Negro por fuera, blanco por dentro

incendio en edificio

José Naomil había llegado a finales de los años noventa a las costas españolas a bordo de un cayuco, procedente de su infierno africano.

De su lucha por obtener la legalización, de esa hambre superlativa y de las carencias económicas, que lastraron su vida hasta su adolescencia, aún le quedaban cicatrices psíquicas por los amargos recuerdos.

A duras penas había logrado enderezar su vida y celebró con sus amigos españoles, los miembros de la O.N.G. que le ayudaron a salir del abismo de la penuria, su matrimonio con Eva López, la cooperante que aceptó casarse con él; tras superar a duras penas, una traumática ruptura sentimental con su anterior pareja y que a él le proporcionó la ansiada nacionalidad española.

Llevaban tres años casados, cuando Eva, a sus treinta y dos años dio a luz a su primer hijo, Tom, un bebé mulato precioso, y José, que tenía dos años menos que su esposa, se sintió el hombre más feliz del mundo cuando además de convertirse en padre consiguió un trabajo como conserje en un lujoso edificio ubicado en una zona muy céntrica y señorial de Zaragoza.

José era un hombre servicial y amable, un profesional que se entregaba con ahínco a ejercer con la máxima eficacia su misión de conserje y a pesar de ello observó en alguno de los vecinos del citado inmueble, una inquietante homofobia que les provocaba el hecho de que fuera senegalés, y su color de piel negro.

Esos racistas, hombres y mujeres que gozaban de una desahogada situación económica y que ejercían puestos de responsabilidad en la sociedad zaragozana, cara al exterior presumían de ser demócratas y enemigos de la discriminación de los seres humanos por su color de la piel, por su raza o religión.

Sin embargo, en su vida privada, en sus juntas de copropietarios, manifestaban abiertamente su repulsa hacia ese africano, cuyo único delito era haber nacido en el llamado Tercer Mundo, a pesar de lo cual, su cultura y educación igualaban, e incluso, en algunos casos, superaban a las de sus detractores.

José soportaba, con paciencia, algunos anónimos que encontraba en su garita de conserje algunas mañanas, o las misivas amenazantes que le introducían en el buzón. Incluso algunos niños, hijos o nietos de los propietarios racistas, llegaban a insultarle, o a burlarse de él, como si por el puesto de trabajo que ejercía, tuviera obligatoriamente que tolerar sin rebelarse, las innumerables burlas y desprecios que le dirigían.

Eva estaba irritada, avergonzada de ser la mujer de un hombre marginado. A pesar de que tenían un hijo en común y de que habían formado una familia, la mujer no soportaba ser el blanco de las burlas, de las humillaciones que no solo les dirigían sus jefes, los copropietarios del inmueble a su marido, sino también a ella y lo peor de todo, a su hijo.

José cuando subía a la vivienda, que como conserje le habían adjudicado, notaba que su esposa estaba irritada con él, hosca y por cualquier nimiedad le amenazaba con irse para siempre de casa, dejándole a su hijo, porque no se sentía madre de un niño mestizo, con los cabellos negros y ensortijados como los de su padre. Ella lamentaba haber unido su destino al suyo y seis años después de su boda, ya no estaba dispuesta a aguantar más.

Su paciencia- según decía- había llegado al límite y quería huir muy lejos, a ese mundo de blancos, donde nadie le señalaría con el dedo ni le volvería la cara por haberse casado con un hombre de otra raza. Su marido negro, su hijo mestizo, esa especie de gheto, que era para ella la conserjería, la asfixiaban y deseaba iniciar otra vida muy lejos de la raíz de su problema.

Un mediodía de abril, cuando él terminó su jornada y se fue a comprar el pan, como solía hacer todos los días, antes de subir a su piso, Eva aprovechó para romper sus cadenas familiares y huyó en el coche de Víctor, su amante, dejándole a su marido una nota de despedida, anunciándole que deseaba el divorcio y encargándole que pasara cuando terminara por la tarde su jornada laboral a recoger a su hijo Tom de la guardería.

Los meses siguientes fueron muy duros para José. Él aprovechaba el tiempo libre que le permitía su trabajo para entregarse en cuerpo y alma a su hijo.

El niño le miraba en silencio con sus bellos ojos oscuros, húmedos por las lágrimas, y ambos recordaban con tristeza a esa esposa y madre, que no pudo, o no quiso, cumplir con el hermoso papel que el destino le había asignado.

