El noruego

Cuentos cortos de locos

El noruego. Cuentos cortos sobre locos.

El noruego es uno de los cuentos cortos sobre locos de la escritora María Luisa De Francesco. Cuento sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos.

Contar la historia de Knut Johan, el noruego, como real, es caer en espejos convexos y por eso prefiero empezar a contar lo que pudo ser el principio y obviar detalles.

Tenía cerca de treinta años cuando partió desde sus fiordos noruegos en un barco inglés, si bien su oficio de marino era de toda la vida, nunca había subido a otro barco que no fuera de su nacionalidad. Pero en ese tiempo el helado puerto nórdico había caído presa de una terrible depresión seguida de una huelga portuaria y él que no quería fallarle a los compañeros navegantes, tuvo que salir en el barco inglés porque en su casa había dos gemelos nuevecitos que debían de ser alimentados por una madre muy joven.

Los compañeros aceptaron sin reproches y él logró que lo contrataran los ingleses, no sabía una palabra de inglés, pero en el motor de los barcos gigantes, el lenguaje de los engranajes era su especialidad.

Partió con rumbo a Brasil el 26 de mayo de 1955, su paga en libra superaba ampliamente lo que ganaba en coronas de barcos noruegos, era su primer viaje atravesando continentes. Así que se encerró con las máquinas intentando que el viejo barco funcionara como debía, cosa no fácil de lograr porque comprendió enseguida que el barco no estaba en condiciones para tan larga travesía.

El viaje, tedioso al principio, se volvió insoportable después. El noruego pasaba encerrado entre la grasa, los tornillos, los motores, no se preocupó por entender a sus compañeros de habla inglesa, no se comunicó prácticamente con nadie, si necesitaba algo especial, lo pedía con toscas señas.

Debido al deterioro del barco, las escalas no previstas fueron varias. Acabadas las provisiones de güisqui el noruego bajó a algún puerto en busca de alcoholes diversos.

Sin hablar, mudo, taciturno, el hombre bajaba compraba sus bebidas y regresaba a su trabajo. Los otros, avezados hombres de mar también, se encogieron de hombros ante la actitud hostil del tipo encerrado entre los motores y las botellas. Quizá alguno intentó hablarle alguna vez, pero sabemos que él no permitió el diálogo, ni la comunicación. Se encerró cada día más en su mutismo, el trabajo y la bebida. El viaje, y eso forma parte de la historia real, duró casi el triple de lo programado.

El barco ancló en Río de Janeiro como era su destino real. El noruego bajó en ese puerto por sus bebidas, pero jamás regresó al barco.

El calor en esos días era fuera de tiempo y asediaba, para nosotros habitantes de estas zonas son una costumbre que llamamos “veranillos”. Pero al nórdico lo sofocó el calor, bajó del barco y tuvo visiones borrosas que lo hicieron ahogar en caña brasilera la impresión tórrida. Fue recorriendo la zona portuaria y tomando en grande sorbos la bebida blanca y ardiente. Se fue metiendo en las calles, en el calor húmedo e indisciplinado, entre la gente alegre que parloteaba un idioma desconocido, fue bebiendo y mezclando la caña con cervezas heladas y la sensación de impotencia del largo y mudo viaje, lo pusieron del otro lado del abismo del alcohol.

Porque el hombre bebió y siguió haciéndolo, como castigándose, como culpándose, no paró de beber en tres días y tres noches completas. Cuando los marineros ingleses salieron a buscarlo porque el barco partía, cuando lo vieron, no lo reconocieron, el hombre ya no era él mismo.

Se volvió una fiera: rompió bares, cabezas a botellazos, puertas, mesas, se dio el mismo la cabeza contra las paredes, azotó prostitutas, hizo una barullo tan grande que fue recordado por muchos como: a dia di loriño maluco, algo así como el día del rubio loco.
Gritando en un idioma absolutamente desconocido, llenó con su propia sangre la ropa raída, fuera total de control, lo encontraron las sirenas de los autos de policía que se lo llevaron. Cuentan que no podía con él cuatro policías uniformados, que usaron palos y golpes pero el urso del norte era como un gigante irrompible, los ojos azules le llameaban y volteaba a los uniformados como muñecos de trapo.

