El delfín de Luis

El delfín de Luis

El delfín de Luis. M. Morpurgo, escritor. Perteneciente al proyecto Cuentos para Crecer. Cuento sobre la amistad entre un niño y un delfín.

Érase una vez un pequeño pueblo de pescadores donde la gente vivía feliz. Los pescadores solían salir a pescar todos los días. El mar estaba lleno de peces. Pero un buen día, todo eso se acabó. Desde entonces, las barcas quedaron varadas en la playa, el sol agrietó sus pinturas y la lluvia pudrió sus velas.

El padre de Luis era el único pescador que todavía salía con su barca. Quería a la Lola como a una vieja amiga y no soportaba separarse de ella. Cuando Luis no estaba en la escuela, su padre le llevaba con él. A pesar de sus viejas velas andrajosas, Luis quería tanto a la Lola como su padre.

Nada le gustaba más que llevar el timón o recoger las redes con su padre. Un día, al volver de la escuela, Luis vio a su padre sentado solo en el muelle con la mirada perdida en la bahía desierta.

Luis no veía la barca por ninguna parte.

— ¿Dónde está la Lola? —preguntó.

—Está en la playa —contestó su padre— con todas las demás barcas. Necesita nuevas velas y no tengo dinero. No he pescado nada en toda la semana, y si no hay pesca, no hay dinero. No podemos vivir sin dinero. Lo siento, Luis.

Aquella noche Luis lloró hasta quedarse dormido. A partir de ese día, Luis siempre iba a la escuela por el camino de la playa, porque antes le gustaba echar un vistazo a Lola.

Una mañana, iba caminando por la playa cuando vio un bulto cubierto de algas y tirado en la arena. A primera vista, parecía un leño grande, pero no lo era. Se movía, tenía una cola y una cabeza. ¡Era un delfín! Luis se arrodilló a su lado.

El niño y el delfín se miraron a los ojos, y Luis supo lo que tenía que hacer.

—No te preocupes —le dijo—. Voy a buscar ayuda. Volveré pronto, te lo prometo.

Subió la cuesta tan rápido como pudo. Cuando llegó a la escuela, estaban todos los niños en el patio.

— ¡Tenéis que venir! —Gritó Luis— ¡Hay un delfín en la playa! ¡Lo tenemos que echar al agua o si no morirá!

Los niños bajaron corriendo hasta la playa, seguidos por los maestros. Muy pronto todo el pueblo estuvo allí, el padre y la madre de Luis también.

— ¡Traed la vela de la Lola! —Gritó la madre de Luis—. Lo haremos rodar con ella.

Cuando fueron a buscar la vela, Luis se agachó al lado de la cabeza del delfín y lo acarició y confortó. —No te preocupes —le susurró—, en seguida te devolveremos al mar. Extendieron la vela y lo hicieron rodar sobre ella con mucho cuidado. Entonces, todos agarraron la vela con fuerza, y el padre de Luis gritó:

— ¡Arriba!

Un centenar de manos se levantaron al mismo tiempo y llevaron el delfín al mar. Lo soltaron en el agua poco profunda y dejaron que poco a poco las olas le pasaran por encima. El delfín chilló, chasqueó y golpeó el agua con su boca risueña. Empezó a nadar pero no parecía querer irse. Estuvo dando vueltas y vueltas en el agua.

—Vete — gritó Luis adentrándose en el mar y tratando de empujarlo—. Vete.

Y finalmente se alejó. Todos aplaudieron, lo aclamaron y lo despidieron con la mano. Luis quería que volviera. Pero no lo hizo. Como todos los demás, Luis se quedó mirándolo hasta que desapareció en el horizonte. Aquel día, en la escuela, Luis no podía pensar en otra cosa que no fuera el delfín.

Incluso le buscó nombre. «Sonrisas» le pareció el más apropiado. Cuando acabaron las clases, Luis corrió hasta la playa esperando y deseando que Sonrisas hubiera vuelto. Pero no estaba. No lo vio por ninguna parte. Sintió una enorme tristeza y corrió hasta el embarcadero.

— ¡Vuelve, Sonrisas! —gritó—. ¡Por favor, vuelve!

En ese mismo momento, Sonrisas se alzó por encima del mar y apareció frente a él. Dio vueltas en el aire antes de sumergirse con estruendo en el agua, salpicando a Luis de pies a cabeza. Luis no se lo pensó dos veces. Dejó su cartera en el suelo, se quitó los zapatos y se tiró al agua desde el embarcadero.

