Copos de nieve

Copos de nieve. Escritora de cuentos infantiles de Argentina. Cuentos cortos.   Manuel era el menor de cinco hermanos. Su familia era muy  humilde. Su padre era herrero y su madre horneaba pastelitos para vender en la plaza de su pueblo. Los cinco hijos colaboraban con sus padres pues el dinero no alcanzaba. Los mayores trabajaban en […]

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Copos de nieve. Escritora de cuentos infantiles de Argentina. Cuentos cortos.

  Manuel era el menor de cinco hermanos. Su familia era muy  humilde. Su padre era herrero y su madre horneaba pastelitos para vender en la plaza de su pueblo.
Los cinco hijos colaboraban con sus padres pues el dinero no alcanzaba. Los mayores trabajaban en la cosecha, los del medio vendían los pastelitos en la plaza y Manuel ayudaba en la cocina a su madre. En realidad, Manuel quería vender los pastelillos y no pasarse el día en la cocina, pero como era el más pequeño, sus padres no se lo permitían.
Trabajaban juntos para salir adelante. No era sencillo, por más que se esforzasen. El trabajo era duro y la paga muy poca.
La pobreza, el sacrificio y las necesidades no habían logrado que Manuel no soñase, ése era un derecho que nada ni nadie podía negarle jamás.
Soñaba con muchas cosas, sobre todo con que su familia saliera de la pobreza y que todos pudieran vivir una vida digna. Que su madre no tuviese que pasar horas horneando pasteles y que los cinco hermanos pudieran estudiar.
Manuel tenía otro sueño más, entre los tantos que tenía. Deseaba con toda el alma ver nevar algún día. Algo por demás difícil cuando se vive en una zona tropical.
Cuando se nublaba o llovía, Manuel le decía a todo el mundo que seguramente luego nevaría.
No todos comprenden los sueños de la misma manera, para algunos son el pasaporte a una vida mejor, para otros pueden resultar peligrosos y portadores de futuras desilusiones.
El padre de Manuel no renegaba de que su hijo soñase tantas y diferentes cosas, es más, le parecía sano y una manera de salir –aunque fuese por un rato- de la realidad que vivían.
La madre, en cambio, no pensaba igual. Estaba muy preocupada pues pensaba qué tan grande sería la desilusión de su hijo cuando viese que la vida no cumplía sus sueños.
Una mañana, el cielo amaneció por demás oscuro. Las nubes amenazaban con una gran tormenta.
Manuel se levantó feliz, mientras ayudaba a su madre a cocinar le preguntó entusiasmado:
– ¿Qué harás mamá con el primer copo de nieve que caiga? – Sus ojos brillaban al pensar en ese momento y su rostro se iluminaba como sólo lo hacen los rostros de las personas que tienen un gran sueño en su corazón.
– Jamás nevará Manuel – Contestó firme su madre – Ya no sueñes más con ello, es inútil, mira el calor que hace. No nevará hoy y tampoco mañana ¿entiendes?
Una lágrima se deslizó triste sobre el rostro de Manuel. Sólo una. No era un niño que se dejase vencer fácilmente. Sabía que era difícil que nevase, también sabía que era difícil salir de la pobreza, estudiar, vivir sin penurias económicas, pero no era difícil soñar y no pensaba renunciar a hacerlo.
La madre apenada, secó la lágrima que Manuel dejó escapar. Tomó el rostro de su hijo con ambas manos y le dijo:
– Ya no pienses más en ello, hijito. No nevará y no te entristezcas por ello. Piensa que si cayera nieve no tendríamos ropa suficiente como para soportar el frío.
Manuel no dijo nada. No quería contradecir a su madre, pero sabía que no dejaría de pensar en ello. Eran demasiadas las cosas que no tenía, como para dejar escapar algo que era absolutamente suyo, el derecho a soñar.
Las nubes se disiparon y una vez más el sol acaparó el cielo.  Al niño no le importó, su sueño se mantenía intacto.
Al finalizar el día y cuando su padre fue a darle las buenas noches, Manuel le preguntó:
– ¿Qué harás papá con el primer copo de nieve que caiga?
– Te lo regalaré a ti hijito – Contestó sonriente su padre.
– Pero si nieva nos moriremos de frío. No tenemos suficiente ropa, ni guantes, ni gorros – dijo el niño.
– No te preocupes por ello, tu sueña, si viene la nieve, seguro traerá con ella abrigos suficientes para todos, ahora duerme- El papá acarició la cabeza del niño y se fue.
Manuel casi no pudo dormir esa noche. Su padre no se había molestado porque él quisiera ver nevar. Tal vez era posible. Quizás si existía la posibilidad de que ése y sus otros sueños se hicieran realidad.
Saber que, al menos a su papá, no le parecía mal que él soñase, le dio al niño aún más ganar de luchar por aquello que deseaba alcanzar. A veces, hasta para soñar es bueno contar con alguien que nos apoye y nos acompañe.