A José le resultaba muy difícil ser padre y madre a la vez. Las labores hogareñas no se le daban mal, pero sabía que un niño pequeño necesitaba de la ternura y el cariño de una mujer, de su madre.

En las noches de insomnio, especialmente tras soportar los trámites del divorcio, se sentía morir de dolor, en la cama conyugal, demasiado grande y vacía para un hombre solo.

Cuando al amanecer conseguía conciliar al fin su sueño, soñaba con esas noches felices del pasado compartido con Eva y creía sentir las caricias de seda y fuego de su ex—mujer, y el roce de su piel blanca como la leche y muy suave.

El despertar era angustioso para José, que en su desesperación utilizaba como antídoto para su depresión, el recuerdo de los besos de su madre, que el perdió, siendo muy niño en Senegal, cuando la malaria y la hambruna segaron en flor la vida de la mujer que le engendró y a la que aún añoraba.

Así se iban pasando los meses y años, aunque el dolor seguía vivo e insoportable. El único consuelo que tenía era el de aferrarse a ese hijo, que le quería, que crecía muy rápidamente a su lado y que era el único aliciente que le quedaba para seguir viviendo, en ese infierno del que esperaba algún día huir.

II

Como las desgracias nunca vienen solas, accedió a la presidencia de la comunidad don Francisco Ezquerro, un industrial metalúrgico, que vivía en el ático con su esposa, Natalia, una ex—modelo de alta costura, diez años más joven que él y sus dos hijos, Nacho y Piluca, dos niños de nueve y siete años, respectivamente; que siguiendo el mal ejemplo de sus padres, mostraban una animadversión cruel contra el conserje y Tom.

José se había convertido al catolicismo e incluso su hijo iba a la parroquia cercana a ayudar como monaguillo en las misas a don Luis, el sacerdote, un hombre de mediana edad, muy apreciado por sus feligreses, que había estado cinco años como misionero en África y que trataba de combatir el sentimiento hostil de quienes consideraban a los hombres de otras razas, seres inferiores.

Don Luís, el párroco se había entrevistado incluso con varios vecinos del inmueble donde trabajaba José, para convencerles que Dios no consideraba a ningún hombre superior a otro.

Les recriminó su proceder con el conserje al que consideraba honrado, trabajador, que cumplía con eficacia su labor y les recordó el drama personal que estaba viviendo y que ellos con su comportamiento antisocial e inhumano estaban agravando.

Pero la intervención sacerdotal no tuvo éxito y de nuevo creció el ataque indiscriminado y cruel de varios vecinos contra José, hasta el punto de que el presidente fue pidiendo firmas para echar a la calle a ese negro, que daba una mala imagen al inmueble, ya que era el único hombre de color que ejercía dicha labor en las casas del sector.

De nada sirvió que algunos copropietarios intentaran apoyar a José Naomil, presentándolo como a un hombre trabajador, y eficaz, que se desvivía por agradar a todos, que vigilaba con efectividad el inmueble hasta el punto de que no se habían cometido robos en la finca; aunque otros pisos de la zona si habían sufrido algunos expolios, incluso en el horario de trabajo de los conserjes.

Los votos más numerosos de los detractores, que los de los defensores, provocaron que se convocase una junta para los primeros días del mes de enero, una vez pasadas las Navidades, teniendo la misma como único punto del día la destitución de José, quien, dadas sus circunstancias, no lograba encontrar un puesto de trabajo, en el que pudiera ejercer su labor profesional, sin discriminación, ni mobing.

Don Luis, fue llamado al orden por el Arzobispado, ya que varios feligreses, los mismos que atacaban a José, habían protestado airadamente por la actitud que con ellos había mantenido el párroco, al defender a José Naomil, omitiendo en su acusación a la autoridad eclesiástica, la serie de burlas, humillaciones e injusticias; que ellos habían cometido contra un hombre por el color de su piel.

Como consecuencia de la misiva acusatoria de los vecinos racistas, don Luis, fue destinado a un pueblo de Teruel, a ejercer su misión sacerdotal, demostrándose una vez más que la injusticia de los poderosos puede perjudicar a quienes, cumpliendo con su labor pastoral, apoyan decididamente a los que sufren el acoso injustificado de los fuertes.

