Diminuto, el perrito que no quería crecer

Diminuto, el perrito que no quería crecer. Material educativo. Cuentos con moraleja. Cuentos educativos. Tema del cuento: El abandono de mascotas Diminuto era un cachorro pequeño, muy pequeño, que había nacido en una playa alejada de la ciudad. Era alegre y disfrutaba su vida en la playa, la libertad de correr por la arena y […]

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Diminuto, el perrito que no quería crecer. Material educativo. Cuentos con moraleja. Cuentos educativos.
Tema del cuento: El abandono de mascotas

Diminuto era un cachorro pequeño, muy pequeño, que había nacido en una playa alejada de la ciudad. Era alegre y disfrutaba su vida en la playa, la libertad de correr por la arena y de ir a buscar la espuma del mar y luego salir corriendo cuando le mojaba las patitas.
De todos modos, por más que su vida le gustaba, deseaba también tener una familia y una chapita brillante y lustradita colgada en su cuellito que indicara que pertenecía a alguien y no sólo a una playa solitaria.
Sus papás habían pertenecido alguna vez a una familia, pero sin saber ellos por qué, un triste día los dejaron abandonados en ese lugar y allí quedaron para siempre, solitos como muchos otros perritos, abandonados y tratando de arreglárselas como podían para conseguir alimento y protegerse de la lluvia y el frío.
Diminuto conocía esta historia que no sólo era la de sus papás, sino la de muchos perritos del lugar. Siempre había oído de todos los perros que algunos humanos se deshacían de ellos cuando crecían porque les daban mucho trabajo, comían mucho y ensuciaban mucho también. En la cabecita de Diminuto se instaló la idea de que crecer no era buen negocio para un cachorro; más, si pretendía tener un hogar. Eso le hacía pensar que tal vez, tener una familia no era la mejor opción, pero algo en su corazoncito tan chiquito le hacía sentir que lo mejor era tener una. Cuando un perrito está solo y vaga por las calles, está expuesto a muchos peligros: autos que van y vienen, gente que a veces se asusta de ellos y los ahuyenta. También están los otros, aquellos que se compadecen y les dan un plato de comida; pero son los menos.
 Un día, los papás de Diminuto fueron llevados a la perrera, un lugar no muy lindo donde van a parar los perros callejeros.
Nuestro amiguito, al verse más solo que nunca, empezó a llorar sentado en una piedrita de la playa.
Una familia que estaba veraneando allí lo vio. Tan lindo era y tan indefenso parecía, que los chicos les pidieron a sus papás llevarlo a su casa. Luego de pensarlo mucho, los padres accedieron y tomaron a Diminuto en sus brazos y lo llevaron con ellos a su casa en la ciudad.
A partir de ese momento, la vida de Diminuto cambió. Si bien ya no tenía la playa y las olas para corretear a su gusto, por nada del mundo cambiaba su vida de ahora, con mimos, caricias, cuidados y vacunas que, aunque dolieran un poquito, lo hacían más sano y fuerte. Además, ya tenía una cuchita hermosa y cómoda, sus platitos para agua y comida, y todo decía “Diminuto”. Sin duda pertenecía a una familia. Su sueño se había cumplido.
La tristeza por la pérdida de sus papás empezó a ser más pequeña, pues se sentía realmente muy cuidado y querido con su nueva familia, pero lo que empezó a aumentar fue el miedo. Se daba cuenta de que estaba creciendo, de que no siempre sería un cachorro con carita simpática y patitas pequeñas, y de que si seguía creciendo corría el riesgo de que su familia lo abandonara.
Fue entonces cuando tomó una equivocada decisión. No crecería más. Así, pensaba el perrito, si se mantenía chiquito por siempre, no correría ningún riesgo. Empezó a no comer, ni siquiera la manzanita que siempre le daban de postre y que tanto le gustaba. Su familia estaba muy preocupada porque veía que Diminuto estaba cada vez más flaquito y lo llevaron al veterinario para ver si estaba enfermito.
