El hadita y el yaguareté

bosques inafntiles

El hadita y el yaguareté es uno de los cuentos infantiles de hadas de la colección cuentos de animales de la escritora Viviana M. Pusterla  para niños a partir de diez años.

Había una vez, una hada, muy muy chiquitita, que se llamaba Cascabel. Su cuerpo tenía el tamaño de un dedo gordo de la mano, vestía un pantaloncito y una remerita de color verde, sobre la remerita siempre tenía un chalequito amarillo con lunarcitos rojos, y botitas amarillas con un cascabel en la punta. Su cabello era dorado con unos largos rulos y lo más increíble eran sus dos alitas transparentes pero según donde el sol la iluminara, parecían verdes o azules metalizadas.

Cascabel vivía en un bosque en el que había muchísimos árboles, árboles muy altos que parecía que llegaban hasta el cielo, otros un poco más bajos y otros más petisos aún, pero eso era bueno ya que los más altos eran muy resistentes al sol y a las lluvias y protegían a los más bajos dándoles un poquito de sombra y haciendo un poquito de paraguas cuando la lluvia caía muy fuerte.

Además de estos árboles, en el bosque vivían miles y miles de plantas, de todas las formas imaginables, con hojas gigantes, con mini hojitas, otras eran laaaaargas y haraganas, porque se colgaban desde la rama del árbol más alto y crecían sin moverse, hasta llegar al suelo, había plantas que de tan enamoradas que estaban de los árboles vivían y crecían abrazados a ellos.

Además había muchas flores de todas las formas, tamaños y colores.
Por el medio de ese bosque pasaba un río que cantaba muy despacito todo el día y acariciaba a las plantas que vivían en la orilla, además, le contaba cosas a los habitantes del bosque, cosas que él iba viendo y escuchando durante su eterno recorrido.

Traía noticias de los pueblos que atravesaba, de otros bosques y también mensajes de animales vecinos; y de esa forma seguía su camino hasta llegar y encontrarse con su amigo Mar.

Una de las plantas que vivía en las orillas del río era una muy grandota que parecía un plato gigante con una flor blanca de perfume dulce y rico, se llamaba Irupé, en esa planta Cascabel tenía su casita. Durante la noche, descansaba en los pétalos de la flor, y por las mañanas, después de bañarse en un pétalo que se había llenado con gotas de rocío, salía a caminar por el gran plato, hablaba con las ranas, saludaba al sol diciéndole mientras levantaba sus diminutas manitos:

-Sol, solcito, gracias por tus rayos, que nos mantienen calentitos!

El sol sonreía y le reglaba un rayo muy fuerte que le dejaba las manos de un increíble color dorado.

Con esas manos, que guardaban la energía del sol, cargaba a una varita mágica y con ella ayudaba a quien los necesitara. Por ejemplo, los monitos aulladores, cuando nacían, si eran varones eran de color negro, y eso era peligroso porque lo veían enseguida en los brazos de su mamá que era de color miel y lo podían cazar.

Cuando Cascabel se dio cuenta de eso, tocó con su varita mágica a un bebé monito y quedó color marrón clarito igual que la mamá y así, abrazado a ella, nadie podía descubrirlo.

Desde esa vez, todos los monitos aulladores, cuando nacen, sean varones o mujeres, son de color marrón, después cuando son grandes, si son varones se le pone el pelo de color negro y si son nenas les queda igual

Y así eran los días de Cascabel, levantándose tempranito, recorriendo el bosque, despertando a los dormilones, jugando con las aves, ayudando a los colibríes a juntar néctar de las flores o viajando sobre el lomo de algún otro habitante del bosque.

El juego en el que participaban todos y que más les divertía era jugar a las escondidas ya que no tenían la forma de ocultarse entre las plantas o árboles debido a los colores brillantes que tenían todos los animales del bosque, el tapir era rosado, el yaguareté totalmente anaranjado los ciervos eran blanco, las lechuzas amarillas, por eso era que se divertían tanto, porque en realidad jugaban para ver quien duraba mas sin ser descubierto.

