El guerrero del sol

Cuento cortos para jóvenes

Cuentos cortos para jovenes

El guerrero del sol. Cuentos cortos para jóvenes.

El guerrero del sol es uno de los cuentos cortos para jóvenes de la escritora Raquel Eugenia Roldán de la Fuente sugerido para lectores de todas las edades.

Sobre el penetrante azul del cielo se dibujaba la silueta simétrica, blanca y gris, de la pirámide de los sacrificios, iluminada por el sol del mediodía, destacándose la piedra circular, de extremo combado hacia arriba, donde ya se exponía el sudoroso pecho de la víctima.

Desde allá arriba se escuchaba, casi como un eco, la música del caracol acompasada por el huéhuetl y por las semillas que entrechocaban, atadas a los tobillos de un grupo de danzantes que sobresalían de entre la multitud por sus brillantes tocados de plumas. El ritmo de la música se hizo más vivo hasta que alcanzó el clímax, y los adoradores de Huitzilopochtli que estaban abajo pudieron ver, de pronto, refulgir el cuchillo de obsidiana que se elevó en la mano del sacerdote, mientras en la otra sostenía aún el corazón caliente y palpitante que acababa de ofrendar al dios.

Para el sacerdote era el momento más intenso de toda su carrera mística, pues una vez más, gracias a sus oficios y también al valor de los guerreros, que capturaban a las víctimas que habrían de ser sacrificadas al dios, éste podría levantarse al alba y tendría fuerzas para seguir recorriendo su camino en el cielo, un día tras otro. Al sacerdote le correspondía la misión, el privilegio, de ofrecer el agua preciosa, la sangre del sacrificio que era el único alimento digno de su dios. Estaba orgulloso de ser el intermediario entre el pueblo del sol y Huitzilopochtli; entre todos los hombres y Huitzilopochtli. Sin sus oficios el sol moriría, y el mundo con él.

En el amplio recinto de piedra del templo, abajo del teocalli y de la piedra de los sacrificios, estaban las víctimas que serían dedicadas al dios en los días siguientes. Los prisioneros entre sí casi no hablaban, apenas comentaban nada; más bien se dedicaban a pensar y reflexionar.

Sentían como un hormigueo, como dolor en el vientre: era la emoción de saber que con su carne y su sangre se alimentaría el más grande de los dioses del Anáhuac. Valía la pena ser sacrificados, recibir esa honrosa muerte y en el mundo de los muertos tener su recompensa.

Entre ellos estaba Mazatlapejquet, que quiere decir “el que caza venados”. Se llamaba así porque, cuando niño, había acompañado a su padre a cazar un enorme ejemplar de ese animal, precisamente unos días antes de que le fuera otorgado un lugar en el libro de los nombres. Ya no cazaría ningún venado ni otro animal, tampoco guerrearía más, ni siquiera vería los ojos negros de su mujer y de sus hijitos, que quedaron allá en su tierra. Pero eso era nada comparado con el enorme orgullo que significaba ser sacrificado y morir con valentía, sin exhalar un quejido en la piedra de los sacrificios. Y luego ser compañero del sol en su recorrido diario, desde el alba hasta el cenit, entonando canciones guerreras. Era el mejor modo de morir…

****

Llegaron los hombres blancos del otro lado del mar y se horrorizaron ante los sacrificios que se realizaban en los templos de los mexicas. Éstos, los hombres morenos, no comprendían por qué los blancos derramaban torrentes de sangre en los campos de batalla y en cambio hacían gestos de asco ante la que se ofrecía noblemente en el teocalli.

No se volvió a abrir un solo pecho más, no se volvió a ofrendar chalchíhuatl, agua preciosa, en honor y para alimento de los dioses. El sol moriría, eso era seguro.

Junto con los otros prisioneros, Mazatlapejquet fue puesto en libertad por los hombres blancos.

Le dijeron que podía volver a su tierra, con su mujer y sus pequeños. Pero pasaron los meses y ahí seguía, triste y dolorido. No podía regresar deshonrado y avergonzado ante los suyos, ¿qué dirían? ¿Que había sido cobarde ante el sacrificio? ¿O quizá que los dioses lo habían rechazado?

Miraba pasar los días, uno tras otro, esperando con temor que llegara un amanecer en que el sol no se levantara más, privado de su alimento. Él, aun sin quererlo, tendría la culpa y además moriría sin gloria, iría al oscuro Mictlan, el reino de los muertos.

Los hombres de largos vestidos cafés eran bondadosos, le habían echado agua en la cabeza y le hablaban palabras de esperanza. Pero no podía ser… Ellos no sabían… Ellos no comprendían…

Fue enflaqueciendo y encaneció. Una madrugada, recargado contra la pared de piedra del teocalli, no pudo levantarse. Apuntaba el alba, él vio al sol que se asomó apenas en el horizonte que empezaba a clarear, pero no pudo salir. Ese día, el sol no salió; no para él. Ahí quedó Mazatlapejquet toda la mañana, nadie se dio cuenta de que no dormía, sino que había muerto, hasta muchas horas después. Se fue tristemente al Mictlan, donde reina la oscuridad.

El sol, siempre sonriente, ese día subió triste y se cubrió de nubes al ver a Mazatlapejquet. De la nube gris que como pañuelo lo cubría, cayeron sus lágrimas por el guerrero de Huitzilopochtli, empaparon su cuerpo inerte y rodaron, escaleras abajo, por la pirámide del templo mayor.

Fin

Puedes seguir leyendo: Cuentos infantiles

El guerrero del sol es uno de los cuentos cortos para jóvenes de la escritora Raquel Eugenia Roldán de la Fuente sugerido para lectores de todas las edades.

Imprimir Imprimir

Comentarios