A la mañana siguiente, Manuel tomó una decisión. Saldría a vender él los pastelillos y le pediría a uno se sus hermanos que lo reemplace en la cocina. Les rogó a sus padres que le permitieran ser él quien vendiese la mercadería, asegurándoles que, gracias a su simpatía podría vender más.
No eran tiempos para dudar, los padres accedieron al pedido del niño y éste partió feliz con su canasta llena.
Dicen que cuando alguien desea algo con toda su alma, ese algo se hace realidad. Manuel vendió todos los pastelillos y fue por más. Así pasaba todos los días, más y más vendía. Como su madre no hacía tiempo a cocinar tantas tandas, el niño aprovechaba el resto del día par ayudar en la cosecha a sus hermanos.
Los ingresos de la familia comenzaron de a poquito a aumentar. El niño no se daba por vencido, tal vez no pudiese hacer nada por ver caer nieve, pero sí por ayudar a su familia.
Una mañana, mientras vendía en la plaza, Manuel vio un carromato enorme que pasaba por el pueblo. Era como una tienda con grandes ruedas y tirada por un caballo. Había oído hablar de la tienda ambulante de Mohamed, un turco que vendía prácticamente de todo, pero jamás la había visto. Allí estaba, frente a sus maravillados ojos, pasaban todo tipo de prendas, adornos, manteles y muchas cosas más.
Justo al pasar frente al niño, una de las ruedas del carromato se rompió. Mohamed, molesto bajó del caballo y agarrándose la cabeza, comenzó a quejarse.
Iba de paso hacia el pueblo vecino a vender una gran cantidad de mercadería que ya tenía prometida, no podía perder ese negocio.
Manuel que presenció la escena, se acercó al hombre y ofreciéndole un pastelito, le dijo:
– Tenga, coma este rico pastel, mientras llamo a mi padre. El es herrero y podrá soldar su rueda.
Sorprendido, Mohamed aceptó el pastelito y esperó. El papá del niño no se hizo esperar.
Soldó la rueda rota y ajustó las otras también. Su trabajo fue impecable y más que rápido.
Su carromato andaba como nunca antes, podría recorrer más distancias y vender más. Agradecido, Mohamed prometió al herrero que le daría más trabajo y así fue.
Comenzó a pasar todos los días con diferentes cosas para soldar, lo recomendó a otros comerciantes, quienes también requirieron sus servicios.
Una mañana Mohamed, viendo al pequeño Manuel vendiendo los pastelitos y recordando que, gracias a su gesto, él hoy vendía mucho más mercadería, se acercó al niño y le dijo.
– Has sido muy amable y generoso conmigo, quiero recompensarte, puedes elegir de mi tienda, toda la mercadería que desees, es tuya.
Manuel quedó mudo, sus ojos no sabían qué mirar primero y menos aún qué elegir.
De repente, divisó un sector de ropa de lana, estaba un poco escondido pues en aquella zona nadie compraba ropa tan abrigada.   – ¿Puedo elegir algunos gorros y algunos guantes? – Preguntó tímidamente el niño.
– Mirá justo lo que vas a elegir criatura. Nadie quiere eso, lleva en mi tienda varios años ¿Para qué quieres ropa abrigada?
– Si se lo digo, no lo entendería – contestó Manuel  ¿Puedo tomar esa ropa señor puedo? – Insistió ansioso el niño.
– Si es lo que quieres…. Tómala toda, hay suficiente para toda su familia.
Manuel agradeció inmensamente a Mohamed, quien –desconcertado- miró cómo se iba corriendo a su casa.
- Niños …. – murmuró – ¿quién los entiende?
Manuel corrió cuanto pudo por llegar a su casa, en el camino y mientras el cielo se iba cubriendo de cómplices y grises nubarrones, pensaba en cómo todo había mejorado. Ya no pasaban necesidades, el dinero alcanzaba, no sobraba, pero sí alcanzaba. Sus hermanos habían empezado a estudiar y su madre ya no pasaba el día en la cocina.
Al llegar vio a toda su familia reunida. Ninguno de ellos, excepto su papa, entendió bien qué hacía cargado de guantes, gorros y bufandas.
Manuel se apresuró a repartir la ropa entre los suyos. Se abrigó él también y como si un ángel estuviese espiando el deseo del niño, el paisaje se vistió de blanco. Increíble e inesperadamente blanco.
El pequeño no podía ni quería contener su felicidad. También ese sueño, tal vez el más extraño e imposible, se había hecho realidad. Esa nevada inusual traía consigo la certeza que no se debe dejar de soñar y que si los ayudamos, los sueños pueden cumplirse, por raros que puedan parecer.
Manuel tomó el primer copo de nieve y se lo ofreció a su padre, quien orgulloso le dijo.
– Es todo tuyo hijo, te lo mereces, te lo has ganado en buena ley.

Fin


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