El mundo de Monki: Divirtiéndonos con el Yoga

niños en televisión

El mundo de Monki: Divirtiéndonos con el Yoga es uno de los cuentos infantiles sobre la televisión de la escritora Lourdes Torres. Cuento infantil sobre duendes sugerido para niños a partir de ocho años.

Juanito y Anita eran dos hermanitos que todo el día delante de la televisión estaban, cinco y seis añitos tenían, y los dibujitos adoraban, ni jugar querían, ni a sus amiguitos visitaban.

Sus padres muy preocupados estaban, pues veían que sus hijos nunca jugaban, ni saltaban ni corrían como cuando ellos de niños hacían, le trataron de explicar el juego del escondite y el pilla pilla, pero solo dos minutos duraban, enseguida a la televisión se dirigían y nada más les interesaba.

A la juguetería fueron en busca de algún estupendo y espectacular juguete que su ingenio les fomentara, pero ni si quiera lo miraban. Aburridos estaban los padres de Junito y Anita, y rendidos la televisión les dejaban que miraran durante una hora tras otra y el día así se pasaba.

Pero una noche algo ocurriría, que Juanito y Anita nunca olvidarían. Sentados estaban junto al televisor y a sus padres no escuchaban que para cenar los llamaban. Como caso alguno les hacían, la televisión apagaron y sus hijos muy enfadados gritaban y pataleaban, los platos revolotearon y la rica cena en el suelo esparcida terminaba, así fue como a su cuarto se marchaban y la cena ni probaban.

Fue entonces cuando la mamá de Juanito y Anita una petición a las estrellas realizaría, pues ella deseaba que sus hijitos jugaran y de su infancia disfrutaran. Una estrella de lo más alto del cielo a su casa se aproximaba, era brillante como la luz más intensa y hermosa y fresca como si un copo de nieve se tratara.

– ¡Buenas noches!- dijo de repente un hombrecillo que por la ventana de los pequeños brincaba,

– ¿Quién eres?- dijo Juanito sorprendido.

– Me llamo Monki el duende- dijo el pequeño hombrecillo que era tan diminuto tan diminuto que en la palma de una mano podría sostenerse. Llevaba una chistera como si de un sombrero de mago se tratara, pantalones marrones sujetos con unos tirantes y en sus manos un paraguas sostenía aunque nubes no se veían.

– ¿Qué es lo que quieres?- le preguntaron los niños.

– Vengo desde las estrella procedente del mundo de los duendes, vuestra mamá me ha llamado y en un periquete he llegado.

– ¿Nuestra mamá te ha llamado?- le volvieron a preguntar los pequeños.

– Sí, vuestra mamá miró hacia el cielo, y su mirada justo se detuvo en el mundo de los duendes, yo estaba dando un paseo por el jardín de mi casa y con claridad escuché su petición “que mis hijitos jueguen y de su infancia disfruten”, así que de un brinco a vuestra casa me dirigí.

– ¿El mundo de los duendes? ¿Cómo se llama? ¿cómo?- preguntó Anita impaciente.

– Duendópolis, y está allá en el cielo, en aquella estrella, ¿la veis?- les indicaba Monki señalando a una estrella en concreto que muy brillante asomaba en la oscuridad del cielo.

– Yo quiero ir, vamos, porfa, vamos- le insistía Anita.

– Umm, no sé, no sé- meditaba Monki- antes tendríais que aprender la instrucción del duende.

– ¿La instrucción del duende?- preguntó Juanito.

– Claro, si queréis ir al mundo de los duendes tendréis que saber cómo se comporta un duende, porque a ver, ¿qué es lo que hacéis vosotros durante el día? Contadme- preguntó Monki al tiempo que se acomodaba en un cómodo sillón de juguete de la casa de muñecas que Anita días antes había recibido como regalo y que ni siquiera había mirado.

– Pues muchas cosas- afirmaba Juanito.

– ¿Muchas cosas? Estupendo, pues contadme- esperaba Monki.

– Eh…bueno…- Juanito dudaba mientras Monki esperaba- pues nos levantamos por la mañana, bien temprano…

– Muy bien, y ¿qué hacéis?- esperaba Monki.

– Pues…bueno…nos bajamos al salón…sí…nos vamos al salón- continuaba Juanito.

– Bien, y ¿qué hacéis en el salón?- a la expectativa seguía el pequeño hombrecillo.

– Pues…divertirnos- afirmaba Anita muy convencida.

– ¡Eso está genial!, enseñadme cómo os divertís aquí en la Tierra- les pidió Monki el duende.

– Pues tenemos que bajar al salón- le explicó Juanito- la televisión está allí.

Juanito y Anita llevaron a Monki al salón y conectaron el televisor, Monki parecía muy entusiasmado, pero pasaron las horas y las horas y Monki cansado se encontraba.

– Wuaaa…- Monki se desperezaba en su pequeño sillón de juguete- ¿qué hora es?- preguntaba,

– No lo sé- respondía Anita al tiempo que sus ojos del televisor no se despegaban.

Monki sacó un reloj de mano de su bolsillo- no puede ser, no puede ser- repetía una y otra vez- ¡llevamos siete horas!