Cuando José se enteró de que iba a irse al desempleo y que el buen cura había sido desterrado por su culpa, lloró de rabia e impotencia. Sin poder evitarlo cogió el crucifijo de madera, toscamente labrado, que le regaló don Luis, para que ese símbolo del Amor le diera fuerzas para soportar la presión que le asfixiaba, y alzándolo con dolor y rabia, le increpó, diciéndole en voz alta:

— ¡Señor, Jesús! ¿Cómo puedes permitir que esos racistas se salgan con la suya?… Creo que don Luis estaba equivocado cuando decía que tú no eras únicamente el Dios de los blancos. Y si es así… ¿Por qué permites que sin motivo alguno nos destrocen la vida?

Estuvo tentado de quitar al crucifijo de la cómoda de su dormitorio y guardarlo en un pequeño arcón en el que guardaba las cosas que no utilizaba. Por vez primera su fe se tambaleó y sus escasas fuerzas se diluyeron en la nada. Comprendió que el mal es fuerte y ladino y que el bien, nutrido por la humildad, era incapaz de vencerlo, aunque en las novelas y en las películas los buenos siempre ganan a los malos.

Sintió que de no suceder un milagro, él negro, y sin amigos, después del despido iba a tener que padecer las heridas del hambre y de la marginación ¿Quién le iba a dar trabajo en el futuro si iba a ser despedido por unas personas poderosas y sin escrúpulos, que no cejarían en su empeño por destruirlo?

Si hubiera tenido que enfrentarse solo contra el mundo, tal vez no se hubiera rendido. Lo peor era que tenía que velar por Tom, su hijo, que merecía al igual que los vástagos de sus opresores, un futuro con pan y trabajo, un mundo libre, en el que hombres y mujeres de todas las razas y creencias pudieran forjarse un porvenir, acorde con su esfuerzo y capacidad.

Dos días antes de que se produjera el despido, el día seis de enero, Festividad de la Epifanía del Señor, don Luis les invitó a él y a su hijo a que pasaran por su domicilio parroquial, porque los Reyes Magos les habían dejado un regalo.

Tom cogido a su mano, con sus siete años recién cumplidos, era consciente de que a su padre algo muy grave le estaba sucediendo.

Ambos caminaban en silencio aquella mañana gris y fría hacia la vivienda del sacerdote y el niño llevaba con orgullo en su mano derecha un Spiderman que era el único juguete, que Melchor, Gaspar y Baltasar, los Reyes Magos le habían dejado, por ser el hijo de un conserje negro y marginado, mientras que los niños engreídos y repelentes de la casa, que se burlaban de él, de sus ropas modestas y hasta de su piel color chocolate, le mostraban para humillarle los juguetes más caros e innovadores, entre ellos la wii y la play station, que él también incluyó en su carta, pero que los Reyes no quisieron traerle.

En la vivienda del sacerdote recibió un barco pirata precioso, con sus bucaneros prestos al abordaje. Tom se quedó boquiabierto, pensando que tal vez al cura, por ser quien era, le habían hecho más caso que a él en sus peticiones a los Magos.

— ¿Te gusta Tom? —le preguntó el sacerdote que sentía el tener que prescindir de la ayuda en sus celebraciones, de un monaguillo tan activo y cariñoso, pues ya estaba haciendo las maletas para incorporarse a su nueva iglesia turolense.

— ¡Mucho, padre…mucho! Y sus lágrimas de agradecimiento humedecieron sus ojos negros.

—Y a tu padre también le han dejado este bonito regalo.

Era una Biblia encuadernada en piel, algo desgastada por el uso. José se quedó mirando a los ojos a ese sacerdote que le había convertido al catolicismo y que por defenderle a él, el más humilde de las ovejas de su redil, había tenido que soportar un destierro a una parroquia en la que tendría que comenzar, desde cero, su labor pastoral.

—Fíjate, José, si son sabios los Reyes Magos, que te han regalado la misma Biblia que evitó, tras leerla con interés, que mi fe se diluyera como un azucarillo en el agua. Yo tuve una decepción, una grave crisis religiosa, cuando iba a ser sacerdote y estuve a punto de aplastar con furia, enfadado con Cristo, como tú lo estás ahora, esa vocación que sentí desde niño.

José le miró con los ojos húmedos, con el semblante y abatimiento de un perrillo apaleado. Cogió la Biblia, la besó y después abrazó a ese párroco, que había sacrificado su carrera sacerdotal por ayudarles.

