Helena y los “mejores”

MARIA BULLON Y LIANA CASTELLO

Helena es una niña preocupada por hacer muy bien las cosas.

Sus padres son muy exigentes con ella y se preocupan porque sea la mejor alumna, la mejor deportista, quien cante mejor en el coro y un montón de otros “mejores” en cualquier tarea.

Helena juega poco porque no le queda mucho tiempo entre clase y clase. Estudia mucho para el colegio, va a canto, hace deportes, todas actividades hermosas y muy buenas, pero le falta tiempo para jugar, algo también muy importante cuando se es niño.

No es que Helena no quiera… ¡claro que quiere! Pero cuando les pide a sus padres permiso para ir a jugar con sus amigos, siempre encuentra respuestas tales como: “Estudia un poco más y luego vas”, “¿Estás segura que has terminado toda tu tarea?”, “Ensaya otra vez para el coro y luego vemos”. Lo cierto es que nunca queda tiempo para que la pequeña se divierta.

Esta situación también le ocasiona problemas con sus amigos, ellos no pueden entender que jamás pero jamás pueda hacerse un ratito para jugar con ellos.

Hasta que un día, Helena se despertó con más ganas de jugar que nunca, con más ganas de compartir un momento divertido con sus amigos y entonces tomó una decisión. Haría todo más temprano, se esforzaría el doble para terminar con sus tareas antes de lo habitual y de ese modo, sus padres no tendrían excusa alguna para no dejarla ir a jugar.

Y así fue, a media tarde Helena había ensayado ocho veces la canción del coro, hecho toda la tarea, había ido a practicar deportes y sus padres –sin muchas ganas por cierto- la dejaron ir a jugar.

A esta altura del cuento tal vez ustedes piensen que los padres de Helena eran malos porque no la dejaban jugar, pues no, de malos nada de nada. Estaban equivocados en algunas cosas. Sus papás creían que la niña debía cumplir con sus obligaciones y dejar el juego para cuando se pudiese, si es que se podía, olvidando que para un niño jugar es imprescindible y debería ser tan “obligatorio” como comer, hacer la tarea y respetar a los demás.

Pero bueno sigamos con la niña:

Ese día Helena fue feliz a la plaza y más feliz aún la esperaba su grupo de amigos. Decidieron que jugarían a las escondidas. La pequeña estaba emocionada, casi no recordaba cómo se jugaba pero de pronto lo recordó a la perfección.

También recordó a sus padres y pensó en qué le dirían ellos: sin dudas que debía ser la mejor, que tenía que esconderse mejor que nadie, que buscar el mejor escondite de todos y nuevamente otros muchos “mejores”.

Helena buscó y buscó y buscó, tenía que encontrar el mejor lugar, el lugar perfecto, el menos pensado y lo encontró.

Pasó un ratito y nadie la encontraba, Helena estaba de lo más divertida. Pasó más tiempo y seguían sin encontrarla y Helena seguía sonriendo. Siguió pasando el tiempo y sus amigos se habían cansado de buscar y además estaban muy preocupados porque no aparecía. Helena se aburría en su escondite, ya no estaba tan segura de haber tenido una buena idea.

Pasó tanto tiempo que la pequeña se quedó dormida. Al despertar un tumulto de gente se encontraba a su alrededor.

La madre lloraba, el padre la abrazaba al tiempo que maldecía la hora en la que la había dejado salir a jugar. Sus amigos estaban felices porque había aparecido, algunas vecinas consolaban a los padres, otras los criticaban por descuidar a su hija y la pobre Helenita no entendía nada de nada.

-Si te hubieses quedado estudiando nada de esto habría ocurrido-decía el padre.

-¿Qué ocurrió?-preguntaba la niña sin entender nada.

Le contaron entonces que como nadie la encontraba y pasaba y pasaba el tiempo, los amigos –preocupados-habían ido en busca de sus padres y que tanto ellos, como los vecinos habían colaborado en la búsqueda, con el revuelo que todo ello había generado.

-¿No podías esconderte en otro lugar más sencillo? ¿Hacía falta esconderte tan bien y que nadie te encontrase?-preguntó la madre.

Helena miró a sus padres y les dijo:

-Jugué como ustedes me enseñan siempre, a que en todo debo ser la mejor, llegar más lejos que los demás, sacar las mejores notas, aunque eso signifique no jugar. Busqué el mejor lugar, el mejor escondite, para ser quien jugase mejor a las escondidas, deberían estar orgullosos.

Por primera vez, los padres de Helena entendieron que su forma de ser y de exigir a su pequeña no era lo mejor precisamente, que se puede y se debe buscar ser bueno en lo que se hace, pero que no siempre tiene que estar acompañado del firme propósito de ganar o sobresalir del resto.

Si la niña hubiese jugado para divertirse y nada más, nadie hubiera pasado un mal momento, pero Helena jugó como sabía, como siempre habían sido sus reglas y resultó poco divertido realmente.

A partir de ese día, Helenita siempre tuvo un rato para jugar todos los días y así su vida y la de sus papás fue “mejor” porque todos fueron mucho, pero mucho más felices ¿Hay algo “mejor” que eso?

Fin

Todos los derechos reservados por Liana Castello.

Ilustración de María Bullón
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Face: DejArte Huella F B

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