– ¿Siete horas? Eso es imposible, todavía no ha amanecido- respondió Juanito.

– Siete horas de duende- respondió Monki- los humanos contáis el tiempo más despacio, para los duendes todo segundo de tiempo es un tesoro.

– ¿Pero no te ha gustado ver la televisión?- le preguntó Anita.

– Sí, es divertido, pero solo un rato, ¿cuánto tiempo pasáis viéndola?- les preguntó Monki.

Los dos niños se miraron y ninguno sabía bien qué responder.

– Bueno…es difícil de responder…todo el tiempo que podemos- respondió finalmente Juanito.

– ¿Y cuánto es ese tiempo?- preguntaba Monki- ¿media hora humana, una hora, dos horas?

– Bueno…creo que son más…menos cuando no estamos en el colegio, el resto del día- le contestó Anita.

– ¿Todo el resto del día?- preguntó Monki con asombro- pero ¿eso cómo va a hacer? ¿no jugáis?

– No- respondió Anita con voz baja.

– Pero ¡esto no puede ser!, padecéis de indigestión sonriente- les explicaba Monki al tiempo que daba vueltas alrededor de su sillón de juguete, preocupado parecía por la situación que los niños padecían.

– ¿Indigestión sonriente? ¿Qué es eso?- preguntaba Juanito.

– Los duendes realizamos multitud de actividades, todas divertidas, pero no hacemos solo una, mientras más cosas realices más felices se nos ve presentes, pero en ocasiones algún duende se queda enganchado a alguna actividad alegre, como mi tío Gabito, que todo un día estuvo contemplando a los peces saltar, tuvimos que darle un remedio para su indigestión sonriente.

– ¿Y en qué consiste ese remedio?- preguntó Anita

– Has de llevar al que la indigestión padece hasta otra actividad sonriente, y entonces feliz se vuelve a sentir y con todos vuelve a convivir- les explicaba Monki.

– ¿Y qué fue lo que le hicisteis a tu tío Gabito?- le preguntaba Juanito.

– Muy sencillo, aprovechando que se pasó toda la noche observando a los peces y que estaba amaneciendo, le preparamos una gran fiesta en la cual le enseñamos a saludar al sol.

– ¿Saludar al sol?- preguntaba Anita muy extrañada- ¿cómo se hace eso?

– ¿No habéis oído hablar nunca del Yoga?- les preguntaba Monki a los niños que sorprendidos se habían quedado.

– ¿Yoga? Sí, mamá lo practica- dijo Anita muy contenta porque sabía a lo que Monki se refería.

– Pues nosotros los duendes saludamos al sol, pero lo hacemos con una canción alegre, ¿queréis que os la enseñe?

– ¡Sí!- les contestaban los niños muy alegres.

– Pues la canción es la que sigue- Monki se puso de pié, y haciendo piruetas con su paraguas y su sombrero su canción entonó para Anita y Juanito.

“Vamos todos juntos a cantar, nuestro sol que sale ya, nuestras manos arriba están, buenos días te decimos los que aquí presentes están, los brazos al suelo van, a la tierra tu alimento das, muchas flores crecerán y su néctar esparcirán, pierna derecha atrás, como los insectos estaremos y tu alimento recibiremos, pierna izquierda atrás, como una cobra nos moveremos y por la arena nos arrastraremos, vuelve a ver a los insectos, y pon una pierna atrás, une tus pies y ahora sube y sube y nuestras manos arriba vuelven a estar, muy contentos nos movemos y felices estaremos ya que el sol vino a vernos y con este canto le saludaremos”.

– ¡Qué divertido!- exclamó Anita muy alegre- repítelo.

– De acuerdo, pero ahora todos juntos, pues si miráis a la ventana veréis que el sol comienza a asomar y con nuestro canto lo vamos a celebrar- así fue como Monki y los dos niños comenzaron el saludo al sol, varias veces lo repitieron y Anita y Juanito tan cansados y felices se encontraban que un gran sueño sintieron. Dormiditos se quedaron y apenas despertaron, cuando mamá los llamaba para que el desayuno fueran a tomar- mis niños despertad, que el día ya llegó, hoy os habéis quedado dormidos toda la noche.

Cuando Anita y Juanito abrieron los ojos, no podían creer lo que estos estaban viendo, en su camita se encontraban y no en el salón, como ellos pensaban. ¿Cómo Monki tan pequeño hasta su cuarto los había llevado? ¿O es que quizás todo había sido un sueño?, pero de repente Anita en su sillón de juguete un sombrero y un paraguas había divisado, y sin lugar a dudas del pequeño duende ella sabía que pertenecían.

Desde aquel día, Anita y Juanito tenían un nuevo juego, y sus padres se sentían muy contentos, pero no penséis amiguitos que esta sería la única actividad que aprenderían, pues sin lugar a dudas, Monki mucho les tenía que enseñar para que escaparan de su indigestión sonriente y aprendieran la instrucción de cómo sería el día de un duende y así a Duendópolis un día pudieran visitar. Pero esa es otra historia… ¡Hasta pronto!

Fin

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