En seguida, Sonrisas estaba junto a él nadando a su alrededor, saltándole por encima y buceando por debajo de él. De repente Luis sintió que lo levantaba. ¡Estaba sentado encima de Sonrisas! ¡Lo estaba montando! Se adentraron en el mar a toda velocidad, Luis se aferraba al delfín lo mejor que podía.

Cuando se caía –y ocurría a menudo–, Sonrisas volvía a su lado para que pudiera subirse otra vez. Cuanto más se alejaban, más de prisa iban. Y cuando mas corrían, más le gustaba a Luis. Sonrisas dio vueltas y vueltas con Luis alrededor de la bahía y finalmente volvió al muelle.

En el pueblo, todos ya los habían visto y los niños saltaban desde el muelle al agua para ir a su encuentro. Todos querían nadar con Sonrisas, tocarlo, acariciarlo y jugar con él. Y el delfín los complacía de buena gana. Se divirtieron como nunca. Desde entonces, todos los días Sonrisas se acercaban hasta el muelle esperando a Luis para dar una vuelta con él. Y los demás niños también nadaban y jugaban con él.

Les gustaba mucho sus ojos bondadosos y su cara risueña. Sonrisas era el mejor de los amigos. Pero un día, Sonrisas no fue. Lo esperaron y lo buscaron, pero no apareció. Al día siguiente tampoco, ni el siguiente, ni el siguiente. Luis estaba muy triste y los demás niños también.

Todo el pueblo echaba de menos a Sonrisas, tanto los jóvenes como los mayores, y deseaban que volviera. Iban todos los días a mirar, pero no volvía. Cuando llegó el cumpleaños de Luis, su madre le hizo un regalo que esperaba que lo animara: una preciosa escultura de un delfín. La había hecho ella misma con un trozo de madera arrojado por el mar hasta la playa.

Pero ni siquiera eso pareció alegrar a Luis. Entonces su padre tuvo una idea brillante.

—Luis —le dijo—, ¿por qué no salimos a navegar todos en la Lola? ¿Te gustaría?

— ¡Sí! —Gritó Luis-. Así podríamos buscar a Sonrisas.

Arrastraron a Lola hasta el agua e izaron las velas. Salieron de la bahía y llegaron a alta mar. A pesar de las viejas velas andrajosas, Lola volaba sobre las olas. A Luis le gustaba sentir el viento en la cara y la sal en los labios. Había un montón de gaviotas y alcatraces, pero ni rastro de Sonrisas.

Lo llamó muchas veces pero el delfín no apareció. El sol ya se estaba poniendo y el mar alrededor tenía un resplandor dorado.

—Será mejor que volvamos —dijo el padre de Luis.

—Todavía no —gritó Luis—. Sonrisas está por aquí, lo sé.

Cuando Lola dio la vuelta, Luis llamó por última vez.

— ¡Vuelve, Sonrisas! ¡Por favor, vuelve!

De repente, el mar empezó a bullir y a burbujear alrededor de la barca como si recobrase vida. ¡Efectivamente, estaba rebosando de delfines! Parecía que había cientos de ellos saltando fuera del agua y rodeando la barca.

Uno de ellos saltó por encima de la barca justo encima de la cabeza de Luis. ¡Era Sonrisas! Sonrisas había vuelto y por lo visto había traído a toda su familia con él.

Cuando la Lola entró en la bahía, todos la vieron llegar con los delfines bailando a su alrededor en el mar dorado. ¡Era una cosa digna de verse!

En pocos días, el pueblo se llenó de visitantes, todos querían ver los famosos delfines y a Sonrisas jugando con Luis y los niños. Y todas las mañanas, Lola y las demás barcas de pescadores salían al mar repletas de visitantes encantados de pagar para poder dar un maravilloso paseo.

Disfrutaban muchísimo, se sujetaban los sombreros y se reían contentísimos cuando los delfines retozaban y jugueteaban alrededor de ellos. Luis nunca había sido tan feliz. Sonrisas había vuelto y ahora su padre tenía el dinero que necesitaba para comprar nuevas velas para la Lola. Y los demás pescadores también podían remendar las velas y pintar sus barcas.

El pueblo era otra vez un sitio donde la gente vivía feliz. En cuanto a los niños… … podían ir a nadar con los delfines siempre que lo deseaban. Podían acariciarlos, nadar, jugar e incluso hablar con ellos.

Pero sabían que solo un delfín dejaría que se le sentaran encima. Era Sonrisas. Y sabían que Sonrisas se llevaría a pasear a una sola persona en el mundo.

Era Luis.

Fin

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M. Morpurgo El delfín de Luis Barcelona: Juventud, 2004

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