La azucena y el ermitaño

azucena

La azucena no sabía cómo había aparecido en ese bosque lleno de vida donde los riachuelos circulaban sus aguas transparentes, los pájaros de distintas especies cantaban sus himnos de alabanza a su creador, a veces el viento juguetón bamboleaba a la frágil azucena pero ella en vez de molestarse se divertía y ambos eran felices.

Así transcurría su días, el viento se había hecho su mejor amigo, él le contaba las cosas que escuchaba de los humanos, ella en su inocencia no comprendía del todo a los complejos seres humanos, su tallo temblaba cuando escuchaba como los hombres destruían su propio hogar y mataban a otros seres que no eran de su especie .

─Tranquila azucena, ellos nunca descubrirán este lugar, la única forma que la encuentren es: ser puros de corazón, le decía el viento. Además es un hermoso día para preocuparnos por ellos.

Somos muy dichosos porque tenemos un sol que con su brillo y calor nos acompaña y los árboles danzan al son de mis movimientos.

─Y tú despides ese olor único que perfumas todo el bosque.

Aunque la azucena era feliz sentía que algo le faltaba y oraba todos los días para encontrar la respuesta que esperaba.

Todo el bosque se sobresaltó cuando vieron que un hombre entraba parsimoniosamente a ese paraíso vedado para humanos. Se sentó debajo de un gran árbol cerca del riachuelo y se quedaba horas y horas contemplando la naturaleza a su alrededor, le agradaba sentir el olor que despedía la azucena, el volteó hacia ella y la vio de su barba desmelenada nació una sonrisa pero ninguna palabra. Los días pasaban, los años también y el viento nunca se cansaba de advertir a la azucena que tuviera cuidado con ese humano. Por alguna razón ella no tenía miedo, sentía una paz infinita a su lado en sus largos y eternos silencios se comprendían, las palabras salían sobrando.

En todo el bosque se escuchaba sus risas estentóreas cuando la lluvia hacia su acto de presencia, todos los seres contagiados por la risas de la azucena y del ermitaño los acompañaban danzando un ritual que hacía temblar hasta el centro de la tierra.

Cuando despertó la azucena no encontró a su ermitaño, y se desesperó, lloraba amargamente, preguntó a todos los seres que veía y nadie sabía nada. Sus hojitas empezaban a marchitarse de tanta pena, fue el viento que vino en su ayuda.

─Nunca le había escuchado palabra alguna a ese hombre; pero me dijo que te avisara que él siempre estaría cerca de ti.

Ella buscó la respuesta en el fondo de su corazón y lo encontró, miró a su lado y lo vio… ¿Qué había pasado? que el ermitaño había decidido convertirse en un árbol grande para darle sombra a la azucena y no tenga dificultad con la luz directa que a veces le hacía daño. Desde entonces vemos en el camino a dos árboles juntos muy pegados uno del otro hasta el fin de los tiempos.

Fin

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