—Tú cree en Él, José. Y por el niño no te preocupes, ya tengo a una familia dispuesta a acogerlo temporalmente en un hábitat grato, sin carencias, ni discriminaciones. Te aseguró que será un niño feliz, que podrá estudiar y siguiendo tu ejemplo labrarse el porvenir que merece.

— ¡Yo no quiero abandonar a mi hijo! Bastante ha sufrido con la huída de su madre, que no ha querido aceptar la patria potestad de su hijo que la Ley le concedía. Sin él, no tendría fuerzas para resistir lo que se me avecina.

— Será una solución provisional. Los servicios sociales con los que he hablado han informado a la familia Cebollada, a Jaime y Elisa, que no tienen hijos, de que podrán disfrutar de la compañía de Tom durante unos meses, posiblemente unos años, aunque tú siempre tendrás derecho a visitarlo cuando quieras. Nadie te arrebatará tus derechos de padre.

José trató de resistirse a lo irremediable. No obstante al ver como el niño le abrazaba y le mostraba, que estaba dotado de una madurez impropia de un niño de tan solo siete años, al aceptar, con resignación, la propuesta del sacerdote, se encogió de hombros y le agradeció una vez más a don Luis, su único amigo, su valiosa ayuda. También le prometió que leería esa Biblia para evitar que el escaso caudal de fe que le quedaba, se secara definitivamente.

El sacerdote iba a partir a su nuevo destino a principios de la próxima semana, en el ecuador de enero. Pero antes se produciría el temible despido y la separación del padre e hijo.

Cuando se fueron y se quedó solo, don Luís, se puso a rezar con devoción pidiéndole a Cristo una señal, esa mínima muestra de la Misericordia Divina, que de nuevo él, muchos años después, le estaba demandando.

III

El día de la junta vecinal las argucias de Francisco Ezquerro y los copropietarios afines a su homofobia irracional lograron hacer valer su acoso a José y se sintieron muy satisfechos de anunciar el despido de su conserje, que sería sustituido por Agustín, un primo segundo de su esposa Natalia, que quería abandonar el pueblo oscense, donde vivía, para residir en Zaragoza.

Saltándose de nuevo la legalidad, le dieron a José tres días de plazo para abandonar su vivienda y el finiquito. El hombre vencido por el desánimo, al día siguiente, acudió con su hijo Tom, llevando las dos maletas viejas en las que guardaba sus ropas y juguetes a la casa de los Sres. Cebollada donde les esperaba don Luis, que ejercía así su última labor pastoral en esa parroquia, acompañado por Manuela López la asistente social.

Tanto Jaime, que era un comerciante textil, como su esposa Elisa, eran unas personas encantadoras. Al parecer colaboraban activamente con las obras sociales de la parroquia y deseaban compartir su status desahogado y el cariño fraternal, que no habían podido darle a un hijo propio, con Tom, esa criatura a la que su destino había sumido en el desamparo.
José tras concluir el protocolo y después de abrazar a su hijo y prometerle que volvería a verle muy pronto, para no separarse nunca más, se despidió de los benefactores, de la asistenta social y de don Luis, que emocionado le bendijo, deseándole que el Cristo de todos los hombres, sin distinción de razas ni creencias, le mostrara el camino de la supervivencia, alumbrado por la luz de la fe y del perdón a los que tanto daño les habían hecho

De nuevo José sintió, al dejar a su hijo, que iba de nuevo, aunque esta vez en solitario, embarcado en un cayuco rumbo a un destino incierto, navegando a la deriva por las peligrosas aguas de la miseria y de la injusticia.

Conservó las fotos de su hijo, desde su más tierna infancia hasta la actualidad, en un álbum del, que pasara lo que pasara, jamás se separaría. Esa cara hermosa, y esos ojos negros siempre tristes, serían los faros que alumbrarían su esperanza.

Se fue a casa, ahora más inhóspita por la ausencia de su niño, y se acostó, llorando de rabia e impotencia, sin desnudarse.

La casa estaba fría pero no le importaba. Más dificultades había soportado en su vida y pensó que el simple rigor climatológico no podía causar más dolor, ni perjuicio, a su cuerpo dolorido por los desprecios y la xenofobia, por la maldad de quienes echaban muchos euros en el cepillo durante las misas, de cara a la galería y que cuando nadie les veía olvidaban su catolicismo y hundían en la desesperación a los desgraciados, como él, que no podían defenderse de sus ataques.