—Es extraño, realmente —dijo el doctor—, no veo nada malo en él, no entiendo por qué pudo haber perdido el apetito. Si sigue así se va a enfermar seriamente y deberemos internarlo.
Las palabras del veterinario asustaron un poco a Diminuto. No quería enfermarse y mucho menos ser internado, pero tampoco quería crecer, y no se le ocurría otra cosa para hacer que no comer.
Mientras decidía qué hacer, seguía con la pancita vacía. Su dueña le hacía las más ricas comidas y hasta los chicos le ofrecían sus golosinas, pero por más hambre que tuviese, no comía nada de nada.
Llegó el día en que nuestro amiguito, con su cuerpito más chiquito que de costumbre, ya casi no podía caminar y tuvieron que internarlo en la clínica de mascotas.
—No entiendo, Mami —decía llorando Juancito—, ¿por qué no come? ¿Por qué no se alimenta? Así no va a crecer nunca y no podrá acompañarme a los campamentos…
—No sé, mi amor, yo tampoco entiendo. Tengo miedo por él. Si sigue así no nos podrá acompañar a las montañas en vacaciones de invierno y tampoco podrá ir a las sierras el próximo verano. Contestó su mamá.
Diminuto escuchó la conversación y lo que oyó le gustó mucho. Era evidente que tenían planes para él, ¡incluso para cuando creciera! ¿Sería ésta una señal de que no lo iban a abandonar? Lo deseaba con todo su corazón.
Por la noche, cuando las visitas se habían ido, el doctor pasó a verlo. Se sentó y lo miró, y como adivinando lo que Diminuto tenía en su cabecita de perro preocupado, le dijo:
—Tenés que comer, amiguito. Tu familia te quiere de verdad, te necesitan grande y fuerte para que los acompañes. Si seguís así no podrás hacer nada.
Diminuto lo miraba con ojitos de empezar a entender que su familia no lo dejaría por ser más grande, cosa que, a su pesar, no podría evitar.
Pensando en el amor que siempre había recibido de los suyos, en las lágrimas de Juancito, los cuidados, las vacunas recibidas, los juegos compartidos, decidió que ya no intentaría no crecer, que dejaría que la naturaleza siguiera su curso y que llegaría a ser un perro grande y fuerte.
—Después de todo —pensaba Diminuto—, si me quieren de verdad me querrán grande o pequeño.
Y en eso tenía razón. Cuando se ama a alguien se lo ama como es y como será con el paso del tiempo también.
Así fue que nuestro amiguito empezó a alimentarse como es debido y salió de la clínica. Su familia estaba feliz, ni que hablar de Juancito.
El tiempo pasó y Diminuto creció y se convirtió en un perro muy grande. Si bien su cuerpo había cambiado y ya no era el cachorro que correteaba en la playa, había algo que se mantenía igual: su amor por la familia y el amor que la familia le tenía a él. Acompañaba a Juan en sus campamentos, a su dueña a hacer las compras, al papá a lavar el auto. El miedo se había ido para siempre. Sabía muy bien que por más que los años pasaran, nada lo separaría de los suyos. Pertenecía a una familia, así lo seguía diciendo su brillante y lustrosa chapita colgada en su cuello y si bien su nombre ya no estaba de acuerdo con su tamaño, no lo hubiera cambiado por nada, igual que a su amada familia.

Autora: Liana Castello

Hecho el depósito de ley 11.723. Derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial.

 

Para pensar y convesar con papá y mamá:

- ¿Sabías que muchos perritos son abandonados, sobre todo en verano?
- ¿Cómo pensàs que se pueden sentir ese perrito al que sus dueños abandona?
- ¿Qué harìas si encontrases una mascota abandonada?
- ¿Qué siente tu corazón al saber que se abandonan perritos y otro tipo de mascotas? ¿Lo harías cuando seas grande?


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