El pintor

El pintor. Escritora de México.

Las bulliciosas calles de San Rzptikutnik eran igual a cualquier bulliciosa calle de cualquier otra ciudad, la gente iba y venía con prisa, enormes edificios se levantaban por encima de las nubes y miles de autos zumbaban igual que abejas en su panal; sin embargo algo era muy peculiar en San Rzptikutnik, porque todo estaba pintado en blanco y negro, lo cual hacía que la ciudad pareciera un gigantesco juego de dominó, incluso las personas sólo vestían de blanco o negro, y aunque se veían contentos, rara vez alguien sonreía, jamás se escuchaban risas, ni en los cines ni en los teatros … ¡ni siquiera en las escuelas a la hora del recreo! Si bien era cierto que los San Rzptikutenses eran gente muy educada y amable, nunca se les veía realmente felices, ni siquiera en los programas de televisión, que por cierto, también eran en blanco y negro, nada en San Rzptikutnik tenía color, y algo aún más extraño era que el cielo que cubría la ciudad siempre estaba poblado de inmensas nubes blancas que no dejaban pasar la amarilla y cálida luz del sol, pues todo se veía iluminado por una luz un tanto pálida y blanquecina.

Todo aquello le parecía verdaderamente increíble a Vin-Van Brush, un joven pintor que había quedado varado en San Rzptikutnik por mera casualidad, cuando el tren en el que viajaba se descompuso, sin embargo nuestro joven amigo pensaba que todo lo que ocurría tenía un motivo mucho más grande y profundo, razón por la cual decidió bajar su equipaje y a su fiel gatito llamado kitchen dispuesto a recorrer la extravagante ciudad de San Rzptikutnik.

A medida que avanzaba por las calles, Vin-Van Brush notó que las personas se le quedaban viendo atónitas, con las bocas totalmente abiertas y lo señalaban como si estuvieran viendo a un extraterrestre; esto asustó un poco a Vin, que pensó que tal vez tendría algún moco colgando de la nariz, por lo que de inmediato sacó un pañuelo y se limpió el rostro, pero esto sólo logró llamar aún más la atención de los San Rzptikutenses quienes comenzaron a rodearlo.
– ¿De dónde sacó eso? –preguntó finalmente un ancianito de largas barbas y brillante bastón–
–  ¿Sacar qué? –respondió contrariado el muchacho–
– ¡Eso! –dijeron todos al unísono señalando su pañuelo–
– ¿El pañuelo? … ¿nunca habían visto un pañuelo?
– Claro que hemos visto pañuelos … pero … es que … no es blanco … ni negro … ¿porqué es así?
– ¿Así cómo? … ¿quieren decir porqué es rojo?
– ¿Qué es rojo? –decían todos los lugareños completamente absortos–
– ¡ROJO NO ES NI BLANCO … NI NEGRO! –gritó entusiasmado el ancianito–
– … pues … si –decía Vin– rojo no es blanco ni negro.
– Y … su gato –preguntaba otra persona– ¿también es rojo?
– ¿Rojo? … no, kitchen es amarillo.
– ¿Kitchen? ¿Así se llama su gato?
– Si, así se llama.
– En San Rzptikutnik todos los gatos se llaman bicho o bicha … según sea el caso.
– Eso es algo extraño –decía Vin–
– … entonces ¿amarillo no es rojo, ni blanco ni negro?
–  Amarillo es otro color, como el azul, verde, violeta, anaranjado, rosa o púrpura … ¿acaso nunca habían visto colores?
– ¡Nunca! –decía el ancianito– aquí sólo hay blanco y negro.
Entonces Vin-Van Brush sacó de su maletín un montón de dibujos que había hecho en su viaje y se los mostró a la multitud, en ellos había paisajes, flores, animales, gente paseando y otras cosas que Vin había imaginado, las hojas estaban llenas de color y todo mundo se quedó absolutamente impresionado, a todos les había encantado lo que Vin hacía y todos, pero todos querían tener al joven pintor en sus casas como invitado.