A la mañana siguiente, José fue a hablar con un señor que le alquiló una habitación humilde y sucia en un piso patera, ubicado en el Casco Histórico zaragozano, en el que por trescientos euros al mes, iba a malvivir hacinado junto a tres familias de africanos, como él, muchos de ellos sin papeles.

Cuando dio la señal al propietario, un viejo avaro de mala catadura, se dirigió a las Oficinas del I.N.E.M. para solicitar su subsidio por desempleo.

Volvió después de comer en una taberna lóbrega a su casa y estaba preparando su modesto equipaje, para dejar la vivienda libre, cuando escuchó unos gritos de auxilio en la escalera.

— ¡Fuego!…¡Fuegoo! —gritaba una voz femenina angustiada.

— ¡Llamen a los bomberos! ¡Hay mucho humo en la escalera!— exclamaba un hombre asustado
José dudó un instante antes de actuar. Sabía que ya le habían cesado en su trabajo de conserje. Ahora ya no estaba, por culpa del vecindario, y especialmente por la de Francisco Ezquerro y su familia, obligado a proteger a ninguno de sus exjefes. Le bastaba con salir a la calle y escapar del incendio.

“¡Qué se vayan al cuerno esos miserables racistas! Yo no tengo que preocuparme por nada, como si se quema toda esa gente y esta maldita casa, de la que me han echado como un paria sin derechos, como a un perro sarnoso” —pensaba él, mientras que provisto de una toalla humedecida en agua, intentaba llegar a la calle, al estar ubicada su vivienda en el sótano del inmueble.

Cuando se encontró a salvo, vio a varios vecinos que tosiendo unos, y medio ahogados, otros, miraban al ático donde al parecer se había originado el fuego, por causas desconocidas. Numerosos espectadores contemplaban como una señora envuelta en una bata rosa gritaba pidiendo auxilio.

— ¡Es doña Natalia la del ático! —exclamó José al reconocer envuelta en humo y con las llamas saliendo de su piso, a la esposa del hombre que le había destrozado la vida, separándole de su hijo.

Muchos miraban y comentaban el suceso. Todos esperaban inmóviles a que llegasen los bomberos y las ambulancias. José recordó que todos, hasta esos bastardos, eran sus hermanos —según predicaba en sus sermones el Cristo de todos los hombres y mujeres, sin excepción.

Dejándose llevar por los impulsos de su corazón y cogiendo la toalla húmeda que portaba se lanzó escaleras arriba, con esa agilidad que había adquirido en Senegal, en su juventud, ya lejana y ascendió, pese al humo intenso los escalones de dos en dos.

Poco después, fatigado, llegó a la puerta del inmueble que estaba entornada y al atravesar el dintel, tropezó con el cuerpo de un niño, Nacho, que había caído desvanecido cuando estaba a punto de salir al rellano, por culpa del humo que había inhalado.

Lo cogió entre sus brazos y salió a la escalera. Se encontró con dos vecinos que le habían seguido y les entregó el cuerpo de Nacho. Había salvado a uno de los que se burlaban y humillaban a Tom, desde su prepotencia superlativa, heredada de sus padres.

Los vecinos que se encontraban en la escalera le dijeron que no se introdujera en la vivienda pues las llamas se habían apoderado del ático, convertido en una trampa mortal.
José sin pensárselo dos veces volvió a entrar en el piso de sus mayores enemigos. Se encontró un espectáculo dantesco. Consiguió a duras penas abrirse paso entre el humo y las llamas y alcanzar el balcón. Natalia, se quedó helada al ver que el hombre que iba a salvarle la vida, era la víctima inocente de sus maldades.

José la miró y con gesto autoritario la cogió entre sus brazos. Hacía un calor insoportable. Notaba que el humo le cegaba, le tejía una coraza asfixiante en sus vías respiratorias, ya que la toalla se la había prestado a Natalia.

Cuando ambos llegaron al rellano, Natalia se encontró con su hijo y le rogó que le salvara a la niña y a su marido. Los bomberos dada la magnitud del incendio no podrían llegar antes de que se consumara la tragedia.

Los vecinos, un grupo que se encontraba auxiliando a la madre y al hijo, rescatados por José, trataron de impedir que el exconserje volviera a intentar la locura de salvar al resto de los habitantes de ese piso calcinado.