Entonces llegaron con la ambulancia del manicomio local y lo pudieron enchalecar entre diez o doce.

No sé cuanto duró su estado de demencia alcohólica, lo conocí hace sólo unos cinco años, cuando ya era toda una institución pacífica y sombría que nadie tenía en cuenta en el hospicio.

Supuse que aquella intoxicación le debió durar días o quizá un mes, la desintoxicación la hizo solo, luego entre drogas y choques lo dejaron manso como cordero. Cuando resucitó de su pesadilla, el barco inglés ya era un punto invisible en el horizonte y él, ni siquiera sabía dónde estaba ni por qué.

Lo siguieron dopando y lo dejaron deambular por ahí, como siempre en estos lugares, los familiares nunca vinieron, nadie lo reclamó y además, jamás se le entendió una sola palabra cuando intentó comunicar algo.

Me contaron que varios médicos jóvenes se acercaban mucho al principio, intentaban con el inglés, o el francés, incluso un alemán intentó con persistencia buscando la comprensión pero el hombre, al escucharlos se encerraba más en su obsesiva forma de bajar la cabeza y no hablar ni gesticular, nada. Cerraba las puertas de su entendimiento, de sus oídos y murmuraba en su idioma sin esperar respuestas. Nunca se lo vio hacer un esfuerzo por comunicarse.

Era aún muy alto y fuerte, rubio al extremo y los ojos lucían un azul profundo. La espalda la mantenía siempre erguida y su murmullo era como monosilábico y pacífico, era como un rezo en letanía. Los otros enfermos, lo respetaban, no lo molestaban. Las enfermeras y médicos lo ignoraban. Él no molestaba a nadie, masticaba su comida con la boca cerrada, no babeaba ni hacía obscenidades, no discutía, no aullaba, ni perseguía a las visitas.

La jefa de enfermeras me avisó, el primer día que me tocó darle su medicación, que él la tiraría: hacía años que tiraba los medicamentos. Todos los médicos y enfermeros lo sabían pero, el pobre noruego era el mejor ejemplar de animal domesticado que se podía encontrar en aquel triste lugar lleno de locos, y entonces, permitían el intercambio: él no tomaba medicamentos, ellos lo sabían pero él no molestaba y su conducta era la de un niño bueno.

Durante los tres años que ofrecí mi voluntariado en el lugar lo vi hacer su rutina que, según los médicos más viejos, era la que hacía desde hacía más de veinte años: se levantaba al alba y se bañaba con agua helada en cualquier época del año, lavaba allí mismo con esmero su ropa y esperaba paciente que le entregaran la seca. Si algún enfermo lo molestaba lo corría con su altura colosal y su dialecto insufrible. Comía todo lo que le daban, fumaba si alguien le daba cigarrillos pero no los pedía, pasaba la tarde entera en el patio central sin molestar para nada. Canturreaba apenas y se paseaba con su espalda derecha mirando un horizonte que no existía.

Debió de padecer una procesión interna desconocida, su concentración en medio de tanto loco era casi mística pues era imperturbable. Nada lo alejaba de su rutina, de su murmuración con sí mismo, su canturrear era lento pero acompasado sonando en su lengua extraña. Llegamos a creer, y no sólo los voluntarios sino varios profesionales, que era su lenguaje de loco, que había inventado aquella especie de lengua.

Después de aquella veintena de años, ya nadie recordaba muy bien por qué y cómo había llegado hasta allí. Jamás había intentado escapar, no había golpeado a nadie y mucho menos, molestado, sin dudas, su procesión y su fuga eran internas.

Lo asistí en mi labor de voluntaria por un azar del destino que me llevó hacia ese lugar, intenté todo el tiempo dialogar con él, en español, en portugués, en italiano que son las lenguas con las que me defiendo, era imposible, porque directamente no me oía, yo llegué a plantear si no tendría problemas de audición. Pero ya habían descartado esa posibilidad por reflejos que tenía ante ciertos sonidos. No podía, o no quería, hacerse entender y menos, entender lo que le decían. Así fue como me acostumbré a su rutina como todos los demás y fue dejando de interesarme la historia del coloso rubio que canturreaba en idioma propio. Sin embargo cada vez que me lo cruzaba en el patio y lo miraba, no podía sostenerle el segundo que duraba el cruce de miradas: un mar profundo en el fondo azul de sus ojos me decían de algo que había más allá de su loca rutina vaga. Un alma profundamente atormentada se paseaba con su espalda erguida como buscando una huella.

