Hada

Hada. Dolores Espinosa, escritora española. Cuento para padres.

Todo el mundo la llama “la mendiga de las hojas” porque, en cuanto llega el otoño y los árboles comienzan a quedarse desnudos, se la puede ver por parques y calles, recogiéndolas, acunándolas y repitiendo, a veces en susurros apagados, a veces a gritos y a veces, incluso, canturreando:

¿Qué hoja va con cada árbol? ¿De qué árbol cayó esta hoja? ¿Y esta otra? ¿Y aquella de más allá? ¿Qué hoja va con cada árbol? ¿De qué árbol cayó esta hoja?

Y anda entre los montones de hojas amarillas, con los pies bien hundidos en ellas, haciéndolas crujir bajo sus plantas, sintiendo su caricia en los tobillos. Las recoge, las observa con detenimiento -por el envés y por el revés- las huele incluso, y luego corre de árbol en árbol. Mira la hoja de color ocre, mira al árbol, vuelve a mirar la hoja según crea que ha acertado o no. Se aproxima con los brazos llenos de hojas a los álamos, a las acacias, a los castaños, a los arces y habla con ellos:

-Ésta, ésta es tuya. Lo sé. ¿Ves? Aún puedo reconocerlas.- y las acuna como si de un bebé se tratara y sigue hablando con el árbol

– Sí, sí, llegó el momento de dejarlas volar ¿verdad? Sí, sí, es la hora de que bailen con el viento…

Y, girando y danzando, suelta las hojas y las entrega al primer loco torbellino que sople en ese momento. Luego, continúa con sus andanzas por parques y calles, tras las hojas amarillas y rojas. Hablando con los árboles, inclinando la cabeza como si les escuchara, asintiendo o negando, riendo o llorando, como si ellos le hablaran y le contaran sus secretos.

Cuenta su historia a quien quiera escucharla aunque nadie la cree. ¿Quién puede creer las fantasías que dicen los locos?

Cuenta que es un hada y que se ha quedado atorada a medio camino entre su mundo y el nuestro por culpa del amor. Cuenta que allá en su mundo ayudaba con los preparativos otoñales, que reunía a las nubes como si fueran un rebaño de ovejas y las pastoreaba hasta los lugares en donde debían dejar caer la lluvia; que cabalgaba sobre la espalda del viento y le ayudaba a arrastrar las hojas caídas y las por caer; que llevaba un cuidadoso inventario de cada hoja que caía y por eso sabía reconocer perfectamente a qué árbol pertenecía cada una.

Y cuenta que un día cometió dos errores muy, muy graves.

El primer error fue enamorarse, porque a un hada enamorada se le debilitan los poderes.

Su segundo error fue aún más grave: enamorarse de un mortal, porque los mortales son incapaces de comprender a las hadas y acaban rompiéndoles, siempre, el corazón. Sus hermanas se lo avisaron. Su reina se lo advirtió. Todos en el reino de las hadas intentaron aconsejarla pero el amor, ya se sabe, no entiende de consejos y advertencias.

Y cuenta que ella decidió seguir a su amor mortal hasta su mundo mortal. Sus ojos brillan y sus labios sonríen al contar que, durante un tiempo, hasta se creyó feliz. Y sus ojos se llenan de nubes tormentosas cuando narra cómo, poco a poco, todo se fue hundiendo lentamente, ahogado por la realidad que la rodeaba. Él no la comprendía. Él no aceptaba sus poderes, ni sus costumbres, ni nada de nada. Quería transformarla en una mujer y que dejara de ser un hada. Y, aunque ella lo intentó con todas sus fuerzas, nunca lo consiguió… no del todo.

Y un día, finalmente, él la dejó abandonada y sola en este mundo.

Y cuenta que quiso volver al reino de las hadas pero ya no pudo. Su tiempo entre mortales la había debilitado y sólo consiguió llegar hasta la mitad del camino. Y así vive desde entonces, a medias entre este mundo y el suyo. Sin pertenecer del todo a éste ni poder regresar del todo al suyo. De modo que aquí era una loca y allá era casi una sombra.

Sí, ella cuenta su historia a quien quiera escucharla pero es evidente que nadie puede creer las fantasías que cuentan los locos y sin embargo…

Sin embargo corre el rumor de que, en noches despejadas de luna llena, te puedes encontrar a la “mendiga de las hojas” bailando y lanzando las hojas al aire y que hay momentos en que su mugrosa cara parece irradiar luz y que sus bastas ropas parecen hechas de finas telas y que el ajado fular de tul que cuelga siempre sobre su espalda parecen unas titilantes alas de hada.

Pero sea o no sea verdad, resulta imposible no emocionarse cuando ves pasar a la “mendiga de las hojas” mientras susurra sin descanso:

-¿Qué hoja va con cada árbol? ¿De qué árbol cayó esta hoja? ¿Y esta otra? ¿Y aquella de más allá? ¿Qué hoja va con cada árbol? ¿De qué árbol cayó esta hoja?

Fin

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