En el bosque todos vivían felices y tranquilos

Un mañana, en las que como siempre, Cascabel caminaba por su casita, en la planta de Irupé, saludando a todos los madrugadores, observó al río que no tenía el brillo habitual ni la alegría de siempre.

-¿Qué te pasa río? No te ves bien… además te noto preocupado – le dijo Cascabel

-Es cierto pequeña amiga, últimamente me siento fatigado, como cuando comes algo y te hace mal…Y me empezó a pasar desde que en el pueblo que está más arriba tira un líquido a mi cuerpo que me quema…. no sé que será… Pero lo que más me tiene preocupado es que en el bosque que está en la otra orilla de mi cuerpo escuché explosiones y ruidos extraños, las aves y todos los animales que viven en los árboles me dijeron que perdieron sus hogares…

-No te preocupes río, voy a ir a ver qué está ocurriendo – respondió el hada.

El río siguió su camino más silencioso que nunca y Cascabel, muy triste lo saludó con su mano.

De pronto, sintió que todos los animales corrían para todos lados muy asustados, Cascabel preguntaba qué era lo que ocurría, pero nadie respondía, corrían sin saber para donde.

El hada levantó vuelo y escuchó una explosión que hizo estremecer a todo el bosque

-¡Cazadores, cazadores¡ – Pasó exclamando un búho

-¡Rápido! Escóndanse! – Gritaba Cascabel

-¡Nos ven desde todos lados! – Le respondió el búho temblando detrás de un gran tronco.

Cascabel voló rápidamente hasta el tronco y lo tocó con la varita mágica y luego tocó al búho quien inmediatamente quedó del mismo color del tronco

-¡Ya está! ¡Esta es la salvación para todos! – Exclamó alegre Cascabel.

El hadita salió volando y con su varita iba pasándola desde la altura de los árboles e iba cayendo miles de estrellitas muy diminutas que iban tiñendo a sus amigos de colores que se confundían entre las plantas, la tierra y los árboles. El tapir, quedó gris amarronado, el ciervo color tostado los loros verdes como las hojas y así todos.

Los cazadores, miraban para un lado y para otro sin entender adonde habían ido a parar todos los animales, pero de pronto, uno señala a lo lejos

-¡Por allá ¡ – Gritó el hombre con una gran escopeta en la mano. Y todos salieron corriendo apuntando con los rifles a una gran mancha anaranjada

Cascabel miró y era el yaguareté. Desesperada voló y llegó antes que los cazadores, el yaguar estaba aterrado y agotado de correr, Cascabel lo toca con la varita y… seguía de color anaranjado, el hada sacude otra vez la varita y nada. Era lógico, la energía que cargaba del sol cada mañana la había gastado pintando a todos los habitantes del bosque pero a Yaguar no le había llegado porque estaba escapando de los cazadores.

Los hombres con sus rifles ya estaban cerca, y el yaguareté cada vez era más visible, estaba arrinconado, no tenía salida.

Cascabel miró el árbol donde se encontraba acurrucado yaguareté y vio que estaba lleno de pequeñas flores de color marrón oscuro, voló hasta la parte alta y le habló a los monos que vivían allí

-¡Amigos, tenemos que salvar a yaguareté, salten con todas las ganas sobre las ramas! Los monos no tardaron ni un segundo y silenciosamente comenzaron a batir las ramas cayendo una lluvia de flores oscuras sobre el yaguareté que quedó oculto entre el paisaje.

Los cazadores detuvieron su marcha, miraron a sus alrededores, para arriba, para atrás pero no encontraron más que árboles, plantas y flores…

-Se nos escapó- dijo de mal humor uno de los cazadores– vayámonos- y con gran enojo se fueron.

Así, cuenta esta vieja historia, porqué el yaguareté tiene esas manchas tan especiales en formas de flor y porqué todos los animales se confunden con el paisaje.

Cuando vayan al bosque y vean un colibrí, mírenlo con mucha atención, porque a lo mejor es el hadita Cascabel que se disfrazó para que no la descubran.

Fin

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