Las huellas de las sandalias

Historias de vida para reflexionar

Diez años de sentencia merecieron pagar un delito absurdo de irreflexión en los años más tempranos de su juventud. Años de cautiverio y abandono en los que conoció lo bajo y a su vez, lo bueno de la humanidad.

Años en los que mantener esa convivencia diaria deja huellas muy profundas en cuerpo, los que también lograron germinar semillas secas, muertas sembradas en su corazón mucho tiempo atrás, dando un significativo giro a su existencia, contra lo que era fácil augurar sería su destino después.

Entonces supo que en cualquier parte por vil que parezca, la luz del espíritu marca la diferencia entre la oscuridad y la noche.

Apenas aparece en sus recuerdos el muchacho pretencioso, libre que era entonces, de rasgos infantiles además de físicos, de carácter y comportamiento. Se miró entrando a la vida como un potro a un campo de competencia ecuestre donde los obstáculos eran cada vez de más alto riesgo y por lo mismo de mayores emociones, siendo la ansiedad por demostrarse hasta donde podía llegar, más grande.

Esa vez, la motivación eran unos ojos de retador e insinuante mirar, casi ocultos entre el mechón verde de la chica que iba a su lado. Pisó el acelerador. El motor emitió el sonido que desata la velocidad en el coche y la sangre en las venas. Escuchó los otros motores bufando con igual impaciencia.

A la señal indicada, la nave libre del freno se deslizó como una flecha por la solitaria avenida alcanzando la meta antes que nadie. Así era siempre, en los arrancones clandestinos no tenía rival.

Eso lo llevaría a tratar de brincar aquel otro obstáculo. El que representaba un nivel más alto de peligrosidad; su insatisfacción no tenía límites, participaba en cualquier evento que tuviera tintes suicidas, hasta que llegó a la imprudencia mayor de su vida. Desafiar a la autoridad y a la propia muerte, ya una constante en él, sin embargo, este reto prometía un cambio de emociones muchos grados arriba de los ya probados.

Veinte años y se arrogaba ante la vida con el estatus de un viejo con las mayores experiencias que nadie de su edad, como tanta soledad y vacío dejaron los mechones verdes, rojos, azules que invadieron su espacio deteniéndose unas horas, unos días, sin dejar ningún recuerdo preciso. Todo era un hastío ya antes de aparecer aquel reto que lo llevaría a participar en una aventura considerada por él, realmente de hombres.

– Esto solo tiene que durar cuarenta y cinco segundos, no más, para que la sorpresa sea efectiva y la tensión no decaiga. El éxito depende de la precisión y sangre fría de cada uno de nosotros. Tengamos en cuenta que esto sí es cosa de vida o muerte. –Dijo el dirigente a los participantes.

Todo salió tal como lo habían concebido. Cuatro naves de la misma potencia a una distancia invisible para el otro, en cuatro diferentes calles que cruzan entre sí. El juego consistía en atravesarse uno al otro, con solo una fracción de segundos de diferencia en un arrancón a la máxima velocidad. No suena mórbido, nada extraordinario, pero da el mismo efecto que el juego suicida de “la montaña rusa”.

–Es la manera más bruta de arriesgar la vida, – le dijo su padre en uno de esos raros encuentros que sostuvieron desde que nació, sin ningún sabor a regaño ni consejo. ¡Aléjate de eso antes que sea tarde! – Más bien con sabor a un mal augurio de alguien ajeno, por eso entró y salió de sus oídos a la misma velocidad con que conducía su coche, en esta ocasión dándole caza un par de patrullas. No era la primera vez que terminaban el arranque con intervención policiaca, un poco tardía pero con ímpetus muy agresivos. Ya les habían puesto el dedo y esto le daba mayor disfrute al evento.

Se introdujo a través del portón que lo esperaba abierto con cerrado automático detrás, quedando como una inocente fachada de un almacén comercial cualquiera, por donde pasaron minutos más tarde un sin fin de destellos cegadores de luces rojas, amarillas y azules, completamente despistadas.

Condujo hasta el nivel subterráneo para encontrarse con sus compañeros que llegaron uno a uno después de dar múltiples vueltas con silenciador de motor y faros apagados para embaucar a sus perseguidores. Ahí acordaron efectuar otro encuentro lo más inmediato posible. No querían dejar enfriar el entusiasmo de los millones de seguidores de Internet. El portal que habían abierto estaba en la cima. Su clandestino juego suicida levantaba día a día más apuestas, unas a la muerte, otras a la captura. Burlar a las autoridades cambiando de avenidas constantemente se había convertido en un fastidio para el jefe de gobierno.

Esa afrenta ya era del dominio público y no lo iba a tolerar más. Dio la orden irrefutable de acabar con eso de una vez por todas. La orden se cumplió después de tres eventos más que dieron tiempo de preparar con astucia su plan, simulando dejadez y complacencia permitiéndoles realizar su último juego.

Era necesario para que sus coches provistos de las cámaras de video conectadas a Internet y las que ellos mismos habían colocado filmaran el arranque y la intervención de la autoridad. Cuando los chicos se percataron de la presencia policiaca, no había marcha atrás, ni escapatoria alguna. Los estaban esperando con barricadas de patrullas formadas de sorpresa en todas las calles a la redonda.

Ese video fue el más visto y comentado en las redes y le dio la vuelta al mundo.

–Si no maduró afuera, le daré la oportunidad que madure ahí dentro”, contestó su padre a la visitación del abogado defensor que luego se convirtió de oficio, abandonándolo a su suerte.

Diez años de castigo impuestos a una culpa menor, se inclinaban más a la advertencia y represión de futuros infractores que la punición al delito en sí. Diez años reducidos a siete por maniobras permitidas en las leyes y buena conducta y éstos por obra y gracia de la suerte quedaron a lo largo del tiempo, en cinco. Un repentino día, se introdujo hasta su celda el abogado de su defensa anunciando la obtención de su libertad y después de agotar los trámites de rigor para abandonar el recinto, calzó las sandalias y tomó el camino a pie, menospreciando el coche con su padre adentro que lo esperaba.

Desvió los pasos de la ciudad al campo. La intensa luz sobre la vegetación afloró en su memoria recuerdos de la niñez, los más dignos de evocar antes que lo abandonara quién le dio la vida a causa de la muerte, la misma que desafió infinidad de veces, teniendo de respuesta la ofensiva indiferencia que igual mostraba su padre para él.

En un remanso mental se miró corriendo en la pradera junto a su perro fiel y a la risa del niño de ese entonces enlazada a la bella voz de su madre. El ladrido del perro en su recuerdo, lo volvió al presente con la imagen de un monasterio Franciscano, lugar a donde iba. Lo había vislumbrado tantas veces después de conocer su existencia y aceptar de corazón su destino, que ya era parte de su vida.

En ese recinto edificado entre rocas blancas en un claro del bosque, lo esperan con amor desde hace tiempo. Levantó el ruedo de la túnica en un ajuste del cordón a la cintura y con la mano firme en el callado, apresuró el paso, dejando detrás las huellas de sus sandalias.

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Fin

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