Vin no quería herir los sentimientos de nadie y sintiéndose profundamente agradecido con la gente les prometió que pasaría al menos un par de días con cada uno de ellos. Así fue como poco a poco el pintor descubrió que en San Rzptikutnik jamás habían visto un cielo estrellado, tampoco sabían como reír, eran demasiado serios y se dedicaban a administrar empresas, abrir negocios y bancos, a hacer todo tipo de complejos cálculos y nunca, pero de verdad nunca soñaban, sus noches eran tranquilas pero nadie soñaba.

Vin-Van Brush pensaba que aquella gente era muy buena, muy inteligentes y cultos, pero no sabía porqué sus vidas eran así, en blanco y negro.

El pintor quería regalarles algo que los animara, así que en cada visita les obsequiaba sus dibujos y cuadros llenos de color que decoraban las paredes.

El tiempo pasaba y Vin comenzó a extrañar los cálidos rayos del sol y la inspiración de la luna y sobre todo extrañaba las estrellas, también a su familia, y supo que ya era hora de regresar a casa, pero no quería dejar San Rzptikutnik sin haber hecho algo por la gente.

Así que tomó todas sus pinturas y pinceles y se dirigió al centro de la ciudad y comenzó a pintar sobre los blancos muros de los edificios un enorme mural lleno de verdes y amarillos vibrantes que imitaban hermosas plantas, y más lejos pintó un atardecer con cientos de tonos cambiantes, y en otro muro pintó un cielo cargado de estrellas, pintó todas las constelaciones, ahí estaban las Hiadas y Aldebarán, Vega y Orión, la osa menor, las pleyades, Mizar, Aries,  Draco y cientos mas, Vin-Van Brush quería regalarle a San Rzptikutnik todos los colores del mundo, todo el brillo, toda la alegría, toda la pasión de la vida, la energía de un arco iris después de una tormenta, el abrasador calor de un verano refrescado por la brisa del mar, quería darles la alegría y el aroma de las flores, lilas, rosas, margaritas, dalias, girasoles … ¡todo! El pintor dejaba toda su alma y alegría en cada pincelada, mientras gritaba a todo pulmón :  “¡Para pintar el cielo con estrellas hay que vivir con la cabeza en las alturas, la mirada fija en el horizonte, no en el pavimento! ¡para pintar el cielo con estrellas debe uno recordar todo lo que sueña, dejarse llevar de vez en cuando por el viento, no por el paso del tiempo! ¡para pintar el cielo con estrellas, hay que saber encantar a las nubes para que adornen el cielo con sus cambiantes matices, no para que lo cubran con su escala de grises! ¡para pintar el cielo con estrellas, nada más hay que subir allá al firmamento y sentirse libre de crear todo lo que eres capaz de imaginar!”

Con aquellas palabras despertó a toda la ciudad que se apresuró a ver lo que sucedía, y mientras llegaban Vin les entregaba un pincel y les pedía que pintaran una estrella en su mural, una estrella para cada uno, niños, ancianitos, jóvenes, adultos, incluso los bichos y las bichas, todos pintaron una estrella, y, de repente, como por arte de magia las densas nubes que cubrían el cielo de San Rzptikutnik comenzaron a dispersarse abriendo paso al intenso índigo de la noche y a la luna llena que iluminaba los murales y todo cobró vida, las flores, el arco iris, todo lo que Vin había pintado había dejado de ser sólo un dibujo en la pared, se olía la lluvia y las rosas y las estrellas brillaban ¡TODAS! Titilaban, se estremecían como queriendo despegarse de la pared, hasta que lo lograron para irse volando al firmamento.

Desde entonces la vida cambió en San Rzptikutnik, ya no era sólo en blanco y negro, había risas y alegría, había gente que pintaba o escribía, que hacía cálculos y tenía bancos, gente que viajaba o cocinaba … gente que soñaba y que por primera vez se atrevía a convertir en realidad lo que soñaba … ésa había sido la magna obra de Vin-Van Brush, un joven pintor que soñaba con regalarle a la gente un trocito de la magia de la vida en cada una de sus pinceladas.

Fin

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