Me había olvidado de él cuando otro azar del destino trajo al doctor Shueider al hospicio, era un hombre simpático y cincuentón que había vivido por diferentes circunstancias políticas en Europa durante muchos años. Vino también intentando colaborar por un año como nosotros pero, el hacinamiento y el empobrecimiento del lugar prolongaron su estancia. Y sucedió. Un día cualquiera se cruzó al noruego en el patio central, se detuvo y comenzó a seguir su caminata escuchando su canto. Traté de inmediato de ponerlo al tanto del caso del rubio loco que manejaba su propio léxico desconocido pero me paró con un gesto, y siguió caminando junto al hombre.

De pronto le dirigió aquellas palabras y el rubio de mirada perdida se detuvo. Unos segundos más tarde, le contestó. El diálogo se prolongó más o menos media hora, con avances y retrocesos, supongo, pero fue la revolución de ese día y los dos meses que siguieron.

El propio doctor tomó el caso en sus manos, le hizo innumerables pruebas. Exámenes diversos, y luego, nos dio su diagnóstico: El noruego había vivido más de veinte años entre locos pero era un hombre normal, no se había comunicado con nadie por un mutismo que seguramente lo aterraba a él mismo porque de su estado de delirio alcohólico no recordaba casi nada y del barco que lo había traído, muy poco.

La burocracia del hospital era como la de todos, el pobre noruego soportó estoicamente pruebas infinitas, el médico que lograba hablar medianamente su idioma fue siempre su intérprete. Entonces el noruego, el rubio loco, ignorado, y dejado a la deriva en los patios, cobró resonancia, importancia y hasta la popularidad que sólo da la prensa.

La Embajada fue solicitada por la dirección del hospital psiquiátrico. La prensa no dejó pasar la noticia. El noruego fue alojado en un ala de privilegio donde los voluntarios y los enfermeros teníamos nuestras salas de descanso, sin embargo, su rutina seguía siendo la misma si bien la ropa que le fueron dando fue mejor. Su baño con agua helada, sus caminatas, sus cantos lentos, siguieron junto a la espalda derecha y la mirada profunda pero, la sombra de una sonrisa se dibujaba levemente en la comisura de su boca.

Y desde atrás de otra burocracia, la de la Embajada, surgió la noticia que un marino noruego era buscado por sus familiares por América del Sur desde hacía más de veinte años.

Los ojos azules brillaban más que antes, la espalda permanecía rígida y erguida, la cara lucía perfectamente afeitada, tenía un poco más de cincuenta años pero representaba muchos más.

Fui al aeropuerto el día que un avión lo llevó de nuevo a su lejano país, los periodistas acosaban al doctor Shueider, su descubridor, también al director del hospital y al embajador noruego, así que apenas pude acercarme y estrecharle la mano, fue un apretón breve, le deseé la mejor suerte del mundo en una frase chapuceada en noruego que me había enseñado su traductor… me miró con ojos triunfales y me dijo algo que nunca supe que fue.

Vi descender del avió a dos hombres jóvenes, idénticos entre ellos, altos, fuertes, muy rubios, con ojos azules. Miré a nuestro noruego, lo vi sonreír anchamente por primera y última vez, lo vi avanzar los pasos tambaleantes por la emoción, vi el abrazo fundido de los tres mientras los flashes de los fotógrafos y las cámaras de televisión peleaban por la primicia.

Llena de gozo me fui alejando sin dejar de mirar un poco al inconmovible nórdico, el gigante del manicomio, el hombre que soportó con la espalda erguida vivir entre locos, ignorado e ignorando, y allí se iba, llorando y riendo, abrazado a sus hijos, como cualquier hombre normal que regresa al hogar desde la guerra o del infierno, que es lo mismo.

Fin

El noruego es uno de los cuentos cortos sobre locos de la escritora María Luisa De Francesco. Cuento sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos.

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