José extenuado consiguió entrar de nuevo, y se encontró en un rincón de su dormitorio a Piluca, que al oír ruidos comenzó a gritar pidiendo auxilio.

Tras unos minutos angustiosos José y Piluca se hallaron en el rellano. Alguien le prestó una sábana mojada y una toalla empapada en el líquido elemento para que pudiera reponerse de su esfuerzo sobrehumano.

— ¡Salve a mi marido!…¡Se lo ruego!…Será gratificado…¡Se lo juro!…

José estaba quemado, sentía dolor y asfixia. Había hecho un gran esfuerzo y lo lógico era quedarse quieto, esperando a los profesionales del salvamento. Su cupo de heroicidad ya lo había cubierto con creces salvando a esos tres enemigos odiosos, a los que con su valor había librado de la muerte.

Hasta el rellano llegaba el ulular de las sirenas de los bomberos. De un momento a otro esos hombres esforzados y valientes, esos ángeles del fuego entrarían y apagarían las llamas, aunque tal vez entonces ya habría muerto Francisco Ezquerro, el presidente de la comunidad y el máximo responsable de sus desdichas.

“Déjalo que se queme como un cerdo” “Él te ha mandado al infierno, solo porque eres negro. No te juegues la vida por él”.

José pensó que el odio no es bueno, que él no podía quedarse impasible mientras un ser humano, aunque fuera tan despreciable como Francisco, podía morir.

Musitando una oración y con un último recuerdo hacia Tom, su hijo, volvió a entrar en ese piso convertido en una auténtica pira de fuego y humo.

Cuando al fin llegaron los bomberos y penetraron en el inmueble lograron sacar a Francisco Ezquerro desvanecido y a José Naomil, muerto.

Lo llevaron al tanatorio y Francisco Ezquerro se hizo cargo de todos los gastos de su entierro. El presidente volvió a encabezar una propuesta a la alcaldía de la ciudad, pero esta vez para que le pusieran, a título póstumo, la medalla al heroísmo a ese negro que había sido capaz de poner, siguiendo el ejemplo de Jesús, la otra mejilla a los que le golpeaban.

Al solemne funeral de ese emigrante sin futuro, oficiado por el arzobispo de Zaragoza, acompañado por varios sacerdotes entre los que se encontraba don Luis, asistieron altos cargos del Gobierno de la Nación y la noticia fue transmitida a través de los informativos españoles e internacionales.

Las altas jeraquías de la Iglesia zaragozana recibieron una carta en la que Francisco Ezquerro y los que le habían acompañado en el acoso y derribo a don Luis, confesaban que sus acusaciones contra el sacerdote eran falsas y que deseaban que siguiera en la parroquia, ya que su labor era muy positiva y loable. A la vista de la misiva se canceló su traslado.

El entierro de José fue multitudinario y los Cebollada manifestaron su deseo de adoptar legítimamente, aunque tuvieran que luchar contra toda la burocracia del mundo, a Tom, con el que se habían encariñado y al que consideraban su hijo.

Días después del sepelio, don Luis se dirigió a la casa de la familia Cebollada, invitado a comer por Jaime y Elisa, los futuros padres adoptivos de Tom. También se encontraba presente Manuela López la asistente social.

Don Luis habló del heroísmo y bondad de José, del ejemplo de generosidad y de amor cristiano que había demostrado al dar su vida por su verdugos. Cuando los comensales hicieron un brindis por el héroe, que era “Negro por fuera y blanco por dentro”, Tom salió del comedor llorando y se dirigió a su dormitorio. Elisa, como una buena madre se excusó y marchó presurosa en pos de su hijo.

Entonces al darle al párroco la enhorabuena por haber evitado el traslado a otra iglesia, éste exclamó:

—No me la den. Me vuelvo a misiones. Aquí las ovejas ya no necesitan a este pastor. Regreso a los desiertos, y a la hambruna. Allí hay muchos hombres y mujeres limpios de corazón como José y tengo que prepararlos, para que en un futuro, cuando lleguen al “Primer Mundo”, a este falso y civilizado paraíso, no sean devorados por las alimañas. Ellos también deben saber que Cristo ama a los hombres y mujeres de todas las razas y creencias.

Puedes seguir leyendo: Cuentos infantiles

Fin

Imprimir Imprimir

Comentarios