Tras las rejas

Hace siete años que vivo en este penal. Recuerdo como si fuera hoy, el día en que ingresé, creí que moriría por la noche, que no podría soportarlo, que la vida terminaba en ese momento y en ese desagradable lugar.

Creí que no resistiría estar preso por años, sin darme cuenta que hacia ya mucho tiempo que estaba preso y no por estar encerrado. Mi vida no había sido fácil y no había tenido la capacidad de barajar y dar de nuevo. Me quedé con el camino más fácil, si es que así puede decirse. Crecí en un ambiente donde había que delinquir para sobrevivir, donde hacer daño significaba defenderse y si bien la vida me había mostrado que existían otras realidades, más bellas y mejores, yo me quedé con lo que conocía.

Viví mal, muy mal, hice daño, no fui digno. Vivía huyendo, vivía escondiéndome, vivía escapando hasta que un día los planes de Dios me dijeron basta.

La policía me capturó en un asalto y como ya tenía antecedentes y de los peores, me llevaron a prisión, condenándome a muchos años de encierro.

Vuelvo a ese primer día y recuerdo una noche interminable en un calabozo pulguiento y me veo a mi mismo pensando una y otra vez cómo haría para seguir. El calabozo tenía una pequeña ventana o algo similar, con rejas oxidadas pero fuertes, por las cuales algo de aire fresco entraba en medio de ese infierno.

No dormí por varias noches, no podía adaptarme a esa nueva realidad, no toleraba la idea de haber perdido la libertad y sentirme tan solo como me sentía, con el tiempo me daría cuenta lo equivocado que estaba.

En ese supuesto encierro, mucho más que aire fresco entró por entre las rejas oxidadas de la ventana y con el tiempo aprendería que la libertad no depende de una cerradura.
Dios está en todas partes y las cárceles no son la excepción. Allí, donde el dolor es más visible, también lo es su presencia redentora.

La pequeña “ventana” con rejas oxidadas de mi celda me atraía de un modo especial, sin dudas no porque fuese bella, tampoco por su vista, tal vez comenzaba a pensar en cómo yo me parecía a esa reja que dividía dos realidades: de un lado, el aire fresco y limpio, del otro encierro y oscuridad.

Yo había sido una persona, pero comenzaba a ser otra. Había sido oscuridad y encierro y comenzaba a ser aire fresco y limpio.

Tenía tanto tiempo para pensar, sobretodo por las noches, que poco a poco fui repasando mi vida, dándome cuenta de cuánto me había equivocado. Dios pasó por entre las rejas de mi pequeña ventana y me tocó el hombro. Lo encontré donde menos hubiera pensado. Lo encontré sin buscarlo.

Comenzó a hablarme bajito. Creo que siempre lo había hecho, pero yo jamás me había detenido a escucharlo y en el silencio de mi encierro pude hacerlo.

Me gustó lo que me decía, entendí que yo me había equivocado, pero que él no me condenaba, que su piedad era infinita. Entendí que hay que hacerse cargo de los errores y pagarlos, pero en una moneda humana. Dios no nos cobra los errores, los maneja de otra manera. Nos hace pensar en cuánto mejor podemos ser, en que cuánto más buenos y generosos seamos, más felices seremos. No hay castigo divino, mi verdadero castigo había sido mi vida fuera de la cárcel, no ésta que comenzaba a asomarse.

Dios, en su inmensa misericordia, me amaba más allá de mi pasado, más allá de mis errores. Sin dudas, me amaba como nunca antes nadie lo había hecho. Me escuchaba, me ayudaba a ver todos los errores cometidos y me hacía ver que yo, aún tras las rejas, podía ser otro hombre.

Cambié tanto gracias a su compañía que poco y nada tengo que ver con ese hombre que entró al penal hace siete años.

Pude mirarme con piedad, pude arrepentirme, pude ser un buen hombre aún dentro de una cárcel.
Ahora mi vida me pertenecía sólo a mí, o mejor dicho, la compartía con el Señor, quien seguía, como el aire fresco, metiéndose tras las rejas para redimir mi vida entera.

No sé si algún día saldré de aquí y por increíble que parezca, ya no me importa tanto.
La vida puede ser muy contradictoria, yo encontré la verdadera libertad tras las rejas y aprendí que el peor de los encierros no depende de barrotes, porque está dentro de nosotros mismos.

Mirando mi pequeña ventana con rejas, aspirando el aire fresco que entraba por las rejas y con el Señor como compañía, nunca, jamás, me sentí tan libre.

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Fin

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