El sombrero del Rey Tibotu


El sombrero del Rey Tibotu. Cuentos para niños

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El Rey de Tibotu tenía (naturalmente) tres hijos. El mayor se
llamaba Chapachapa, el segundo Chopochopo, y menor Chipichipi. El
rey era muy rico: poseia diez y siete sombrillas de todos colores,
un tapa-rabo verde y amarillo, muy gracioso, y un sombrero alto, tan
alto que rayaba en lo monumental. La reina, Sabihonda, usaba medias
azules y era poliglota: cuando algo le caia muy en gracia, hablaba
en chino, y cuando se enfadaba, gritaba en catalán.

El reino se componía, además de la populosa ciudad de Tibotu, de dos
islas. En una se cosechaba gran cantidad de café y había numerosas
vacas de ordena; en la otra se producía el cacao y había muy buenos
panaderos y reposteros. Las islas eran vulgarmente conocidas por
“La-isla-de-café-con-leche”, y “La-isla-de-chocolate-con-bollos”.

La familia real de Tibotu vivió feliz muchos anos; pero una noche,
el rey se comió, en la cena, todo un lechoncillo al horno, y
falleció a las pocas horas, rodeado de su mujer e hijos.

Transcurridos los nueve minutos, nueve segundos, que según el
Ceremonial de aquella Corte, hay que esperar antes de abrir el
testamento del monarca fallecido, se encontró que la ultima
disposición del autócrata era que su populosa ciudad de Tibotu
pasara a su amada esposa, y las islas del “Café-con-leche” y del
“Chocolate-con-bollos” a sus dos hijos, Chapachapa y Chopochopo,
respectivamente. En cuanto a Chipichipi, legabale su padre el
sombrero de copa.

Imagínese el jubilo de la cónyuge y de los hijos mayores, y el
enfado del Benjamín de la casa. ?Para que quería el un sombrero
viejo, sucio y de forma tan poco artística?

Invadió el animo del príncipe tal furia, que echo al suelo la
despreciada prenda y propinóle un fuerte puntapié. Pero al hacerlo,
sintió un agudo dolor en el pie, como si hubiese chocado contra una
piedra. Con mayor furia todavía, tomo el sombrero y empezó a
despedazarlo con gran coraje, pero, he aquí, que encontró, entre el
forro y la copa, algo duro, una piedra, efectivamente, mas grande
que un huevo de gallina, aunque no tanto como uno de avestruz; era
roja como la sangra de un pichón y brillaba al sol de una manera
sorprendente. Era nada menos que un rubí.

No hay para que referir la sensación que este hallazgo causo en todo
el mundo. Baste decir que todas las testas coronadas, y muchas que
no lo eran, se disputaban la posesión de tan magnifica joya. Los mas
interesados en obtenerla eran el Presidente de la Republica Inglesa,
el Gran Duque de Texcoco y Mr. Elihu P Goggles, de Paradise, Texas.
Inutil nos parece decir que este ultimo y celebre millonario fue
quien adquirió la piedra preciosa, pagando por ella diez y siete
millones de dólares en oro, y diez y siete en “Liberty Bonds”, de la
décima séptima emisión, y haciéndose llamar, de allí en adelante,
“The Ruby King”, o sea, “El Rey del Rubí”.

Por supuesto, Chipichipi invirtió bien su dinero y se dio la gran
vida. Compro un automóvil “Ford”, un perro-policía, y un Diccionario
de la Academia. En cambio sus hermanos se arruinaron: el café se
perdió, y las vacas de ordena se murieron; el cacao bajo de precio y
los panaderos y reposteros se declararon en perpetua huelga.

Y siempre que se hablaba del sombrero de copa de su difunto esposo,
exclamaba la Reina Sabihonda, en portugués:

“En todas las cosas, por despreciables que parezcan, hay algo de
valor, para el que sabe encontrarlo.”

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