que le lanzó Doña Elefa con su trompa. Su primera intención fue la de huir de aquella sabana, rumbo a su charca verde. Lágrimas de arrepentimiento rodaron por sus arrugadas mejillas. Miró a las tres amigas, que aún reían, con incontrolable risa.
_ Les pido mil perdones. Nunca más se me ocurrirá cambiar mi estructura corporal.
_ ¡Qué fino es ahora!; ¿oyeron ustedes? ¿Y cuando quería que yo serruchara el pescuezo de mi hijito para colocárselo a él? ¿Eh?
_ Sí  ¿Y cuando quería que yo serruchara la trompita de mi pequeño para colocársela a él?
_ Y a mí, ¿qué vendría a pedirme? Seguramente las cuatro vigorosas patas de mi pequeño.
El cocodrilo ya estaba llegando a su laguna. El hambre que tenía no le permitía seguir escuchando las palabras de Doña Venita. El hambre, el miedo hacia aquellas temibles criaturas a las que se había atrevido a solicitar tan terribles favores y la convicción de que para vivir en aquel hábitat suyo, le bastaban su poderosa dentadura, su fuerte cuerpo cubierto de placas córneas y su vigorosa cola.

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