En el hospital Delafé, por Antonella Reveco Spalloni
Cuentos con Parchecuritas
En el hospital Delafé
Bastián tenía que ir a menudo al Hospital Delafé para que le dieran
unos remedios que lo ayudarían a sanarse.
Preparó su mochila, acomodó en su interior un frasco con hormigas
sin antenas, dos de sus autos preferidos y la última revista de Condorito.
- Hola Bastián -le dijeron las enfermeras.
El niño les devolvió el saludo con una sonrisa.
Mientras sacaba sus cosas y las dejaba en el velador del dormitorio
que le asignaron, se le acercó una enfermera con mejillas rosadas y
brillantes.
- ¿Me trajiste la revista? -le preguntó ansiosa.
Bastián se la entregó.
- Te la devuelvo cuando termines los remedios de hoy.
- Hecho.
Su doctor lo visitó. Era joven y despistado, según se comentaba.
Pero Bastián creía que se hacía, porque se acordaba de todo.
- Ah, trajiste otro experimento -le comentó mientras levantaba el
frasco con las hormigas sin antenas-. Yo también lo hice, pero con moscas
-le cerró el ojo.

Cuando le estaban inyectando el remedio por una vía que tenía
puesta en su mano, vio algo extraño. Del interior del aparato que estaba
conectado salió un pie, después una pierna, un brazo y la cabeza. Parecía
el hombre elástico emergiendo del soporte del suero.
Era el astronauta del cubrecama. Traía entre sus manos una piedra
verde que entregó a Bastián. Luego, como llegó se fue, doblándose en
tantas partes como podía.
El niño dejó la piedra al lado de su frasco y la observó por largos
minutos. La piedra comenzó a moverse como si tuviera vida. Con mucho
cuidado tocó la piedra y ésta se partió en varios pedacitos del tamaño de
los granos de arroz. Un pedacito cayó por el orifico que Bastián hizo en
el frasco para que las hormigas tuvieran ventilación. De inmediato ellas
cambiaron de color, se tomaron de las patas y bailaron una conga. Parecían
contentas.
- ¡Esto sí es un experimento! -exclamó entusiasmado.
Tocaron la puerta y entró el doctor.
- ¿Cómo estás? -le preguntó mientras le acariciaba la cabeza-. ¡Que
lindas piedras!
- ¿Quiere una? -le preguntó Bastián con una pícara sonrisa.
- Gracias -y tomó una pequeñita y muy verde.
Cuando la metió a su bolsillo, el pelo del doctor cambió de color
muchas veces y al irse de su habitación, sus pies se movían como si
siguieran una melodía de jazz.

Luego entró la enfermera, le revisó el remedio y le dijo:
- Gracias por la revista, me encantó el chiste de la suegra. Oye, ¡qué
hermosas piedras, parecen preciosas!
- ¿Quieres una?
Y así la enfermera dejó el dormitorio del niño con un delantal de
muchos colores, bailando un paso de Rap.
Bastián observó el soporte del suero y tuvo una idea: sostuvo una
piedrita verde entre sus dedos, la movió como si fuera un trompo, apuntó
hacia la bolsa de suero vacía y la lanzó.
“¡Plop!” sonó el plástico. De
inmediato el largo soporte metálico
comenzó a moverse y dio inicio a
unos pasos de vals. A medida que
se deslizaba como ola en el mar
cambiaba de color, de celeste a
amarillo y luego verde.
Y a ti, ¿te gustaría una
de esas piedras verdes?

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Mayo 5th, 2008 at 15:37
antonella en este momento junto amis nietas milena y maria jesus estamos leyendo tus cuentos
MILENA Y MARIA JESUS CHAO