El refugio

Cuentos espirituales sobre hogares

El refugio. Cuentos espirituales sobre hogares.

El refugio es uno de los cuentos espirituales sobre hogares de la escritora Liana Castello. Cuentos sugerido para toda la familia.

Los días lunes se había establecido una hermosa costumbre entre un grupo de mujeres cuyos hijos asistían al mismo curso. Cada lunes, antes de la hora de salida, las mujeres se reunían a charlar en un café situado en la esquina del colegio.

No todas eran amigas, pero tenían una relación cordial y armoniosa. Cada lunes charlaban no sólo de sus hijos y el colegio, sino también de sus propias vidas.

Había una mujer llamada Silvia cuyos relatos provocaban en Julia una fascinación especial. Silvia siempre hablaba de su familia. Contaba que tenía cuatro hermanos con los que se llevaba muy bien, muchos sobrinos, cuñados, suegro, madre, en resumen una gran familia.

Julia no estaba acostumbrada a escuchar que una gran familia se llevase tan bien, que se divirtiesen juntos grandes y chicos, jóvenes y niños. Algo en los relatos de Silvia conmovía el corazón de Julia.

Silvia contaba que solía reunir a todos los suyos, que eran muchos, en la casa que tenía en las afueras de la ciudad. Su sonrisa al contarlo y la expresión de sus ojos, daban una clara señal que esos encuentros tenían una magia especial, una magia que a ella y a los suyos los hacía muy felices.
Aún en los peores momentos, esa gran familia seguía reuniéndose en aquella casa de campo que para Julia se había convertido en un lugar encantado.

Trataba de imaginar esa casa que no conocía donde se respiraba amor, risas, consuelo, calidez, fraternidad. En la imaginación de Julia, esa casa tenía que ser muy cálida. La imaginó de ladrillos, techo de tejas, puertas y ventanas de madera con bellas cortinitas decoradas con flores.

Estaba segura que tendría un hogar con leños donde esa familia se cobijaría en invierno, sillones grandes, alfombras tibias, luces de cálidos colores. Sí, sin dudas esa casa tenía que ser de esa manera.

Para Julia ésa era la imagen de un refugio, algo similar a las casitas de los cuentos que leíamos de pequeños, casitas donde los personajes se sentían seguros, a salvo de todo lo malo, sólo por el amor que se tenían.

Una tarde Silvia propuso a las demás mujeres pasar un domingo en aquella casa y Julia no podía creer que finalmente fuese a conocer ese acogedor refugio que tanto había imaginado.

Ese domingo y a medida que se iba acercando a la casa de campo, Julia pensó que había equivocado el camino pues el aspecto de la casa en nada se parecía a lo que ella había imaginado.

La casa era la correcta, no había error y un halo de desilusión se instaló en ella. De afuera la casa era de formas cuadradas. No había madera, ni techos de tejas, era muy moderna “demasiado” pensó Julia para lo que ella había imaginado. Cuando entró, corroboró que una cosa era lo que ella había ideado y otra muy distinta la realidad. No había cortinitas con flores, ni cálidas alfombras, ni madera, nada de lo que ella había imagino. La casa era hermosa por cierto, pero en ella prevalecían los colores fríos, el metal, el vidrio, sin dudas, en nada se parecía al refugio soñado.

¿Por qué se había equivocado tanto? ¿Cómo podía ser que esa casa –en apariencia fría- pudiese ser tan cálida? ¿Dónde se cobijaba esa familia?

Con el correr de la tarde, Julia se dio cuenta de su ingenuidad. Silvia los había recibido con esa misma calidez que se transmitía de sus relatos. Había sido un día hermoso, donde todos se habían sentido como en casa porque así los habían hecho sentir.

Julia pudo sentir, aunque fuese por una tarde, lo que era estar en ese hogar. Entendió entonces cómo debía sentirse esa familia que usaba esa casa como un gran refugio de amor.

Sin dudas su imaginación le había hecho trampa, como cuando se es niño y se hace trampa en algún juego para ganar. Su memoria infantil, ésa que en algún lugar todos tenemos, le había hecho pensar en que esa casa no podía ser sino como la de los cuentos.

Se río de sí misma y de ese pensamiento infantil. Supo, como todos sabemos o deberíamos saber, que los refugios no se construyen con ladrillos y cortinas, que están en el alma. Que los lugares cálidos, de amor y de consuelo los hacen las personas, no las paredes ni los techos. Que no hay hogar a leños cuyo calor se compare con el del corazón.

Sintió -en lo profundo de su corazón- que los verdaderos refugios pueden estar en cualquier lugar y ser de cualquier modo. Sólo basta que en ellos estén los seres que amamos y que le dan a ese refugio su razón de ser.

Fin

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El refugio es uno de los cuentos espirituales sobre hogares de la escritora Liana Castello. Cuentos sugerido para toda la familia.

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